Desandando lógicas y la oscuridad de la derecha

La historia Argentina, con sus particularidades, no es ajena a las lógicas de construcción y desarrollo del poder político global. Silvia desanda este camino presentando un interesante análisis para comprender desde dentro la oscuridad de este poder oscuro y siniestro de la derecha.

Profesora Silvia Da Roz

¿Cómo empezar a esbozar un texto que traduzca el escenario de los últimos dos años en Argentina? Es complejo, cada día que pasa nos sorprende una nueva medida de gobierno, un hecho desafortunado, un avasallamiento sobre los derechos, una muerte, una desaparición, un preso, dos o decenas de presos políticos. ¿Cómo poder transmitir, sin que parezca ficción, el desvergonzado blindaje de los medios de comunicación hacia el staff oligárquico que toma decisiones crueles contra la clase media y trabajadora, hacia los más vulnerables, sean niños, ancianos o discapacitados? ¿Cómo hilvanar el eje de un relato atravesado por vicisitudes dolorosas, todas, día a día, sin la menor chance de darnos el tiempo para analizar cada una, buscar el propósito, el origen, el plan?

Difícil la tarea de desenmarañar tanta mierda, como si de pronto explotaran las cloacas de la ciudad y uno no sabe para dónde dirigirse ni qué acción es la prioritaria. Buscar esa imagen que dibuje el sentir de tantos argentinos es escabroso. La “derecha” llegó al país de la mano del marketing, de las grandes corporaciones, de los grupos monopólicos, de la rancia oligarquía, de los egresados del Newman, llegó para quedarse, enquistarse y destapar un número gigante de personas con ideas fascistas, la derecha llegó en su versión más cruel, llegó legítimamente, avalada por un sistema democrático que, a estas alturas, y a mi modo de ver, termina siendo funcional y tramposo. Sabemos bien que hablar de Democracia implica sostener la independencia de poderes para que fluya de una manera casi justa y equitativa hacia la ciudadanía, sin embargo, hablar hoy de independencia de poderes suena infantil, tonto, casi un despropósito cuando, hasta el más distraído sabe que ello no ocurre, sabe que el servilismo y la compra de voluntades son moneda corriente. Y hasta suena bizarro observar a los abanderados de la “República” derrochar palabras como “sinceramiento”, “transparencia”, “sacrificio”, “futuro”, “bondad”, “justicia”, “esfuerzo”,  “sí se puede”…Palabras, no vacías, palabras que alimentan un nuevo vocabulario, parte de un plan que traspone en la formación de nuevos “sentidos comunes” sobre una población adormecida, como anestesiada por la dulzura y la promesa de un mañana feliz, casi un relato plagiado de Aldous Huxley.

Quienes habitamos el suelo Argentino y hemos leído algo de nuestra historia, sabemos que la cultura política argentina ha estado influenciada desde su nacimiento por el caudillismo, el clientelismo, el fraude electoral y la corrupción, características básicas de la “derecha” que ni la llegada de la democracia ni la promulgación de la Ley electoral Sáenz Peña de 1912 consiguieron extirpar de sus instituciones, creando así la base para la intrincada historia política, económica y social de  siglos posteriores. Muy a pesar de ello, la historia de nuestro país ha sufrido vaivenes, pasando por un momento coyuntural como lo fue el Peronismo, ese maldito momento que despojó al poder real de sus privilegios, otorgando al pueblo trabajador una nueva mirada, nuevas herramientas, la posibilidad de saber de sus derechos y de hacerlos respetar. Comienza aquí una lucha por sostener el paradigma de la democracia para todos. En Argentina, como en cada país, las ideologías poseen particularidades inherentes a la dinámica social, a su cultura y a los mandatos fundantes de la Nación, por ello, a pesar de que la “derecha” posee un mismo fin en todo el mundo (apropiación de la riqueza en poquísimas manos y la explotación al máximo de la fuerza de trabajo), cada territorio tiene sus propios condimentos. Haber transitado por una dictadura cívico-religiosa-militar en la década del ´70 y hasta inicios de los ´80, moldeó al ciudadano argentino en la mayor de las mezquindades y el “no te metas” pasó a ser el quiste que aún sobrevive en el sentido común generado en estos años, lo llevó a creer que sus logros individuales responden al esfuerzo también individual, a valorar culturas foráneas y despreciar lo nacional, a besar los pies del amo con la esperanza de formar parte, algún día, de esa élite. Hablar de la derecha en estos dos últimos años amerita volver atrás para entender por qué sigue teniendo vigencia a pesar del daño ocasionado en más de una oportunidad.

