La economía M, indicios de un esquema incierto y con muchas sombras

En las próximas líneas intentaremos dar una mirada al actual esquema económico observando un choque entre lo discursivo, lo esperado y la realidad, junto con diversas inconsistencias de medidas que afectas a la demanda, el empleo y que no tienen indicios de una ruta a buen puerto.

Por Luciano Rey

Exclusivo para Voces de Inclusión

Tal vez podamos comenzar caracterizando el actual esquema económico como un esquema que intenta virar 90 grados hacia una economía abierta y desregulada, con las exportaciones como tracción del crecimiento, con un gasto público sin déficit y eficiente, con el concepto del derrame y el crowling out como base teórica, y en la búsqueda de competitividad y eficiencia.

Un esquema con inconsistencias, sin un plan que contenga los que quedan afuera en la transición y con baja consideración en términos de resultados sobre el empleo, la distribución del ingreso y el progreso social.

Así se consideran aspectos como las “rigideces en el mercado laboral” que desalientan la inversión, el déficit fiscal ineficaz, etc., a fin de buscar una competitividad basada en costos sin considerar que en la economía del país no solo son números, insumos y máquinas, sino también personas con derechos y sueños.

Por otro lado dentro de las inconsistencias hacia adentro, se dice que la economía K financiaba el déficit fiscal y las políticas populistas a través de emisión monetaria con su consecuente inflación de demanda, lo que permitía sostener el objetivo central de consumo y empleo al entender que el 70% de la economía se basa en el mercado interno.

Hoy pasamos a un viraje que quiere imponer, aunque en ciertas situaciones el cuerpo se resiste, a una economía abierta con reconversión de producción a los “sectores competitivos”, con baja presencia del Estado y shock de inversión privada.

 

Algunas dudas:

La apertura comercial: esta situación tiene dos argumentos posibles. Uno de ellos es intentar empujar a la producción local a una mayor competitividad (quedarán vivos los competitivos, el resto deberá reconvertirse) y la otra es disciplinar los precios internos con competencia de producción extranjera.

Ahora bien, esta acción genera algunas consecuencias no deseadas que agravan el cuadro actual. Por un lado el ingreso de productos extranjeros le quita demanda a la producción local, bajando la cantidad producida y vendida de los mismos lo que impacta a su vez negativamente en el empleo, los salarios y las expectativas de los empresarios. En este punto hay cientos de ejemplos, solo basta ir a un supermercado en Entre Ríos y observar pollo made in Brasil.

Por otro lado incentiva a la reconversión productiva, virando a sectores competitivos y/o reconvirtiendo el empresario productor a importador. Claramente en el corto y mediano plazo el costo lo pagan los trabajadores que quedan desplazados en este proceso, y el largo plazo…. veremos.

Asimismo el efecto del disciplinamiento de precios internos en un esquema desregulado y de dinámica inflacionaria no logra concretarse, generando la apropiación del diferencial precios solo por parte de los que dominan la cadena comercial y perjudicando al consumidor en un doble efecto: empleo y precios, es decir poder de compra.

Esta estrategia de disciplinar la producción local se choca de lleno con las estrategias de sustitución de importaciones y fortalecimiento de la industria local.

El financiamiento del déficit fiscal vía deuda externa: sin un rol claro del por qué se toma deuda y con baja barreras a la salida de dólares, el endeudamiento permite financiar como efecto nocivo la fuga de capitales. También es verdad que permite dotar al Banco Central de libertad de acción en su política cambiaria, pudiendo administrar el tipo de cambio.

Claramente el endeudamiento por sí mismo no es malo, solo hay que evaluar si existe capacidad de pago futura, para qué se toma deuda y que costos fiscales tendrá el pago de intereses. Esto último es importante porque el presupuesto es uno solo y lo que se destina al pago de intereses se saca de otro lado generando muchas veces ajustes en las políticas sociales.

Ahora bien la fuga de capitales podría evitarse con ciertos controles como existen en diversos países de los denominados “serios”, sin embargo a fin de seducir inversiones se opta por evitar restricciones de salida de capitales.

Por su parte lo positivo de contar con margen para realizar política cambiaria, es neutralizado por el contexto inflacionario que limita la capacidad de generar competitividad vía tipo de cambio ya que las devaluaciones (que generan competitividad de precio) se evaporan con los aumentos de los precios.

El tipo de cambio y la Inflación: como se mencionó anteriormente el endeudamiento junto con el blanqueo de capitales generó un ingreso de dólares que implicó mayor disponibilidad de la divisa y posibilitó reducir las presiones y corridas cambiarias de los últimos años, es decir que logró más estabilidad cambiaria.

Sumado a esto se definió una tasa de interés superior al 25% que busca generar un interés real positivo para las inversiones financieras en pesos. Es decir que busca que los inversionistas y ahorristas se queden en pesos y no vayan al dólar.

