El fervor de la historia. Notas tomadas al calor de diciembre 2017

En momentos excepcionales, uno se ve tentado a hacer lo que sólo debería permitirse en última instancia, esto es: comparar y asimilar distintos momentos históricos entre sí. Así las cosas, parece casi inevitable que los acontecimientos del mes de diciembre de 2017 no remitan de alguna forma al rememorado diciembre de 2001.

Por Pablo Marín Méndez

Las primeras impresiones nos muestran gente resistiendo en las calles, manifestándose espontáneamente en las esquinas y las plazas; gente expresando su descontento ante el rumbo tomado por el actual gobierno. Reaparecen también las imágenes de un Congreso vallado, el gas lacrimógeno, las balas de goma, los escudos y bastones de las fuerzas de seguridad. Y por supuesto, tampoco falta el fantasma de los saqueos pasados, el miedo a un descalabro financiero inminente y hasta los rumores de una vuelta al “corralito”. Son momentos de fervor donde todo parece ser posible, no sólo una crisis económica de enormes proporciones, sino además una crisis política o ambas cosas al mismo tiempo. Aunque tal vez por eso, porque todo es posible, no todo vuelve ni todo se repite como antaño.

¿Estamos avanzando hacia una situación similar a la del 2001? Aquí me animaría a decir que no, que estamos lejos del 2001, y que no ver la diferencia –o por lo menos algunas pequeñas diferencias– puede traducirse en un grave error de estrategia política.

La pos-militancia

Argentina tiene toda una memoria de luchas y de resistencia populares que aflora en los momentos excepcionales de la historia. Más allá del 2001, están las enormes manifestaciones que acompañaron el ocaso de la última dictadura cívico-militar, y más atrás el “Cordobazo” de 1969, el levantamiento de los peones en los años 20’ o la huelga de inquilinos de 1907, por sólo mencionar unos cuantos acontecimientos memorables. Pero no debemos ser ingenuos, esa historia de lucha nunca procede en forma lineal ni evolutiva. No hay una expresión popular unívoca que ascienda desde el fondo de los tiempos hasta nuestros días. Lo que hay más bien son resistencias sin origen y sin término que se reapropian y reinventan conforme a las necesidades de cada coyuntura histórica.

La “gente” –por usar un término arbitrario y reduccionista– que se manifestó en diciembre de 2001 y que durante los meses sucesivos del año 2002 participó en innumerables cacerolazos y asambleas barriales no era exactamente la “clase obrera” del 69’. Además de obreros y estudiantes, estaban los denominados “vecinos”, la clase media urbana y a-partidaria, los desocupados y los movimientos piqueteros. Esta enorme heterogeneidad de expresiones y subjetividades era el resultado cabal del último cuarto de siglo transitado por la sociedad argentina, incluyendo las profundas huellas que dejó la dictadura cívico-militar y los posteriores años de crisis económica, reforma del Estado, privatización de las empresas públicas y destrucción de la industria.

Los eventos de mediados de diciembre de 2017 vuelven a mostrarnos un paisaje variopinto de expresiones y demandas, aunque con marcas que denotan lo ocurrido durante la última década y que a su vez contrastan con el 2001. Quienes participaron de las movilizaciones y protestas callejeras no expresaban un descontento generalizado con la dirigencia política. Lejos estamos del famoso lema “¡Que se vayan todos!”. Por el contario, algunos se identifican con dirigentes y partidos de izquierda, otros con el kirchnerismo o con distintos referentes del sindicalismo. Había por supuesto gente suelta que sólo expresaba su rechazo a las reformas promovidas por el gobierno. Y había también algo inédito en comparación con otros momentos históricos. Me refiero a los que defendieron fervientemente al gobierno a través de las redes sociales; los que incluso arrojaron huevos y botellazos contra aquellos que, durante la noche del lunes 18 de diciembre, se manifestaban en las calles.

Al menos por unos instantes, quisiera ponerme en la cabeza de quienes avalaron los hechos de represión de las últimas semanas. Para ellos, ni siquiera se trató de una “represión” en términos convencionales, sino de un acto en defensa de las instituciones democráticas. Poco importa si en el medio hubo brutalidad y arbitrariedad policial. Lo importante era frenar esas hordas “anarco-trosko-kirchneristas” que querían invadir el Congreso Nacional. Cuestión curiosa y que sin duda no debe ser tomada a la ligera: esta gente defendía un acto legislativo incluso a sabiendas de que la ley allí tratada iba a resultar perjudicial para sus propios intereses económicos. ¿Cómo analizar una actitud semejante sin arribar a las conclusiones más fáciles? ¿Cómo no hacerse la idea de que nos encontramos ante algo irracional o contradictorio? Todos tenemos contradicciones y conflictos insalvables, no sólo en el terrero de las ideas, sino en las formas más simples de vida y de comportamiento. Ahora bien, existen algunos momentos de coherencia de los cuales ni nosotros mismos terminamos de darnos cuenta.

Años atrás, una parte considerable de la población estaba dispuesta a aceptar la inflación, la reducción de las importaciones, el cepo cambiario y otras dificultades cotidianas porque entendía que eran los males necesarios de todo proyecto “nacional y popular”, mientras que, para otros, esas mismas dificultades representaban en cambio una realidad totalmente intolerable. En la Argentina de hoy día, hay gente que prefiere sufrir ciertos perjuicios económicos y que incluso está dispuesta a aceptar enormes sacrificios a condición de que no vuelva el tan temido populismo. La postura puede perecernos extraña y hasta incoherente. Sin embargo, es una postura netamente “política”; más todavía, es una forma de “militancia” que no termina de reconocerse a sí misma. La cuestión realmente desafiante no reside en marcar sus supuestas contradicciones e incoherencias –como hacen algunos a través de las redes sociales–, sino en encontrar la manera de discutir con esta suerte de pos-militancia, sobre todo cuando defiende y justifica actos que nos parecerían indefendibles.

