¿En dónde está la tripulación?

No sé nada de barcos ni de navegar, salvo lo que he visto en películas o leído en libros. Mi viaje más largo en lo que para mí era un barco, fue en un transbordador del puerto de Mazatlán, México, hacia La Paz, Baja California Sur también en México.

Héctor Mauricio Vertiz

Mi padre con gran esfuerzo económico, llevó a la familia a ese viaje. Primero en automóvil desde la Ciudad de México hasta el puerto de Mazatlán, y en un transbordador de nombre “Topolobampo”, del puerto de Mazatlán, hacia La Paz.

Abordamos por la noche y arribamos al amanecer. Los lugares eran económicos, los recuerdo como filas de asientos de un autobús. En compañía de mis hermanos y un primo (que nos acompañó al viaje), salimos un par de veces a la cubierta. Yo contaba con 15 años, era el menor en ese viaje familiar.

El mar es imponente, confieso que siempre me ha inspirado miedo y respeto. Esa noche, al salir a la cubierta percibí su poder, si levantabas la vista un oscuro y tenebroso horizonte te hacía sentir insignificante y vulnerable, me obligaba a bajar la mirada para refugiarme en la seguridad de la estela espumosa que dejaba el que en ese momento me pareció ya, un insignificante barquito.

Regresamos todos a mal dormir sentados hasta que un alboroto me despertó ante el aviso del amanecer. Me despabilé, recuerdo que salimos nuevamente a la cubierta, pero ahora la experiencia fue diferente. El Mar de Cortés ya no infundía temor, la negrura se fue transformando en azul por la gracia del astro rey que ascendía en el horizonte. A diferencia de la sensación que experimenté durante la noche, la luz del sol me pareció aún más poderosa que el temido mar, lo transformó a este y a mí. Esa poderosa luz tiene la cualidad de ir iluminando y calentando cada poro descubierto de la piel y no te atemoriza, te hace sentir que eres parte de un todo. El mar desapareció, el barco desapareció, el temor ya no estaba y para honrar al rey, un cortejo de delfines nos acompañó hasta llegar felizmente al puerto de La Paz.

Fue una experiencia, ¡inolvidable!

Este recuerdo personal me dio la oportunidad de construir una metáfora sobre nuestras democracias.

Nuestros países son como ese pequeño transbordador de mi recuerdo, aptos solamente para navegar en aguas seguras, y distancias cortas. Incapaces aun para resistir las tormentas que seguramente encontrarían por rutas desconocidas, aun no son barcos y la conversión no se producirá por obra divina.

El mar representa todas las posibilidades de rutas a seguir, es imponente e inspira sueños, pero también atemoriza. Existen mapas y rutas establecidas para navegar hacia puertos conocidos que benefician siempre, a los mismos mercaderes. Se sabe de otras rutas trazadas por soñadores que han perecido en su intento por llegar a nuevos puertos.

El Sol en el horizonte es la posibilidad de un futuro luminoso que nos abrace a todos.

Un transbordador cuenta con un capitán, tripulación y muchos pasajeros.

La zona de pasajeros está  dividida por clases 1ª, 2ª, 3ª, y 4ª.

La 1ª clase la conforman quienes, sin importar el origen de sus recursos, pueden pagar la exclusividad de un camarote individual y servicios personalizados, ellos pagan el sueldo del capitán, seleccionan a la tripulación y marcan la ruta a seguir. Aunque su número es pequeño, sirven de modelo motivador para las clases inferiores que sueñan en algún día gozar de su propio camarote y con las amenidades que esa categoría disfruta.

La 2ª clase vive de los pasajeros de 3ª y 4ª. Cobran por organizarlos y por venderles sueños, además de que tienen un convenio con los de 1ª  para evitar que algún despistado pretenda invadir la zona exclusiva. Esta clase de pasajeros es miserable, no duda en generar intrigas entre los pasajeros para apaciguar a los rebeldes que aparecen de cuando en cuando, incluso promueven que sean arrojados por la borda acusados de la mala calidad del servicio, de la escases de provisiones , del clima o de cualquier cosa que enfurezca a la mayoría.

