La trampa conservadora: hacernos creer que América latina se derechizó

El supuesto giro a la derecha en Latinoamérica, ¿es real o una construcción del relato meticuloso de la derecha? El autor desanda este camino para tratar de ver “más allá”.

Por Sergio Lanzafame

 

El triunfo de Macri en el año 2015 fue visto a nivel continental como la confirmación de que América latina estaba lista para completar su giro a la derecha. Lo que había sido impulsado a través de golpes de estado “parlamentarios” tanto en Honduras como en Paraguay -y que luego sería reafirmado en Brasil- se completó con una victoria por las urnas de un partido decididamente conservador en uno de los países que habían sido puntales del proyecto progresista latinoamericano.

Pero no es bueno apurarse a colocarle los laureles de triunfo a las huestes neoconservadoras. La región ha sido a lo largo de su historia territorio en disputa. Podemos enumerar, quedándonos inmensamente cortos, a San Martín, Bolívar, Martí, Artigas, Solano López, Sandino, Zapata, Fidel, el Che, Perón, Allende, Lula, Chávez, Kirchner, y más … muchos más….

Pero mirando más a corto plazo también es necesario analizar que lo que parece una avanzada derechista con respaldo popular es, en realidad, una construcción mediática que no puede al final del camino demostrar que tenga mucho de democrática.

Vivimos en los tiempos de los golpes de estado parlamentarios, de persecución político-judicial (o LawFare), de democracias de baja intensidad, de corrupción estructural, de fraudes patrióticos y de “posverdad”.

Sin embargo, existen -mucho más a flor de piel que en tiempos pasados- numerosos anticuerpos preparados a resistir, prestos a volver a ganar batallas y a regenerar los tejidos sociales.

Valen recordar algunos antecedentes que hablan de la ilegitimidad y el escaso arraigo popular de muchos de los regímenes que hoy gobiernan nuestra América latina.

Todo comenzó el 28 de junio de 2009 cuando un comando militar sacó de su habitación al presidente constitucional de Honduras y lo subió a un avión con rumbo desconocido. Inmediatamente el Parlamento de ese país destituyó Manuel Zelaya y lo reemplazó por un presidente mucho menos simpático con el líder bolivariano Hugo Chávez y más amistoso con los intereses de Washington. Comenzaba la era de los golpes parlamentarios.

El 22 de junio de 2012 sucedió lo mismo con el mandatario paraguayo Fernando Lugo. Con los medios de comunicación operando en versión “posverdad” a pleno, acusaron al ex obispo de ser responsable de las muertes sucedidas luego de la represión policial por la toma de un terreno por parte de “sin tierra”. Unos señalándolo como quien instó a la toma, otros diciendo que fue quien proveyó armas a los “usurpadores”, y otros planteando que fue quien ordenó la represión

que terminó con la vida de 11 campesinos y 6 policías.

Resultado: en pocas horas el parlamento lo juzgó, lo declaró culpable y lo reemplazó por el vicepresidente. Que, para no ser menos, renegó de toda política progresista y se abrazó al neoliberalismo.

El tercer golpe de estado parlamentario, perpetrado contra Dilma Rousseff en Brasil, tuvo las mismas características. Otra vez con una campaña mediática montada sobre acusaciones falsas y una mecánica perversa de construcción de sentido para demonizarla. Otra vez con un juicio político donde la verdad no interesa y se fuerza la destitución haciendo valer la mayoría en el parlamento.

En estos tres países, sin embargo, los movimientos populares no cesaron de reclamar y participar, a pesar de la persistencia del fraude y la manipulación mediático política.

En Honduras, el neoliberalismo en el poder, tuvo que apelar -nuevamente- al fraude para evitar la derrota. Juan Hernández fue declarado ganador de las elecciones realizadas el pasado 26 de noviembre luego de un escandaloso escrutinio donde se cortó la luz cuando el opositor Salvador Nasralla -aliado de Manuel Zelaya- ganaba por cinco puntos a mitad del conteo total. Cuando volvió la energía el presidente ya triunfaba por unos votos. Hoy el pueblo en las calles

tiene en jaque a un gobierno cada vez más débil.

