LOS DESAFÍOS DE LA UNIDAD EN LA DIVERSIDAD

Luego de la exitosa avanzada de la derecha conservadora en los países más importantes de Sudamérica (Brasil y Argentina), aun cuando en el primero la herramienta utilizada fue un golpe parlamentario y jurídico, han marcado la fragilidad de algunos procesos democráticos cuyo vértice lo constituye la justicia social, entendida en su más amplia concepción y profundidad.

Por Nito

Las lecturas pueden ser muchas y variadas, aunque es posible encontrar algunas líneas que dan sentido a la coyuntura política.

Una de las cuestiones centrales es comprender que los procesos se desarrollan en matrices culturales cuyo entramado y apropiación son profundas y con cierto contenido acrítico. Es una construcción naturalizada y asumida.

Este detalle implica que las instituciones, todas ellas, por ende las políticas también, responden a estas lógicas no sólo de construcción, sino de comprensión de espacio y tiempos. Miradas que resultan anacrónicas atendiendo, en el caso de las instituciones políticas, que la avanzada de nuevas categorías culturales, cosmovisiones atravesadas por el neoliberalismo y la fragilidad en los sistemas de relaciones. El anacronismo deviene en la forma de comunicar – se, de consolidar una masa crítica que responda a los desafíos de nuevos tiempos y ponga en cuestión el tema social.

El kirchnerismo supo arribar al poder y enamorar a una porción importante del electorado, pero con pies de barro, pues el empoderamiento, ese tomar consciencia de que los derechos nacen de la dignidad de las personas pero que son reconocidos por el poder político (o no) no ocurrió de forma contundente.

Es usual que las clases trabajadoras de los sectores medios consideren que sus progresos económicos son resultado de arrestos individuales y no de políticas de gobierno que generan el marco para que el trabajo se constituya como un hito liberador y de desarrollo personal y colectivo.

Se ampliaron derechos como también se mejoró ostensiblemente la realidad económica de vastos sectores de la sociedad, con indicadores de movilidad social ascendente importantes reflejados entre otras mediciones por la baja en la mortalidad infantil, el acceso a educación de nivel superior, la incorporación de las minorías, las políticas sanitarias y de previsión social. Todo esto es incuestionable salvo en los debates de café donde se dice cualquier cosa porque lo escuchó decir, pero sin embargo…

Las elecciones de 2015 en Argentina dolorosamente muestran la distancia entre la intención y la concreción, pues aquellos mismos beneficiados adhirieron en la opción más reaccionaria y retrógrada representada por un empresario parte de la patria contratista y condenado por corrupción y evasión. No hubo empoderamiento. O no al menos en la medida necesaria.

Esto puso en crisis aquella construcción política que luego se vio verificada por las votaciones de integrantes del Frente para la Victoria apoyando iniciativas absolutamente contrarias al proyecto que los instaló en las bancas. Incluso más: muchos de ellos rompieron el bloque (quizás por falta de piel para aguantar los golpes de la derecha) para constituir otros advenidos en cómplices. ¨Párrafo aparte para los senadores que permitieron todas las aberraciones imaginables de un gobierno que todos sabían neoliberal y reaccionario. El nombramiento de dos jueces en la Corte cuanto menos cuestionables.

No hay disculpas. Acompañaron políticas de hambre, desocupación, destrucción de la justicia, retrocesos en los derechos humanos, etc. El ardid de la “gobernabilidad” resulta insostenible ante quien que durante unos segundos se decida a meditar sobre ello. Es una estafa electoral.

Esta estafa pone en tela de juicio la decisión de las candidaturas, toda vez que hay una apropiación de los sujetos de los cargos electivos, cuando en realidad la titularidad de tales cargos pertenecen primero y antes que nada al proyecto político que los postuló.

