No existe una ola neoliberal en América latina

El neoliberalismo en la región sólo desalojó a un gobierno popular por las urnas en la Argentina. Perdió por dos puntos y todo indica que es muy probable un regreso pronto al poder. En Brasil y Venezuela lo que discuten es como resolver sus crisis políticas profundas, pero no se puede decir que las opciones progresistas están fuera de carrera sino que, al contrario, el PT y el PSUV aún insisten en comandar el futuro de sus países.

Por Sergio Lanzafame

En el resto, no hay cambios sustanciales en la última década que permitan pensar en que la marea latinoamericana haya virado su rumbo a la derecha. Muchos hablan de una nueva era neoliberal en América latina. Pero los datos no son tan contundentes y responden más a la pretensión de algunos y al desánimo de otros.

Aunque el triunfo de Macri en Argentina fue, sin dudas, impactante y el golpe a Dilma Rousseff en Brasil volcó hacia la derecha a la más grande economía de la región, nuestra región es aún un territorio en disputa. Repasemos:

En Argentina Macri ganó con el 51% de los votos en un ballotage, contra el 49% de la opción más progresista. Sólo dos puntos que dejan abierta la competencia hacia futuro, aún después de 12 desgastantes años. Si bien, los primeros meses del nuevo gobierno conservador fueron arrasadores y contaron con la desorientación y colaboración de parte de las fuerzas opositoras, no se puede soslayar que la experiencia kirchnerista perdura en una parte importante de la población con una fuerza capaz de dar vuelta la ecuación más temprano que tarde. Cristina Kirchner aún es la figura más convocante de todo el espectro político y sus chances de volver a presidir al país en 2019 son muy altas. Sobre todo a partir de el hecho de que el impresionante desgaste que la crisis económica le provoca al macrismo lo puede enviar derecho a una derrota y reforzar el recuerdo de años mejores que el kirchnerismo ostenta como fortaleza. En Uruguay las cosas están claras. La experiencia progresista del Frente Amplio perdura y no hay expectativas de llegar a su fin en el corto plazo. Allí lo que cuentan son las tensiones entre el ala dura y el ala blanda del partido gobernante, donde las posiciones más amistosas con “el mercado” -con Tabaré Vázquez a la cabeza- llevan la delantera, pero sin grandes complicaciones electorales. La alianza de derecha Blancos – Colorados aún no amenazan la estabilidad frenteamplista. Un caso para observar con detenimiento es el de Chile. La primacía del modelo neoliberal impuesto por la dictadura pinochetista siguió a todo brío y jamás se detuvo, aún durante la experiencia de los gobiernos “socialistas” de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, aunque la actual presidenta impulsó algunas reformas (como la educativa) hacia un sentido progresista. Pero lo más interesante viene hacia adelante. La antigua Concertación que supo derrotar a Pinochet por el año 1989, de la mano de Patricio Aylwin, acaba de estallar en mil pedazos. Para las próximas elecciones del mes de octubre habrá varios candidatos de los diferentes partidos que formaban esa coalición. Así, el “socialdemócrata” Alejandro Guillén será el postulante por lo que queda del grupo, representado por los partidos socialista y radical. La demócracia cristiana -la formación más conservadora de esa alianza- tendrá como candidata a Carolina Goic. Pero además, surgen dos alternativas claramente progresistas. El crédito de la izquierda es Beatriz Sánchez, del partido Frente Amplio, aunque también talla Marco Enríquez-Ominami, del partido Progresista. Esta fragmentación más ideológica que estratégica puede representar el despegue de tantos años de neoliberalismo omnipresente. Aunque el pos pinochetismo, representado por el ex presidente Sebastián Piñera, logre alzarse una vez más con la victoria en la próxima contienda electoral. No cabe duda que la revolución que provocó Evo Morales en Bolivia ya es tan histórica como irreversible. Ese país no sólo es el de mayor crecimiento en términos de PBI de la región, sino que es uno de los que está dando los más rápidos pasos hacia la tan ansiada justicia social. La derrota de hace un par de años en el plebiscito por la reelección fue un traspié que no logró sacudir los cimientos del proyecto. Una explicación posible es que las campañas sucias de los medios de comunicación respecto de la vida privada del presidente y la percepción de las vertientes formalistas de la teoría democrática que hablan de la necesidad absoluta de alternancia en el poder presidencial como un dogma no pueden calar tan hondo como el despertar de una cultura sometida por 500 años.