Dicho de este modo parece alentador ya que fortalece la posición de nuestra moneda, estabilizando el tipo de cambio.

Pero como muchas otras cosas las inconsistencias vuelven a aparecer, ya que en realidad lo que parece justificar la alta tasa es más bien el miedo a la inflación.

Como ya hemos dicho, en contextos inflacionarios las devaluaciones no logran dotar de competitividad sino que se trasladan rápidamente a los costos internos y por ende a precios, potenciando el proceso inflacionario, algo que en economía se conoce como pass through. Para reflejar esto nos basta recordar que la devaluación del orden del 50% producida en enero de 2016 está totalmente absorbida por los aumentos de precios del mismo orden (año 2016 40%, lo que va del año 2017 12%=52%), sin efectos en la famosa competitividad cambiaria que anunciaban al inicio del ciclo.

Entonces se entiende que el endeudamiento permite además de financiar la fuga contener la inflación al mantener el tipo de cambio en relativa estabilidad.

En este caso la bomba de tiempo la pateamos al futuro, ya que la deuda en algún momento hay que comenzar a pagarla. Pero en el mientras tanto financia el control parcial de la inflación.

Ahora también hay que sumar al análisis que las altas tasas de interés existentes impactan en la inversión real y el consumo. En lo referido a la inversión, ya que los que están definiendo invertir son tentado a ir a colocaciones financieras (plazos fijos, bonos y letras mayoritariamente) que dan altos rendimientos nominales en detrimento de la inversión real (en criollo en ladrillos).

Esto a su vez también impacta en la inflación ya que por un lado destruye el consumo en cuotas (no muchos desean consumir en cuotas con tasas del 30/40 o 50%) y favorece a unos pocos al ahorro en pesos. Pero también vale decir que restringe la producción al encarecer enormemente el financiamiento productivo.

Entonces el endeudamiento, el blanqueo y la alta tasa de interés permiten contener la inflación estabilizando el tipo de cambio a costas de la caída en la demanda y la producción local.

De ahí es que se explica por qué la deuda externa no se vuelca a inversión pública, ya que la misma generaría más empleo, más demanda y con ello sin medidas eficientes de control de los precios una mayor presión inflacionaria. Y yo diría que es aquí uno de los mayores problemas estructurales para pensar a futuro de este esquema económico.

Entonces, resumamos algunos de los problemas que plantea la economía M y que se está empecinado a defender:

Inflación: la inflación se intenta frenar solo a través de enfriar la economía local, con salarios que suben menos que los aumentos generales de precios (salarios reales negativos), con apertura comercial, planchando el tipo de cambio con mayor pérdida de competitividad, y con anuncios de reducción del gasto público. Claramente estas acciones contienen un gran costo social que son absorbidas por los sectores populares y que a pesar del gran esfuerzo no logran los resultados buscados, necesitando aún más ajuste y enfriamiento para controlar los precios a través de esta vía.

Inversión privada: la famosa lluvia de inversiones o el shock de inversiones que se iba a producir por el cambio de expectativas no ha asomado aún. Desde una óptica atinada podría entenderse que en un escenario recesivo, con turbulencias, caída sistemática del consumo y sin destino claro solo algún alocado podría invertir o tal vez solo a tasas extraordinarias que paguen el riesgo.

Para fomentar las expectativas empresarias a invertir se busca hoy profundizar el cuadro al sector asalariado presionando hacia la flexibilización laboral que logre reducir costos salariales, tal vez esto como excusa del por qué no llegan las inversiones.

Claramente hay un problema en la carga fiscal de la producción local, pero reducir la discusión es tapar el sol con las manos.

Asimismo se intenta y avanza en motorizar la reconversión productiva, pero con tasas del 25/30% y caída del consumo difícilmente se entienda a dónde.

El costo de este proceso de cambio en todas sus variables (dólar, inflación, gasto público, salarios, endeudamiento, inversión) solo nos lleva a un único pagador de este futuro augurado del “estamos mal pero ya estaremos mejor”…..la caída de la demanda, el nivel de salarios reales, el poder de compra y en definitiva en bienestar popular.

Tal vez sería bueno pensar más que en una reconversión productiva de sectores, realizar un rediseño dentro de las cadenas de valor a fin de equilibrar las cargas y beneficios, buscando la competitividad vía costos fiscales, logísticos y comerciales, convergiendo así a precios internos competitivos.

Y aquí vale mencionar la cuestión de ser la góndola del mundo sin medidas de protección al consumidor local. La exportación de alimentos alienta a tener precios domésticos en valores internacionales (típico problema de liberar el mercado de la carne). Es decir que si destinamos la producción a abastecer al mundo sin considerar los consumidores locales y a esto sumado a una lógica de competencia del mercado laboral en salarios en dólares bajos, nos enfrentaremos a precios internos de alimentos inalcanzables para gran parte de la clase popular.

