CGT (La otra versión)

La Confederación General de Traidores, ha culminado su obra oscura y maquiavélica “La entrega”.

En su último acto, las fuertes imágenes de tres ex representantes de los trabajadores que se recostaban unos a otros para ensayar con expresión adusta todo lo que no se iba a hacer, disimulando  la ignominia de explicar que la propuesta no se corresponde con el libreto original, sino con una mezcla ecléctica de cinismo y caradurismo propio de los grandes actores.

En el marco de un teatro colmado de un público vapuleado, ninguneado, con ojeras por las largas esperas de angustia y con el sinsabor de no ser, la obra comenzó con la timidez propia de los inicios, pero ante el atónito semblante de los presentes, el libreto lógico, previsible, el que sustenta el argumento se fue deshilachando, desandando senderos impredecibles y terriblemente dolorosos.

Uno a uno, aquellos que pretendieron ver la danza del cisne fueron envueltos por el desgarbado rito del cuervo, de las aves carroñeras, y aquel escenario previamente acondicionado para exponer la esperanza y el renacimiento fue mutando entre bambalinas hacia la negrura propia de lo inconfesable. Las aves esparcieron olor a traición, a indignidad, a tragedia.

Se pretendió extender la duración, pero la dimensión y estatura de los actores exigía un cierre rápido, casi como huyendo de una situación que de suyo les quedó excesivamente grande.

El público, menguante cada vez, sin embargo se aferraba esperando un giro, un volver sobre aquella idea original que los convocó.

¿Adónde ir? ¿Dónde encontraremos otro teatro con actores que representen con precisión y fidelidad la obra? ¿Dónde? ¿Quiénes? ¿Cómo?

Y aquella multitud inquieta y angustiada se agolpó en la vereda, al principio al garete, pero luego uno grupito por aquí, otro más allá fueron dando forma a una posibilidad cierta de descubrir que aquellos actores bien podían ser reemplazados por alguno de los suyos, de los verdaderos, los que estaban en la vereda bajo la inclemencia demencial de la lluvia de garrotes y perdigones de goma (a veces).

Y en medio del debate simple, sin demasiadas reglas, emergieron ideas, propuestas, formas y contenidos nóveles (quizás no tanto en términos históricos, pero sí para ellos), y decidieron que este libreto, esta obra se puede ejecutar de otra manera, con la dirección de un tal popular, y con actores que no sean otros que ellos mismos. Al final, los que trasuntan las mismas miserias desde y en la calle no conocen las lujosas mansiones de los “obreros de otrora” cuya metamorfosis provocó la simbiosis con la gerencia mercantilista de quién pretende explotar el teatro.

Y descubrieron que no son las paredes, sino las banderas. Pero mejor, no son las banderas que flamean, sino las que hacen vibrar el corazón. Y vieron. Y cuando vieron se encontraron abrazados en las convicciones compartidas. Es que el paraguas ataja aquella tempestad mucho mejor de a dos. La calidez de la cercanía derrota invariablemente el frío de la tormenta.

Y comenzaron aquella obra, con avances, idas y venidas. Y una vez que comenzaron alzaron la mirada para reconocerse en miles de miles, en millones hasta ayer confundidos, solitarios, desmotivados.

De aquellos actores sólo se recuerda que repitieron a un tal Vandor. Lo imitaron tan fielmente que perdieron todo viso de originalidad y creatividad. Incluso, en las mayorías, ni siquiera se los recuerda.

Emergió la figura imponente, brillante, diáfana del mejor actor de todos los tiempos: “colectivo utopía”.

Y aquella obra “CGT” fue aplastada por las multitudes que dieron a luz, parieron en todos los sentidos en que se puede parir, una nueva propuesta: “OBREROS UNIDOS EMPODERADOS” (OEU).

El capítulo final de la obra se denomina “Tronó el escarmiento”.

Y lo interesante de la obra, es que cada capítulo día a día, espacio a espacio, letra a letra, se sigue escribiendo.