Mestizaje Maldito

Voces de Inclusión es un medio de comunicación que busca desde la indagación, la experiencia y la ubicación socio histórica, dar cuenta de “un estado de cosas”, y por ello invitando permanentemente a nuestros columnistas a miradas profundas. Tal el presente caso.

Héctor Vértiz/Septiembre/2017

Especial para Voces de Inclusión

Me queda claro que escogí un título estridente para esta colaboración, pero surge a partir de la solicitud expresa de abordar un tema para el cual no soy un experto, tuve que enfrentarme ante la disyuntiva de renunciar o enfrentarlo.

El tema: “Los Pueblos Originarios”.

Quienes me conocen saben que no renuncio fácilmente, no por necedad o falso protagonismo, simplemente porque  la vida está llena de cosas que sabemos o creemos saber, y de muchas que ignoramos. En mi caso, asumir la ignorancia siempre ha sido una bendición, porque abre la puerta al aprendizaje de algo nuevo.

Podría haber optado por renunciar al tema, pero no lo haría sin antes intentar una honesta introspección, que a decir verdad, me permitió reconocer de una manera dolorosa que soy un ignorante sobre el tema, y si bien para mí la ignorancia es una oportunidad de aprender, en este caso fue doloroso porque soy mexicano, y México tiene una diversidad cultural inmensa en sus pueblos originarios. A pesar de mis estudios universitarios y de mis esfuerzos en todos estos años por mejorar mi cultura general, sobre los pueblos originarios de mi país, no soy más que otro turista.

La lógica diría: “renuncia, escribe solo de lo que te gusta y sabes”, “no eres historiador ¿para qué te esfuerzas?”, o el ego: “lee libros arma un buen escrito y listo”.

Desde mi primer aportación abogué por la autocrítica como punto de partida para construir un mejor futuro, no podemos cambiar el pasado pero si enriquecernos de él para descubrir los materiales  indispensables en esa construcción.

En la revisión personal que hice sobre el tema, haciendo un esfuerzo por recordar los libros que he leído, las clases de historia de mi formación básica e incluso la universitaria, mis visitas obligadas al esplendido Museo de Antropología e Historia de la Ciudad de México, incluso habiendo pertenecido al Ballet Folclórico de mi bachillerato, solo pude concluir que mi educación en historia de nuestros pueblos originarios se basó en su ubicación geográfica, en su cronología, su vestimenta y sus actividades, nada sobre su cultura costumbres creencias, sistema de gobierno y de justicia. Fue una educación orientada más a olvidar los antecedentes, que a integrarlos en una sociedad nueva. De adulto lo más lejano en la historia que llegué a leer fue “La verdadera historia de la conquista de la nueva España” de Bernal Díaz del Castillo, la época de la conquista y la colonia siempre las brinqué porque me era muy dolorosa,  me llenaba de rabia que los formidables aztecas hubieran sido vencidos por sus creencias y un puñado de españoles. Sin embargo me emocioné con la época de la independencia y la reforma, para mi particular opinión, el siglo XIX fue “El Siglo de las Luces” en México gracias a los criollos, mestizos e indígenas como Allende, Morelos, Benito Juárez e incluso Porfirio Díaz, entre muchos otros.

La colonización fue brutal en la destrucción de la riqueza cultural de los pueblos originarios. La imposición de otra cultura y creencias, en nuestro continente, siempre estuvo orientada a menospreciar lo anterior y en consecuencia a lo posterior  producto del mestizaje. Ese ha sido, en la mayoría de los casos, el privilegio del vencedor ignorante y arrogante.

En mi juventud por supuesto que fui un acérrimo crítico de la conquista y de los españoles que colonizaron esta parte del continente, y en consecuencia, de la iglesia católica por su hipocresía, que no de la religión per se, puesto que aún recuerdo las misas en latín -que nadie entendía-, más la nula lectura de la biblia -salvo lo leído en el púlpito por el sacerdote-, la imposición de creencias no explicaba la transmisión de valiosos valores, costumbres, y rituales, que propiciaban la unión familiar y la solidaridad social en México. La sumisión forzosa de tantos años de colonia podría justificar lo anterior, pero tenemos la milagrosa fortuna de que aun existan algunos de esos pueblos originarios, y la oportunidad de observar algunos de esos valores y costumbres.

