Entender y comprender. El signo de los tiempos

Entender y comprender, dos dimensiones sustantivas en la definición de estrategias electorales y la construcción de poder popular.

Entender de qué se trata, cuáles son las temáticas importantes para ellos y desde ellos, los electores.

Entender que las dinámicas políticas y sociales mutan, se transforman, cambian y por lo tanto la idea de hacer lo mismo y pretender idénticos resultados no siempre da el resultado esperado.

Entender que se hace campaña a partir de ideas y convicciones, pero que luego eso debe tener encarnadura, hacerse en lo concreto y que no son las buenas ideas o las convicciones sino la conexión entre éstas y el sujeto real.

Ese sujeto real conocido aprehende y procesa los “signos de los tiempos” en el cual realiza su experiencia vital y según las variaciones culturales rápidamente puede dejar de ser aquel que fue.

No se habla aquí del sujeto individual como una abstracción, sino del sujeto individual masificado, que dista en mucho de aquel que responde a determinados arquetipos lógicos y configura una interpretación del mundo siempre subjetiva e influenciada.

Es lo que analiza Zigmunt Bauman en sus obras y desarrolla ideas como sociedad líquida y explica con minuciosidad la volatilidad de las relaciones, de todo el sistema de relaciones, poniendo en crisis incluso instituciones profundamente arraigadas en las culturas fruto de construcciones culturales sobrevinientes a la II Guerra Mundial, aunque sus raíces hunden bastante más lejos.

Por eso es importante entender el devenir histórico, descorriendo velos sobre la cosmovisión holística del sujeto concreto y real y cuáles son aquellas líneas comunes a todos los individuos (en sus mayorías) conformando un entramado compartido y asentido por miles, aún a pesar de las probables inconciencias subyacentes en cada uno de ellos.

Y para este entender, en especial cuando de poder y política se trata, es necesario (aunque no suficiente) comprender los procesos internos, los esquemas culturales, los movimientos sociales, los climas psicológicos, la construcción de sentidos y aquello que se siente y se vivencia como importante en éste momento histórico, en este espacio y con estos protagonistas, coyunturalmente avenidos en electores.

Comprender las aspiraciones, las sensaciones, qué se espera, cómo y por qué. Comprender la y las cultura/s consolidadas y emergentes, sus características y el impacto sobre la comunidad.

Comprender cómo significa, resignifica, codifica y decodifica adquiere así una importancia alta y ello potenciado en contextos de interpretación para una posterior representación.

La palabra, los gestos, lo simbólico no es inocuo, neutral. El tradicional método de llegar a las masas a partir de mítines, del boca a boca sigue siendo pertinente, pero atendiendo a los microclimas que se generan y en los nuevos escenarios que plantean los mass media, absolutamente insuficiente, entendiendo que son los medios de comunicación y las redes sociales las que generan las condiciones y las condicionantes cuyo resultado final es invariablemente la construcción de un sentido.

Así, en estas elecciones legislativas, como viene ocurriendo desde ya hace algún tiempo en todo el mundo y en Sudamérica en particular, ha quedado demostrado de manera palmaria la incidencia de esa interpretación (acertada o errónea) en los procesos electorales.

Los discursos, las propuestas, las campañas reciben la respuesta que corresponde con la concordancia a ese sujeto real del aquí y el ahora a partir de la capacidad para comprender esas subjetividades no ideológicamente politizadas, aunque sí políticamente “interpretados”.

Se da la paradoja que esas subjetividades que se busca representar son a la vez construidas de manera heterónoma, en especial por los factores de poder que de manera cuasi hegemónica disponen de todo el espectro comunicacional, el cual explotan profesionalmente con una complejidad inusitada.

¿Todos los sujetos responden igual? Bajo ningún punto de vista, pero estadísticamente hablando, sí las mayorías. Allí radica gran parte de la explicación de los resultados de las elecciones legislativas en distritos que históricamente mantuvieron determinadas conductas y que sin mediar previsiones producen variaciones significativas (y hasta opuestas) en sus preferencias.

El avance arrollador de la Alianza Cambiemos, que no podemos negar está absolutamente atravesada por la “imagen” del PRO, y que ha obtenido resultados sorprendentes en el 2015 al quedarse con las tres elecciones más importantes en caudal electoral (provincia de Buenos Aires, Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la presidencia del país), responde a esta lógica.

Lejos de pensar que son unos “improvisados”, es la aplicación de años de estudio de este nuevo sujeto del siglo XXI, al que conocen al dedillo. Es un abordaje complejo y multidireccional, con diversos ángulos de ataque y otras tantas acciones que abarcan desde aspectos de organización hasta sofisticados sistemas de comunicación y propaganda.

En efecto, el PRO no es un partido político, sino un producto, una marca dirigido a una masa de potenciales clientes perfectamente identificados y comprendidos. Las lógicas de publicidad son las mismas de las grandes empresas, y de una manera certera lograron instalar e identificar símbolo con significados. Ellos no tienen militantes, sino individualidades sostenidas por configuraciones eclécticas que los identifican.

El PRO, tanto para quienes están a favor o en contra, dejó de ser algo para constituirse en una cuasi personalización con identidad, rostro/s y un modo de ver y hacer.

Es oportuno aclarar que no necesariamente la complejidad de este sistema es aplicada por idóneos, sino que los interpretes pueden ser testaferros, ejecutores de producciones y definiciones de otros, ocultos, pero los verdaderos diseñadores de Matrix.

