El Militante. Con mayúscula

 

Un militante debe aprender, en primer lugar, la vivencia de su pueblo. Sus motivos, sus razones, sus necesidades. Aunque uno crea que lo sabe, desconoce el fondo de los motivos que llevaron a su pueblo a tener las necesidades que manifiesta.

Luego debe ocuparse de ver de qué modo puede enseñarle a enfrentarlas y resolverlas de manera autosuficiente, ayudar, acompañar al desarrollo de su gente.

Cuando logra el objetivo fijado, debe empoderarlo, hacerle sentir que ya tiene las armas para enfrentar las situaciones que la vida le pondrá por delante.

Ahora bien, si cree que lo ha logrado, debe enseñarle a ser solidario, a repartir sus logros materiales e intelectuales.

Sobre todo, y por encima de todo aprender y enseñar a no olvidar jamás sus raíces, sus orígenes, porque en el momento en que olvida de dónde viene, pierde la facultad de comprender a sus compañeros.

El que olvida de dónde proviene, pierde la visión de su origen de clase; entonces pretende ascender en la escala social, no para mejorar sino para someter a los que quedan por debajo de él. A esto se llama “DESCLASARSE”.

Si el militante se desclasa, deja de ser militante y se convierte en parte de una pseudo oligarquía en la que nunca será aceptado y tristemente se dedicará a querer someter a los que él cree que ha superado.