Aquí fue, durante mi introspección, en donde descubrí que sí puedo decir algo sobre los pueblos originarios de mi país. He tenido la fortuna de conocer diferentes regiones y lugares de México, claro que en la época en que se podía viajar sin temor por carretera, no importaba si fuera en el sur, centro o norte del país, lo hacías con la certeza de que aún en la comunidad o casa más humilde podrías encontrar alojamiento, comida (por modesta que fuera), apoyo y protección, con una generosidad arrobadora a pesar de las carencias. Por supuesto que no puedo hablar por todas, pero si sobre las que he tenido la suerte de conocer.

Estas cualidades de la población con ascendencia indígena directa, las aprendieron ¿de los conquistadores? ¿De la iglesia? ¿De la “civilización occidental”? No lo creo, basta ver en lo que hemos convertido las sociedades modernas para concluirlo.

Lo que si se, es que en los pueblos originarios que persisten, conservan buena parte de su cultura y la transmiten a través de su lengua original, la justicia se aplica expedita, la convivencia es colaborativa y su actitud hacia el extraño es hospitalaria, al menos hasta antes de esta nueva ola de asedio que viven para desplazarlos y despojarlos de sus ricos territorios.

Por lo anterior, me atrevo a deducir que, las cualidades de los mexicanos que se usan con fines de identidad como trabajador, valiente, hospitalario y solidario no son producto de nuestro mestizaje, sino la herencia de nuestros pueblos originarios, trabajan arduamente para el sustento de su familia o comunidad, son valientes para defender lo suyo aunque no cuenten con armas, son hospitalarios porque te ofrecerán un techo para dormir, y solidarios porque siempre estirarán la mano para levantarte. Conservan estas cualidades a pesar del menosprecio e indiferencia que el Mestizaje Maldito nos ha inculcado.

La ciencia ha explicado los beneficios evolutivos de la mezcla entre razas y culturas, las razas “puras” terminan inevitablemente en lo físico: con debilidad genética, taras y malformaciones. Y en lo social: en genocidios. Los avances de la genética ahora, pueden ligar hasta el más “puro de raza” con sus ancestros primitivos, asi que ¿Quién puede presumir?.

El Mestizaje Maldito determina y nos hace admirar “Las 7 Maravillas del Mundo”, todas ellas, obras monumentales hechas por el hombre, pero se olvida deliberadamente del reconocimiento a las  civilizaciones que las crearon, aquí perdemos todos la posibilidad de valorar, respetar y reconocer al otro, al diferente, aceptando con empatía que de todos los seres humanos podemos aprender sin importar raza o color. Ese conocimiento se queda en los historiadores, en los antropólogos, sociólogos y en los manipuladores.

La primera y más valiosa maravilla del mundo que deberíamos respetar, cuidar, admirar y estudiar para aprender de ellas, son los pueblos originarios que han logrado sobrevivir a siglos de exterminio, en virtud de que son prueba viviente de las mejores cualidades netamente humanas, y no piezas de museo, ni simples capítulos de un libro de historia.

Si realmente queremos construir una nueva sociedad en el futuro, debemos desechar la cultura del Mestizaje Maldito que nos deshumaniza: “mi raza, mi creencia, o mi conocimiento es superior a todas y a todos”, porque finalmente, en mi opinión, lo único que exhibe es la miseria individual.

Asi que este reto propuesto por el estimado Sergio, me enfrentó con mi vergonzosa y dolorosa ignorancia, no sé si el tiempo y la vida me alcance para profundizar en un conocimiento que disminuya mi ignorancia, pero gané en admiración, respeto y apoyo hacia los pueblos originarios existentes en mi país que luchan por subsistir, al igual que en otras partes del mundo como el Tíbet y Palestina por ejemplo.

Expongo esta autocritica y reflexión, con la intención de que motive a quienes vienen detrás para provocar otra posible visión de la educación sobre nuestros pueblos originarios sin la soberbia del vencedor y con orgullo de nuestra raíz, o para inspirar a quienes tienen el conocimiento a compartirlo generosamente con una visión de futuro, por último, también para que aquellos que nunca se han cuestionado sobre este tema lo hagan desde una nueva perspectiva.