 Abrir el dispositivo

La denuncia, el análisis y la visibilización permanente de la represión son absolutamente necesarios, aunque hay una parte del pensamiento crítico que tiene la tarea de mirar un poco más allá. Michel Foucault, uno de los pensadores más grandes que ha dado el siglo XX, decía que el ejercicio del poder no sólo se reduce a un puro acto represivo, sino que también se apoya en toda una serie de “dispositivos” dispersos a través del tejido social. Estos dispositivos son mucho más sutiles que los aparatos represivos del Estado y tienen otra clase de efectos sobre la población. A diferencia de la represión, no acallan ni ocultan nada; al contrario, intervienen en la producción de ciertas formas de hablar y de mirar la realidad. Hasta cierto punto, los dispositivos de poder producen la realidad misma; son lo que nos hace ver y llamar las cosas de una manera y no de otra. Pensemos en un solo ejemplo, quizá el más convencional. A través del “dispositivo escolar” –conformado por el discurso pedagógico, las técnicas de examen y de vigilancia, los expedientes, las formas de clasificar y calificar los saberes, de distribuir los cuerpos en el espacio de las aulas, etc.– vemos aparecer la infancia como una realidad distinta del mundo adulto; también vemos niños problemáticos y niños obedientes; niños adaptados e inadaptados. Todas estas realidades se vuelven más difusas, más difíciles de ver y de enunciar, por fuera de la escuela, como si la escuela, en última instancia, produjese al “niño” en sus aspectos específicos y distintivos.

¿Cuáles son los dispositivos que intervienen actualmente en la construcción de la realidad política argentina? ¿Qué clase de cosas nos hacen ver y decir? A contramano de lo que podríamos suponer en un primer momento, los dispositivos no siempre funcionan en forma lineal y jerárquica, sino que se despliegan en una gigantesca y cambiante constelación de poderes. En esa constelación está sin duda el aparato judicial, cuyos dictámenes y fallos colaboran cotidianamente con la reducción de la política a un simple hecho de corrupción y de la protesta social a un acto de vandalismo en la vía pública. Están además los grandes medios de comunicación que, sin necesidad de actuar de una manera orquestada, nos llevan a poner la mirada y la palabra en ciertas realidades antes que otras. Y está finalmente el amplio espectro de las redes sociales, con sus trending topics, sus ejércitos de trolls, sus formas de compaginar las imágenes y las palabras, sus memes… No sólo debemos analizar los hechos represivos y sus posibles derivaciones, sino además el dispositivo jurídico-mediático-subjetivo a través del cual los actos represivos devienen perfectamente tolerables y hasta “deseables” para una parte de la población. Son esos dispositivos los que hacen hablar sobre las piedras y no sobre las reformas gubernamentales; son los que hacen ver la protesta como un acto potencialmente subversivo; los que trasforman al debate público en un interminable juego de chicanas.

Hacer y decir la política sin apriorismos

Si hay algo que deben enseñarnos las experiencias históricas, es que el “apriorismo” no sirve de mucho cuando se trata de política. En 1989, creyeron que Carlos Menem, por el sólo hecho de pertenecer al peronismo y tener un aspecto caudillesco, venía con el salariazo y la revolución productiva. Pero bien sabemos lo que ocurrió después: más que la revolución productiva, fue la profundización del proceso de desindustrialización iniciado por la última dictadura cívico-militar y la agudización de precarización laboral. En el año 2003 se decía que Néstor Kirchner, quien por entonces era un gobernar desconocido proveniente del sur, iba a actuar como el “títere” de Eduardo Duhalde, sin sospechar siquiera que el proceso abierto a partir de ese momento cambiaría las coordenadas del escenario político argentino. Y en 2015 muchos supusieron que Mauricio Macri venía a encabezar un gobierno improvisado, carente de planes a largo plazo ni políticas de transformación. Hoy estamos constatando que el gobierno tiene un ambicioso programa de reforma, que avanza indudablemente a fuerza de balas de goma y vallados, pero que también cuenta con el apoyo casi incondicional de una parte considerable de la sociedad, incluyendo, mal que nos pese, a mucha gente de los sectores más postergados.

La izquierda y el progresismo argentino se abrigan en la idea de que este modelo “no cierra sin represión”, como si ello fuese suficiente para impugnar el programa socioeconómico que se pretende implementar actualmente. Luego de todo lo que hemos visto y hasta padecido, ¿podemos decir que eso alcanza para modificar la opinión de la gente? ¿Qué ocurriría si aquel programa funcionase sin necesidad de represión? ¿Ya no tendríamos argumentos para cuestionarlo? Tal vez sea necesario ir más lejos, y mostrar que el proyecto de sociedad del gobierno es criticable aun cuando se aplique con todo el consenso del mundo y en la más perfecta democracia.

Hace falta mucha imaginación y capacidad de argumento para hacer ver cómo sería la vida en una sociedad altamente competitiva; una sociedad donde los vínculos y las subjetividades están transidas por la lógica de empresa; donde todo problema económico, político o social se resuelve incentivando el “emprendedorismo” e incluso la empresarialización de nosotros mismos. ¿Qué sería de nuestras vidas en una sociedad así? ¿Se podría actuar y pensar realmente distinto? ¿Quedaría al menos un margen para respirar aún sin los gases y las vallas de la policía? En lo personal, más que respuestas tajantes y concluyentes, la experiencia de diciembre de 2017 me deja estas preguntas urgentes…