Musica.. el arte que transforma

 

Si no transforma… Música, maravillosa música, profunda, directa, sensible, trágica, divertida; necesaria.

Daniel Devita

Un día esas palabras fundidas entre acordes, esas melodías y esas secuencias increíbles no son suficientes, porque la vida es difícil, porque no todo es como uno creía, porque todos esos pilares macizos comienzan a temblar y se ven mucho más frágiles de lo que uno podía imaginar y ahí, en ese momento, la música se amalgama con la rebeldía y le permite a uno respirar. Pasa el tiempo y las experiencias propias, las ajenas, esas respuestas certeras, imprecisas e incluso sumamente falaces, colman los espacios vacíos que generan los interrogantes y la rebeldía empieza a tomar sentido porque encuentra blancos más visibles entre la bruma espesa. Al visibilizar un primer enemigo, aunque este sea difuso, uno puede reconocer a los suyos y ahí se puede empezar a discernir que es lo propio y lo ajeno, al menos lo que está más cerca y lo que está más lejos. Los problemas comienzan nuevamente, a mayor cantidad de aciertos, aumentan los interrogantes y esos parámetros que empezaban a hacerse firmes, vuelven a estrellarse contra las paredes. Uno no solo escucha, contempla, analiza y compara, sino que también crea y no hay nada más duro que crear mientras se crece, mientras se forjan las ideas, se destruyen y se levantan otras nuevas. Crear y crecer, crecer y crear, amar el resultado de las ideas y odiarlo al ver que caen del pedestal los paradigmas, secuencia que se repite como un círculo vicioso, o tal vez eso parece. Cada vez que uno arma y desarma su castillo ideológico, moral y espiritual queda una página, a veces dos, a veces solo un párrafo que se arranca del libraco antes de arrojarlo al incinerador y se guarda como quién guarda un cacharro encontrado en la calle, que tal vez algún día pueda servir. Pasan los meses, los años, las decisiones importantes, las primeras pérdidas irreparables, los primeros sabores de la gloria y un día al voltear la cabeza, girar el cuello y quitar la vista del horno que se lleva aquello que se descarta, una pila de hojas incontables, de esas que valían la pena entre tanta información dudosa, inexacta o incompatible, yace impoluta a espaldas de uno. El resultado imprevisto de la cirujeada cotidiana de palabras y conceptos que vienen y van por los senderos del barrio.

Ahí en esa pila uno se encuentra consigo mismo, con aquello que resistió miles de purgas intelectuales, éticas, histerias caprichosas incluso… Ahí está uno, lejos de estar completo, muy lejos, pero si reconocible, parado sobre la base de ese pilar a construir. En ese punto, cuando uno empieza a escuchar el disco de si mismo, sin tantas desfinaciones, a leerse sin tantos errores, a pintarse con algo de pulso, puede ver mejor aún al enemigo, hay un crisol con el que analizar el entorno y seguir analizándose a uno mismo. No todo es dicha, el propio arte pregunta, el arte ajeno responde, el arte ajeno pregunta y el propio responde y en ese intercambio, uno puede reconocer que ese enemigo tan distante, tan lejano, tan distinto a uno, desde el principio se cuela en la choza y en el camino recorrido. Centenares de sus esquirlas se han incrustado, incluso, en las zonas preferidas de nuestro ser. Infiltración, coloniaje, formula extraña… Comienza la batalla más importante de todas, el desafío máximo al que no todos llegan, la desintoxicación, la batalla con uno mismo. Ese libro incuestionable, esa receta teórica inmejorable, esa premisa fundacional, el periodista intachable, el héroe incorruptible…todos, algunos, solo unos quizás fueron sembrados por ese tirano de caras múltiples y reloj eterno. Y acá está uno, dando y recibiendo vida, saber, amor, arte, colaborando con el sistema inmunológico de la mente, reconociendo agentes extraños, descartando, flaqueando a veces, ganando y perdiendo, matando y dando a luz una y otra vez. Acá está uno, donde eligió estar, repudiando la penetración imperialista, los fundamentos implantados, las mentiras de los medios masivos, los individualismos, vengan de la mano y el sentido que vengan, los fundamentalismos y el odio, por sobre todas las cosas rechazando el odio porque entre las certezas, la mayor de todas es la construcción desde y hacia el amor. Acá está uno, con los suyos, con la familia, con los prójimos más próximos, con los compañeros, junto a Las Madres y Las Abuelas, junto a los pueblos originarios dueños de estas tierras y de la gloriosa fuerza ancestral de Las Américas, junto a los héroes que regaron con su sangre cada campo de batalla, junto a los 30.000 compañeros detenidos desaparecidos, junto a los humildes que son dueños de la mayor de las sabidurías y de ese absolutamente necesario, vital sentido común. Junto a las mujeres que dicen basta de injusticia, ya no más diferencias retrogradas, junto a los niños que merecen saber la verdad, junto a Cristina, mirando al crepúsculo buscando esa palmada de Néstor, esa mirada de Evita, esa palabra de Perón. Con el ejemplo del Che que empuja y renueva bríos vigorosos, con la victoria de Fidel, con el faro de Evo, la entereza de Lula, la simpleza de Mujica, la garra y el empuje de Correa y la grandeza de Hugo Chávez. Con todos aquellos que hablaron, dijeron, opinaron, propusieron pero sobre todo… Y acá tenso los labios, HICIERON lo que debían y transformaron la realidad, poco, mucho, muchísimo… La historia es de quienes la escriben y si de nuestros puños y nuestras tintas salen las memorias, seguramente la patriada habrá valido la pena. Porque en un mundo de mentiras, manipulación, posverdad y chamuyo sistemático, todos ellos son el cable a tierra, el baño de realidad, de lucha y de esperanza que nos obligan a ser mejores y estar a la altura. Porque si el arte no transforma, sostiene lo que ya está.

Corte 1: Volvimos