Pero comencemos a descifrar qué es la “derecha”, o la idea de derecha en la actualidad, para ello voy a recurrir a las palabras del Dr. Gernot Ernst, (Neurobiólogo y científico social, actual consejero del Partido de la Izquierda Socialista de Noruega.), citado por el mexicano Alberto Rodríguez en su blog: “Ernst dice que el pensamiento de derecha tiene una explicación neurocientífica. El contexto social actual es el caldo de cultivo para esto. Internet literalmente bombardea con mierda los cerebros de las personas. La llamada “shitstorm”, término urbano para describir una serie de cosas que van aparentemente bien, pero que, al realizarse, terminan horrendamente mal, dejan cosas (selfies, memes, chats, fotos y videos cualesquiera) que desaparecen rápido y dejan frustración. Las redes sociales están plagadas de pseudoargumentación, generan egoísmo y con ellas es fácil burlarse de asuntos realmente serios, como una tragedia humana, un acto de corrupción política, y la lucha de un grupo de personas por sus derechos. Mierda, pues. Y lo más peligroso de todo: generan miedo. Y el miedo es la materia prima de la derecha. Ernst explica que la derecha sabe muy bien lo que hace, cuando les habla a las audiencias. Por ejemplo, crean enemigos abstractos: migrantes, homosexuales, mujeres, anarquistas; en ellos se funda la razón del miedo. Entonces un candidato o candidata de derecha aparece como una figura paternal, que es capaz de arreglar tus problemas. Provoca, dice el doctor, patriarcado. Y al padre todo se le cree; por ser padre, y por haberte puesto en una posición infantil de indefensión. De hecho, una vez entregándote a él, cada afirmación que haga la tomas como válida. No importa si sabes que es mentira; no importa si él mismo sabe que es mentira. Se ha creado una imagen del “nosotros contra los otros”. No argumenta. No te pone a pensar, no lo necesita. Lo único que la derecha requiere es poner imágenes en tu mente mediante palabras y definiciones.”

Quizás esta visión basada en estudios neurocientíficos despeje algo de los interrogantes que a diario nos hacemos quienes asistimos, incrédulamente, a observar la destrucción de un país, de su economía, de su cultura, de los símbolos, de la historia,

el vaciamiento de contenidos, de pensamientos, de argumentaciones y a observar nuevos paradigmas basados en la estética, en lo material, en lo individual, en el desmantelamiento de las organizaciones sociales que son demonizadas, al desprecio de la protesta porque representa una lucha y esa lucha no congenia con los intereses del “padre”, a la vista está ya que son las únicas que mueven los cimientos que se están queriendo construir.