No es nuevo que en el FpV convivieron muchos espacios y representaciones políticas. Tampoco lo es que muchas de esas representaciones adhirieron por simple oportunismo coyuntural, para no perder el tren. Así muchos de los “fervientes” defensores no duraron ni dos segundos en dar el gran salto a nuevas posiciones. Entre Ríos (que por otra parte nunca firmó como FpV sino como Frente Justicialista para la Victoria) hay casos patéticos.

Otras agrupaciones son resultantes del proceso de construcción kirchnerista, tal el caso de La Cámpora o Kolina, cuyas raíces son claramente justicialistas.

Algunas vinieron del progresismo o de la izquierda moderada. E incluso otras de organizaciones territoriales emergentes de las luchas sociales contra el neoliberalismo de los 90.

Una enorme diversidad muy difícil de sintetizar. El intento de la transversalidad de Néstor Kirchner no dio exactamente el resultados esperados, pero haciendo una aclaración al respecto: muchos de los dirigentes de esos sectores no fueron propuestos por los propios espacios sino elegidos desde “arriba”.

La cuestión es que la derrota electoral en el ballotage desordenó el tablero y puso en cuestión adhesiones y construcciones, y los melones no se terminan de acomodar a pesar de que el camino transitado ya es importante y los baches sacuden de manera atroz el carro. Acaso la elecciones legistativas 2017 sean un momento más del proceso de duelo que pare nuevas propuestas.

Cristina Fernández, quizás la máxima dirigente política por presencia y capacidad de los últimos 70 años (junto a Néstor Kirchner y obviamente excluyendo la figura de Perón que merece otro tipo de análisis mucho más profundo), lo dijo mil veces. Lo sigue diciendo: no es la rosca, no son los cargos, es estar cerca del pueblo, caminar con él, meterse en sus luchas, en el día a día. Los acuerdos entre paredes no responden a un proyecto político del siglo XXI ni en concepción, ni en respuesta electoral.

Pero el discurso diáfano no arraiga y las superestructuras avanzan y hacen nuevas alianzas… de dirigentes. En especial por abolengo y privilegios.

La propuesta del Frente Ciudadano es una cachetada a la politiquería barata en este sentido, quizás un poco tarde. Pero allí está. Rompiendo con estructuras partidarias y basándose en lo colectivo. Una mirada frentista, no partidista y sectaria.

La gran pregunta es cómo no recaer en el mismo error de cabeza de oro y pies de barro. Cómo evitar que los dueños de los sellos pretendan hegemonizar conducción y decisión, un peligro siempre latente y vigente.

Y por supuesto que subyace el debate pendiente de ir por más o solamente mejorar las condiciones sin modificar estructuras económicas y de poder. Este debate debería definir si el Frente será reformador o transformador.

Tomar la opción reformadora implica repetir, una vez más, los ciclos de avances y retrocesos acontecidos a lo largo de cien años (Desde Irigoyen a esta parte).

Optar por la transformación implica ir por lo cultural y no sólo por lo económico, con su especial incumbencia en materia policía y las instituciones que la sustentan. El rol del Estado, los órganos de poder del mismo, las administración de justicia, el sistema de representaciones, la forma democrática y la democracia como vivencia, etc.

La segunda preferencia no es posible sin una transformación constitucional, no una mera reforma tipo 1994, sino una que modifique los supuestos, los principios y la organización política misma. Una democracia real, auténtica, asumida y vivida.

La unidad en la diversidad, atendiendo todos estos tópicos, no es posible sin un programa, sin unos lineamientos generales que estén por encima de personas y partidos y que represente una mirada holística revolucionaria donde seguramente todos deberán resignar algo, pero para apropiarse de una nueva forma de libertad y expresión política más potente y perdurable, que rompa el sectarismo y los fanatismos para constituirse en una opción real de poder popular engarzado con la perspectiva de la Patria Grande.

¿Es posible? Absolutamente. Pero depende del querer y del hacer.

Esto es, el Hombre Nuevo que construye el Buen Vivir.

Tan simple y tan complejo como eso.