Evo es más que un líder político, es el padre fundador de la nueva nación pluricultural. La perspectiva es que la izquierda en el poder se sostendrá muchos años más. Y cualquier derrota será más circunstancial que definitiva.

Aunque no es el mismo caso, en Ecuador la revolución ciudadana también es histórica. Allí Rafael Correa dejó la presidencia en manos de Lenin Moreno, también de Alianza País. La victoria electoral, aunque no fue tan arrasadora como las que lideró Correa en el pasado, muestran la solidez del avance del proyecto progresista en marcha. Con la economía aún dolarizada y la crisis provocada por la caída del precio del petróleo, la redistribución del ingreso planeada y ejecutada por el líder del proyecto es muy sólida e implica un cambio profundo en la conciencia de un país que jamás -hasta ahora- había podido salir de la pobreza estructural.

El caso de Perú es más simple. Y por eso más complejo de revertir. Allí la disputa que se dio en el ballotage de este año fue entre dos vertientes de la derecha más dura. La neoliberal ceócrata de Kuczinsky y la neoliberal autoritaria de Fujimori. La resolución de la disputa se dio a favor del primero y en contra de los intereses de la mayoría como desde hace muchos años. Pero, aunque con un caudal de votos aún modesto, Verónika Mendoza, la candidata por un partido de centroizquierda (que hacen olvidar al Alan García reconvertido en un presidente políticamente correcto y alumno del neoliberalismo explícito) logró colarse en la discusión y promete dar pelea a futuro.

En Colombia la alternativa “por izquierda” es aún una utopía. La pelea está centrada entre los duros de Uribe y los blandos de Santos en una disputa entre exponentes claros del neoliberalismo entreguista. Los acuerdos con las FARC y el ELN, con la posibilidad de que participen en los comicios le aportarán algo de pimienta al debate político, pero la real incidencia es aún una incógnita. Queda como esperanza la postulación de Piedad Córdoba, quien acaba de anunciar que quiere competir por la presidencia.

En Paraguay, el impedimento constitucional para la reelección hace que el ex presidente Fernando Lugo tenga vedado el permiso para presentarse nuevamente. El ex obispo es -hasta hoy- la única alternativa con ciertas posibilidades de lograr vencer al aparato paraestatal de partido Colorado en el poder desde las épocas de Stroessner (con el breve interregno de Lugo, luego desplazado por un golpe institucional por el liberal Franco). Así las cosas, el liberalismo sigue su curso casi sin impedimentos. Y el presidente Horacio Cartes sólo debe preocuparse de las tormentas que desde su propio partido lo acechan en pos de lograr mayores porciones de poder.

El regreso de Lula

El problema que padece Brasil es que el neoliberalismo llegó antes de que derrocaran al gobierno del PT. Los programas de ajuste implementados por Dilma, antes de que se consumara el golpe desgastaron en forma acelerada al Gobierno, lo debilitaron ante el avance de la derecha y justificaron el golpe. El mix que quiso implementar de ortodoxia fiscal y redistribución social no salió y el poder real no perdonó. Pero, aún así, no fue por las urnas que ellos llegaron al poder. Esta “falla” de origen -a pesar de todo el aparato político-empresario-mediático que lo sostiene- otorga al actual gobierno de Michel Temer una debilidad demasiado evidente. Aún así, podemos decir que si hay un país en el que la reacción conservadora avanza, aunque con más fuerza que inteligencia, es en Brasil.