En Paraguay, el Partido Colorado (dueño del Estado), regresó al poder con el fin del gobierno de Franco -el sustituto de Lugo-. Y aunque es difícil que este poderoso aparato de Gobierno vuelva a perder en las urnas, los partidarios de Lugo aún se mantienen en la discusión política y se preparan para regresar a la pelea por el poder -nuevamente asociados con el partido Liberal con el que ganaron la vez anterior-.

En Brasil, el gobierno golpista de Temer, después de consumar las leyes más regresivas y antipopulares de la historia, tiene un apenas un 5% de imagen positiva. El ex presidente Luiz Lula da Silva, en cambio, es el candidato con mayores chances de ganar las próximas elecciones. Claro, si es que los impulsores del “LawFare” lo dejan.

Con Lula sucede lo mismo que en la Argentina con los ex funcionarios del kirchnerismo. Jueces serviles, al servicio del poder económico, son los encargados de mantener en “orden las cosas”. Si hay algún candidato, líder o grupo político con chances de pelear el poder se lo persigue, estigmatiza y encarcela finalmente.

Así las cosas, quien tiene todo para volver a conducir Brasil puede terminar en la cárcel proscripto.

Pero las calles siguen hablando. Y Lula no solo consiguió liberarse de la imagen construida en los medios de comunicación como el líder de una banda de delincuentes, sino que convenció calle por calle y barrio por barrio a la mayoría de los brasileños de la necesidad de volver a la senda del desarrollo con inclusión social.

Difícilmente los jueces del poder económico dejen en libertad a Lula.

Difícilmente los pobres de Brasil se olviden de Lula.

América latina, además, cuenta con Bolivia y Evo Morales. Le demuestran al mundo que lo que era imposible, finalmente, era perfectamente posible. Que esos indios, pobres e ignorantes no eran tan ignorantes, que no tenían por qué seguir siendo pobres y que eran orgullosamente indios y que no tienen la mínima intención de dejar de serlo. Nada parece frenar al gobierno plurinacional, aunque alguno pudiera haber visto hace dos años atrás, en febrero de 2016, el rechazo a la modificación de la constitución que permitía la reelección de Evo, como un golpe irreversible al proceso más revolucionario del continente.

Y también está Venezuela. Aún de pie sin Chávez a la cabeza. Con una revolución soportando todos los golpes y ataques desde afuera y desde adentro. Y aunque el 6 de diciembre de 2015, el mundo haya querido ver que la marea corría finalmente hacia la derecha cuando en las elecciones la victoria de la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD) ubicó en el Congreso 112 de los 167 diputados, en 2017 en elecciones municipales el chavismo logró ganar 305 de 335 municipios.

Es cierto que la crisis económica desgasta cada día a Maduro y a la revolución bolivariana. Y también que, a cierta altura del partido, mucho de los desaciertos tienen demasiado de culpa propia más que de fuego ajeno. Pero -aún así- nadie sabe como seguirá ese cuento. Hay que recordar que aunque la derecha decretó la muerte del chavismo cada mes de cada año desde que Hugo Chávez llegó al poder, no hay sucesión de derecha a la vista.

Que la izquierda siga ganando en Uruguay, que la revolución ciudadana de Correa haya ganado en Ecuador -más allá de la traición de Lenin Moreno-, que en México sea un candidato de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, quien tenga más chances de ganar las elecciones presidenciales este año, que Cuba siga viva y coleando con Raúl Castro a la cabeza del país, que en Perú y en Chile avancen y se fortalezcan nuevos espacios de izquierda alejados de la socialdemocracia derechizada, son signos de que no hay tal marea de derecha.

Tal vez, la bajamar se note más en Argentina porque los conservadores llegaron al poder a través de las urnas. Pero, tal vez convenga acordarse más de los miles y miles de nuevos militantes que surgieron en los doce años de renovación de la política y tal vez convenga saber que los viejos militantes aún están ahí para aguantar la parada -como siempre-. Tal vez convenga tener a mano una mirada menos lineal para no caer en la desesperanza, la peor trampa conservadora.