Es aquí el impacto de las retenciones no solo como un mecanismo de recaudación fiscal, sino también como regulador de precios. Por ello también la denostación de las retenciones tiene un sesgo preocupante que seguidamente con un ejemplo intentaré dilucidar.

Si existe una retención a la exportación del 35% para el maíz y el precio internacional es de $2.000 la tonelada, el productor recibirá en el mercado interno $1.300 sin importar si se exporta o se vende localmente. Para el productor agropecuario puede verse como una pérdida de rentabilidad que en nuestro caso es compensado por la productividad del suelo y que también se conoce como renta extraordinario de suelo. Ahora bien ese maíz se exporta y también se consume localmente por la industria (alimento balanceado, aceite, materia prima, etc.). De no existir una retención, el precio local sería de $2.000. Una reducción del 5% del monto de retenciones mejora los ingresos al productor, ya que recibe $1.400 la tonelada, pero aumenta el costo de la producción local de alimentos y por ende los precios internos. En particular la reducción de las retenciones impacta negativamente en el costo del alimento balanceado del sector avícola y porcino, reduciendo la rentabilidad de esos sectores y/o aumentando el precio al consumidor del pollo o la carne de cerdo.

Si a esta situación se le suma la apertura comercial, tal vez nos encontremos con una medida que termina siendo contraproducente en las economías regionales (aumenta el costo de producción, aumenta la competencia, reduce el empleo y afecta el nivel de salarios, entre otros).

Otra de las inconsistencias del modelo M, el sector avícola la industria más dinámica y competitiva pierde mercado con la apertura comercial y la quita de retenciones, no impactando en una reducción de los precios al consumidor….muy por el contrario.

La economía regional que se busca mejorar en el discurso termina siendo afectada a través de pérdida de mercado, poder adquisitivo y puestos de trabajo.

Podemos sumar a este análisis la situación del federalismo que muchas veces se ve solo a través de la transferencia de recursos a las provincias, que si se cumple con el régimen de coparticipación no perjudicando o entorpeciendo el flujo puede bastar. Ahora bien nos quedamos cortos con esa lectura no analizando que el mayor impacto de las políticas nacionales condiciona el desarrollo y progreso de las provincias. Hoy por hoy la complicación del interior redunda en el esquema económico llevado adelante por el gobierno nacional, debilitando las economías regionales, reduciendo la inversión pública, abriendo el ingreso de productos extranjeros y afectando el poder de compra.

Tal vez un ejemplo desapercibido pero que hace al contexto es la eliminación de los feriado puente en el afán de lograr eficiencia productiva. Esto impacto en la industria del turismo, que sumado a la pérdida de poder adquisitivo del turista interno restringió la demanda y la renta de muchas localidades turísticas del interior.

Ya no basta con provincias bien administradas y con éxitos de gestión, todo ello se derrumba frente a la caída de la economía que impacta en el empleo, la recaudación local y las proyecciones de desarrollo.

Estamos ante un esquema que contempla solo al 20% de la población, dejando plenamente afuere del objeto del progreso y desarrollo al 20%, integrado por descolarizados, trabajadores informales y desocupados; con otro 40% integrado por trabajadores en condiciones de supervivencia y sin aspiraciones de ascenso; y otro 20% integrado por pymes y comerciantes atados a los vaivenes y sin muchas chances de proyección.

En una Argentina de memoria de ascenso y progreso social, con un pueblo que se moviliza y defiende las conquistas de derechos de la mayoría, un proyecto que contiene solo al 20% de la población difícilmente logre llegar al puerto esperado de paz y sumisión, muy por el contrario tarde o temprano se resiente y estalla a través del pueblo.

Por ello es necesario rediseñar la estrategia para contener a los 40 millones de argentinos sin hipotecar el presente ni el futuro.

El camino actual busca cerrar los números, bajar la inflación y reducir el gasto público, pero a costa de quién? Tal vez sea necesario volver a decir que es a costa de la gran mayoría del pueblo.

Es necesario volver a pensar una estrategia de desarrollo nacional, con industria, innovación, empleo, poder de compra y un Estado al servicio del bienestar popular.

Pero ese camino tampoco debe tropezar con una reindustrialización que implique distorsiones internas que lleva a los precios de los alimentos, la indumentaria, los electrodomésticos y la electrónica a valores muy superiores a nuestros vecinos. Sino tropezamos en la sustitución con procesos que caen en el tiempo en la trampa del proteccionismo con agotamiento social y con procesos políticos que no logran sostener el necesario proceso que requiere toda reindustrialización.

Para pensar en un futuro debe priorizarse el trabajo argentino que es la fuente de progreso, en un horizonte de largo plazo y con acuerdos sectoriales en donde cada uno defienda el interés nacional por sobre cualquier interés particular.