De los pasajeros de 3ª y 4ª, muchos de ellos son incapaces de mirar hacia el horizonte luminoso, el mar los atemoriza, tienen la vista puesta en su bolsillo o en el estómago. Sin tiempo para pensar en nada más, pagan con resignación y agradecidos un pasaje cada vez más caro y no les importa que el destino sea el mismo, que el trasbordador este haciendo agua y se pueda hundir, que a falta de lugares deban ir parados y que la comida y los servicios escaseen. Se calientan con el sol pero no sueñan, si acaso su máximo anhelo es que por algún azar del destino sean llamados a pertenecer a la 2ª  categoría. A la 3ª no porque eso requiere esfuerzo y se pueden contagiar de rebeldía.

La rebeldía surge cuando el hartazgo, la desesperanza y la monotonía invaden a cierta mayoría en la 3ª y 4ª clase. En algunos, surge el valor y pierden el temor al mar, arman tal alboroto que sacuden el trasbordador. Los de 1ª y 2ª alarmados, actúan con la intención de apaciguarlos, les conceden el derecho de elegir a un capitán y a la tripulación, con la condición de que no cambien la ruta y usen el mismo mapa, algo que no siempre sucede.

Estos nuevos capitanes, deseosos de explorar nuevos mares y destinos, sucumben por no contar con una tripulación suficiente y capacitada, además se aturden con el ensordecedor griterío de los pasajeros comodinos y cobardes, que a pesar de haber viajado inconscientemente por muchos años, ahora quieren resultados inmediatos y sin sacrificios. La nueva tripulación, sometida a largas jornadas de trabajo, y frente a la imposibilidad de vislumbrar la meta, ha sido presa fácil del canto de las sirenas y termina traicionando a su capitán. La rebelión se apaga, y ahora los pasajeros claman por que regresen los antiguos capitanes.

Pueden pasar años y veremos repetir esta historia de navegación en nuestros transbordadores. Algunos países han tenido el coraje de convertir su trasbordador inicial en un verdadero barco, incluso en trasatlántico, pero solo ha sido posible a través de una revelación generalizada, “no somos pasajeros, somos los dueños del barco”.

Se dice que si un barco se hunde no necesariamente morirán la tripulación y los pasajeros. Se confía en que haya salvavidas suficientes, que el rescate llegue a tiempo y que el clima sea benévolo. El acto heroico se supone que es del capitán, quien se hunde con el barco a menos que antes, procure la salvación de todos.

Actualmente, los capitanes, la tripulación y los pasajeros de 1ª y 2ª, son los primeros en abandonar el barco, disponen de todos los salvavidas, y la suerte de los demás pasajeros no les importa.

Los héroes que nuestros barcos necesitan, no deben ser los capitanes, sino la tripulación, más tripulación y menos pasajeros. Todos debemos tripular nuestro barco, desde el lugar que cada quien decida, sin ventajas ni privilegios que no correspondan al esfuerzo individual en pro del colectivo.

Debemos elegir al capitán y trazar el rumbo, los más débiles y vulnerables deben ser considerados pasajeros, solo mientras se preparan para convertirse en tripulantes. Se necesita una tripulación capaz de controlar y corregir el curso si es necesario, dispuesta a enfrentar las tormentas evitando que el barco se hunda, y también decidida a tomar el soplete, el martillo y la tabla para reforzar o mejorar el barco, haciéndolo apto no solo para salir airoso de las tormentas, sino también para alcanzar los puertos de la justicia, el bienestar  y el progreso, desconocidos hasta ahora.

De lo contrario, nuestras democracias nunca dejarán de ser más que frágiles transbordadores o barcos de esclavos, comandados por otros y destinados a navegar en las aguas mansas de la desesperanza, en el lento y largo viaje recreativo de unos cuantos.

Por todo esto me pregunto: ¿En dónde está la tripulación?