Es un error simplificar y pretender ingenuamente que “no saben lo que hacen”. Lo saben perfectamente. Así sorprenden cuando se los acusa de un determinado error y ellos rápidamente lo transforman en argumento para una reforma sustantiva que responde a un plan mayor. Invariablemente. El ejemplo claro es el escándalo para aquella forma de ver la realidad tradicional sobre el recuento de votos en la provincia de Buenos Aires y Santa Fe, donde la respuesta es la necesidad de implementar el voto electrónico y de paso reforzar y demonizar a los adversarios.

El votante PRO ve con simpatía la acción que se corresponde a su propia cosmovisión neoliberal, de sujeto siglo XXI: líquido, liviano, esquivo a las grandes empresas.

Así, lo que para unos es un escándalo, para otros es “la pesada herencia” de la marca kirchnerismo.

El mismo esquema se utiliza en sentido inverso para anular toda oposición, y la estrategia ha dado excelentes resultados. Así, hoy para la ciudadanía el símbolo “kirchnerismo” significa “corrupción” (obviamente para una parte de esa ciudadanía pero en una porción importante del electorado). Y se sabe que una vez emparentada una marca con determinadas percepciones sociales, es tremendamente difícil de modificar. Si quisiéramos hacer un parangón grosero podría ejemplificar con una persona condenada socialmente en un caso aberrante y que luego la justicia comprueba su inocencia. La mancha social es irreversible en la mayoría de los casos.

Ese sujeto que ha “comprado” el significado, difícilmente opte electoralmente por aquella propuesta demonizada.

Categorías tales como “ética”, “escándalo”, “derechos”, “construcción colectiva”, “proyecto político”, etc., no tienen mayor relevancia en este tipo de contextos ya que no son recepcionados o decodificados por el hombre light o mediatizado e individualista.

Por supuesto que aquí se hace referencia al elector denominado “independiente” y que no tiene una definición política ideológica clara, sino que usualmente se sube a los climas de época, y esto hace referencia a lo que ya explicamos de la comprensión del sujeto concreto del aquí y ahora y que suele autodefinirse como “a-político”.

Pensando hacia el futuro o concretamente en el 2019 (para octubre el tiempo parece un enemigo duro de enfrentar aunque es probable la mejora), es imprescindible abordar estudios especializados desde el punto de vista sociológico, político y comunicacional que provean de una comprensión profunda del hombre actual, sus expectativas, preocupaciones, inquietudes, gustos y preferencias.

Simultáneamente la conformación de equipos de comunicación que logren llevar las propuestas y la inserten en las lógicas de esta cultura neoliberal, con un marketing adecuado y agresivo que pueda disputar la construcción de sentidos.

Esto no inhibe, al contrario, requiere la militancia en todos los espacios territoriales pero con mensajes comunes y siempre dentro de aquella lógica nacida de los estudios y que tan buen resultado le ha dado a las fuerzas de la derecha liberal.

Por otra parte, el manejo con los medios de comunicación masivo no puede ser por “voluntarismo” o por “buenas intenciones”, sino profesional, coherente, lógica, estratégica, inteligente y esencialmente “conducido”.

En todo este proceso, la presencia permanente, el contacto con los ciudadanos por parte de la dirigencia, la organización política de la militancia, la conducción del desarrollo estratégico es totalmente determinante, pues hace a la mística del proyecto, le da encarnadura de la idea que fue propuesta y publicitada.

Se trata de construir sentido, pero con sentido.

Esto último debe ser muy creativo, ya que la inmensa mayoría de la maquinaria publicitaria y propagandística está del otro, en poder de una porción significativa de quienes son los verdaderos ideólogos de estas estrategias electorales que resultan en actos electivos que les son muy favorables y con candidaturas que responden a estos “estudios de mercado”. Son candidaturas ad hoc, a la carta, pero una vez más, construcciones pacientes, perseverantes, estratégicas. Macri es una buena muestra de ello y cómo la derecha fue construyendo “el candidato” primero para un club, luego para una vecinal (grande pero vecinal al fin) y luego el gran paso a las ligas mayores. Creer que la Convención Radical de Gualeguaychú es una “entrega del partido” es no comprender las lógicas y la metodología de este tipo de construcción política, donde ingresa incluso, la contradicción.

El dato real es que la vieja, anquilosada, anacrónica, desnutrida y desgonzada UCR es el soporte estructural donde en realidad se aloja un nuevo sistema operativo y donde no tiene lugar otro tipo de inclinaciones que no sea el resultado de algoritmos y otras concomitancias.

¿Cómo, qué, cuándo, para qué, qué palabras usar, qué tipo de gestos, etc.? Interrogantes que requieren mucho más que opiniones.

El objetivo no es mentir, sino comunicar efectivamente e interpretar correctamente aquello que es demandado por la sociedad para poder recuperar espacios perdidos, retener los ganados e inscribirlo en el desarrollo de la propuesta que debe tener como horizonte “la batalla cultural”, que como ya se ha dicho en reiteradas oportunidades en este medio, invariablemente es propiedad de los sectores opresores y dominantes.

Comprender que actualmente la contienda electoral posee otras lógicas y que las respuestas son bien complejas, es entender el momento histórico que transita la humanidad.

Después de todo, de la derecha también se puede aprender mucho en la construcción de poder. Poder que es bueno recordar, siempre estuvo de su lado en términos históricos, salvo espacio temporo espaciales que son reducidos y encapsulados por la trama neoliberal.

¿Pragmatismo absoluto versus convicciones?

Si esa es la conclusión, no hemos entendido nada aún.