Mauricio Macri asumió la presidencia del país en un escenario pensado para las nuevas criaturas, ésas que festejan con globos, que ven con simpatía los contoneos incoordinados de un cincuentón blanco y puro, acompañado de su joven y bella esposa y su pequeña hija completando el cuadro familiar perfecto, rodeados de ilustres personajes cuyos apellidos históricos son reconocidos por ser hijos y nietos de la oligarquía terrateniente y empresarial que en reiteradas ocasiones hundió en la miseria al país, esa oligarquía aggiornada a los tiempos, compuesta de ceos o mejor dicho de expertos evasores y usureros de las finanzas según los datos escandalosamente surgidos de “Panamá Papers” y “Odebretch” (y bien escondidos por la prensa argentina). En ese escenario vimos renacer el monstruo tan temido por la otra mitad del pueblo e incluso por aquellos desprevenidos que votaron embebidos de odio, perplejos, y en esa perplejidad que paraliza, se sucedieron las acciones de gobierno más impopulares que se haya podido imaginar. Cuando Mauricio Macri asciende al poder el 10 de diciembre de 2015 las sesiones ordinarias del Congreso ya habían finalizado, pero eso no fue un obstáculo para el nuevo presidente argentino, quien decide utilizar los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) para dictar normas y plantear cambios aceleradamente sin contar con la aprobación del Congreso. ¿Para qué utilizó los DNU? En medio de una gran polémica, para nombrar a los nuevos miembros de la Corte Suprema y para modificar la Ley de Medios aprobada durante la gestión de Cristina Fernández. Inaudito, descolocó hasta a los propios periodistas que quedaron tambaleando entre sus argumentos desteñidos, argumentos que fueron perfeccionándose en el transcurso de estos dos años. Sin tregua alguna, Macri comienza con los recortes y despidos, lo primero que hizo fue dar marcha atrás a las nuevas contrataciones y a las futuras renovaciones en entidades públicas, se encargó de despedir a funcionarios y periodistas que trabajaban en el sector público y coaccionando despidos en el sector privado, avanzó en su plan de eliminar los subsidios a la energía y dejar en manos de las empresas privadas del sector la fijación de los valores, llevando el costo a los usuarios en general y avalando los primeros tarifazos. No conforme con  estas primeras medidas, que caen como balde de agua fría sobre el pueblo, el presidente decide el pago de 9.300 millones de dólares a los Fondos buitres, abriendo un  nuevo ciclo de endeudamiento para Argentina, elimina las retenciones a los agroexportadores,   dispone la suba de las tasas de interés aumentando el rendimiento de las Lebac del 28 a 38% anual, generando el inicio de la bicicleta financiera, medida acompañada por una inflación inédita y superior al 40 % durante el 2016, libera el valor del dólar abruptamente, elimina las Declaraciones Juradas de Necesidades de Importación facilitando el mercado de bienes comprados en el exterior y comenzando la destrucción de la industria nacional y sus consecuentes despidos, baja las alícuotas de impuestos a los autos de gama media y alta, de un máximo de 50% a 20% favoreciendo nuevamente al sector de mayor riqueza del país. A la par de estas medidas, y no casualmente, comienza la etapa de criminalización de la protesta, la detención de Milagro Sala y la desaparición forzada de Santiago Maldonado son una muestra de un plan por parte del Gobierno argentino, encauzado en reprimir y disciplinar las bases para garantizar posteriores y más feroces medidas. Y, desde ese primer año de requerir paciencia y esgrimir argumentos basados en “la necesidad de ajustar ante la pesada herencia recibida”, las políticas de estado siguen siendo funcionales a un pequeño sector, el histórico, el de siempre. Las medidas tomadas durante el 2017 no se movieron un ápice de las intenciones iniciales, a pesar de las protestas en contra y de las cuales participan movimientos sociales, sindicatos, centrales obreras, gremios docentes, entre otros. Así, se observan nuevos aumentos de combustibles, y con ello los aumentos en casi todos los rubros que requieran de transporte, se eliminan beneficios a los jubilados que cuentan con PAMI, y nuestros viejos que ganen más de $8000 o tengan un auto con menos antigüedad que 10 años ya no obtendrán remedios gratis. Es interminable la enumeración de acciones en contra de los más vulnerables y de la clase trabajadora, pero el 2017 trajo serios momentos de inestabilidad y tensión, aún presentes, ante la presentación del proyecto de Ley Previsional que costará nuevos recortes a los jubilados, a las AUH e indirectamente al sector activo, así como también la reforma laboral que beneficia a la patronal dejando en estado de indefensión y quitando derechos adquiridos a los trabajadores. Parece ficción, vuelvo a reiterar, en tan solo dos años se sucedieron una tras otra las peores medidas, las que sumen en la pobreza y la precariedad a una enorme porción del pueblo argentino.

¿Y qué diablos hacer? Según el doctor Gernot Ernst, la izquierda tiene en sus manos la más vieja de sus armas: la organización social; que, dadas las circunstancias, sigue siendo la más efectiva. “Porque la organización social disminuye el miedo” y el miedo, la obediencia o el adormecimiento social no son buenos consejeros en estos tiempos.