El Congreso ya aprobó o está en vías de aprobar diversas leyes que van claramente en contra de todos los derechos de los trabajadores. La reforma laboral que se quiere implementar será una de las más regresivas de todo el continente. También la reforma previsional – jubilatoria. Sumadas a la ley de “techo del gasto” que pretende imponer el ajuste por 20 años queda claro que la perspectiva es por demás preocupante. Además, están las calamidades propias del proceso neoliberal: caída en términos reales del salario, aumento del desempleo, caída del consumo -y baja de la inflación por derrumbe de la demanda-, más cierre de fábricas. A esto hay que sumarle las investigaciones por corrupción, con el festival de delaciones y acusaciones cruzadas, que ya salpicaron a todo el arco político y puso entre las cuerdas a los principales partidos. Por supuesto, el blanco predilecto de los ataques de la “corporación judicial – mediática” (más poderosa y más cruda aún que la Argentina) es el PT, y por supuesto, el ex presidente Lula. Pero -al igual que con Cristina Kirchner- no pueden con él. Y las encuestas muestran que puede ganar las próxima elección. Y el primer obrero en ser presidente de Brasil está cerca de convertirse en el primero en ganar tres elecciones presidenciales.

Paradoja mexicana

El triunfo del empresario Donald Trump en Estados Unidos llevó la confusión a México. Un presidente yanqui les dice por primera vez en 30 años que el libre comercio no es algo bueno. Los sucesivos gobiernos de derecha no ahorraron elogios a los acuerdos que firmaron con sus vecinos del norte. El Nafta era lo que los iba a llevar al desarrollo definitivo. Y aunque el declive social jamás se detuvo, y aunque el narcotráfico copó las calles y regiones enteras del país, y aunque la violencia social y política están a la orden del día, y aunque la pobreza jamás desapareció, el discurso neoliberal siguió vigente. Hasta que llegó el sheriff Trump y dijo que todo era una ilusión. Que el libre comercio perjudica a los estadounidenses y por ello ya no funciona. Y ahora México debate como nunca. Y aparecen opciones de izquierda, con Andrés Manuel López Obrador en primera línea, para amenazar por primera vez en décadas la hegemonía del partido – estado PRI. En silencio y ninguneados por la prensa, también por primera vez llegan, de la mano del EZLN y desde las profundidades de la tierra azteca, los pueblos indígenas a la arena política nacional. Venezuela resiste

El caso de Venezuela es más complejo y el desarrollo del conflicto que allí se vive quizás marque a la región entera. Sin embargo, no hay que olvidar que la profundidad de la revolución bolivariana impulsada por Hugo Chávez desencadenó reacciones demasiado virulentas en todo el mundo. El cambio venezolano es muy importante como para dejarlo pasar. El establishment mundial sabe que el venezolano es un ejemplo que no debe cundir y que en todo caso su derrota es lo que debe servir como ejemplo. Lo cierto es que la crisis política y económica están a la orden del día. Si hay errores de parte de Nicolás Maduro y de la actual dirigencia de PSUV es difícil saberlo, puesto que no importa que medida se tome es igualmente atacada con virulencia por una oposición cada vez más intransigente. La propuesta del presidente para avanzar hacia una reforma constitucional es atendible, pero nadie sabe con certeza si eso podrá desactivar los conflictos. Cabe sospechar con razón que los agravará. Pero es también cierto que la revolución bolivariana aún sobrevive. Aunque no podamos decir que está más fuerte que nunca, sabemos que será muy difícil derribarla. Una mirada de más largo plazo, igualmente, muestran que el legado de Hugo Chávez vivirá en los corazones de los venezolanos, en las prácticas de los colectivos sociales y en las plataformas de las organizaciones políticas de base. Eso es algo que nadie les podrá quitar y lo que seguirá formando parte de la lucha política del pueblo venezolano.