La nave y la tormenta

DISCURSO PRO

Por Pablo Martín Méndez (UNLa/CONICET)

Sobre el uso político de las metáforas en tiempos de crisis

Gobernar, decía Platón en la República, implica actuar como un piloto que “presta atención al momento del año, a las estaciones, al cielo, a los vientos y a cuantas cosas conciernen a su arte, si es que realmente ha de ser soberano en su nave”.[1] Gobernar, añadía diez siglos después el tratadista francés Guillaune de La Perrière, es “conducir las cosas a un fin conveniente, a buen puerto”.[2]Gobernar, según dejó entrever hace apenas unos meses el actual presidente argentino, Mauricio Macri, es “enfrentar una tormenta pero saber arriar las velas y fortalecerse manteniendo el rumbo”.[3]

De la promesa de trasformar radicalmente al país, controlando la inflación y acabando con la corrupción, reduciendo la pobreza y llegando incluso al punto de cerrar la grieta… a la utilización de una de las metáforas más antiguas de la política, la metáfora de “la nave y la tormenta”, el gobierno de Cambiemos parece recorrer una pendiente sin fin. A estas alturas parece inútil discutir cómo y cuándo empezó todo. ¿Fue en diciembre de 2017, con la reforma previsional y la modificación de las metas de inflación?, ¿o fue durante el último mes de abril, con la corrida cambiaria y el pedido de auxilio al FMI? Lo realmente cierto es que, desde los últimos meses, venimos escuchando que el país está en la misma situación que un navío en medio de la tormenta, pero que ahora hace falta continuar más que nunca con el rumbo planeado. La metáfora de la nave y la tormenta tiene una larga data; de hecho, es casi tan vieja como la política, y tal vez no resulte casual que el gobierno la venga utilizando reiteradamente. Habría que interrogarse si sólo se trata de un artilugio discursivo, un mero juego de palabras para salir del paso, o bien de la expresión más acabada de toda una manera de gobernar.

El gobierno sin rostro

La metáfora de la nave y la tormenta no sólo ha sido utilizada en incontables ocasiones de la historia, sino que además ha estado en boca de los más diversos dirigentes políticos y sociales, de izquierda a derecha, de norte a sur y de este a oeste. No hay que perder de vista que sin embargo remite a una fase previa a la democracia representativa, donde los gobernantes son otra cosa que delegados del pueblo y ejecutores de la voluntad popular. Gobernante, en cierta forma, es quien conduce un entramado de personas y de bienes: sin duda el capitán de un barco, pero también el padre de una casa, el jefe de un ejército o el pastor de una iglesia. Más allá de los innumerables ejemplos que vengan al caso, persiste la definición del gobierno como técnica para conducir o dirigir algo de un lugar a otro. El capitán despliega las velas, ordena a los marineros y dispone el cargamento para llevar la embarcación a buen puerto, al igual que el jefe de una casa vela por los víveres y suministros disponibles, registra los ingresos y los gastos cotidianos, y se ocupa de las demás tareas relacionadas con el bienestar y la tranquilidad de quienes tiene a su cargo. Si bien el fin de cada gobernante puede variar en contenido y alcance, lo cierto es que siempre remite a aquello que los gobernados tienen en común y por lo cual todas y todos se ven afectados, ya sea como tripulantes del mismo barco, habitantes de la misma casa o sencillamente de un mismo espacio.

Un fin común, aunque a veces sólo sea establecido y conocido por quienes gobiernan. El capitán no representa a los marineros ni tampoco discute con ellos sobre el trayecto a seguir o la forma de llegar a destino; por el contrario, sólo a él, y únicamente a él, le corresponde conocer los vientos, las mareas y las constelaciones que conducirán la embarcación hasta el puerto. Ocurre algo similar con la economía doméstica, e incluso con las administraciones de mayor alcance. ¿No se nos dice a menudo que gobernar una ciudad e incluso un Estado es como conducir un barco o manejar una casa? ¿Y no son los gobernantes quienes se reservan para sí la determinación del destino y el conocimiento del trayecto que nos llevaría hacia el mismo?

Lo paradójico de esta manera de gobernar es que carece en algún punto de rostro, no sólo porque diluye las funciones de representación política en un juego de tecnicismos, sino además porque invisibiliza las responsabilidades y los efectos de las decisiones. Prueba de ello son las explicaciones que se brindan ante los escenarios adversos: “veníamos bien, pero de golpe pasaron cosas”.[4] El origen del problema no está en las decisiones tomadas, tampoco en quienes llevan el timón del barco, y menos todavía en el trayecto trazado desde el comienzo: ¡es la tormenta! Desde el gobierno se dice que nos encontramos en medio de una tormenta, como si se tratase de un fenómeno climático que en algún momento va a pasar, sin mencionar la larga serie de consecuencias que de allí se desprenden. No se dice por ejemplo que los próximos gobiernos, tengan la orientación ideológica que tengan, estarán condicionados por el acuerdo con el FMI. No se advierte tampoco que el préstamo acordado está financiando la salida de los capitales especulativos que ingresaron al país mediante la compra de Lebacs y otros bonos de corto plazo ofrecidos por el Banco Central y el Tesoro Nacional. No se remarca siquiera el consecuente deterioro de los salarios, la precarización del trabajo y el aumento de la pobreza, todo lo cual es la exacta contracara de las ganancias siderales que la devaluación reporta a los sectores económicos vinculados con la exportación de bienes y servicios.

Pero no hay que sorprenderse demasiado: esto es coherente con una forma de gobernar que tiende a encorsetar las propias decisiones de gobierno, llegando incluso al punto en que tales decisiones se anulan a sí mismas. Es también coherente con un estilo de liderazgo que rechaza el propio liderazgo para expresarse en cambio a través de escuetos y crípticos mensajes; un liderazgo que quiere hacerse invisible o pasar casi desapercibido, ajustando a través de procesos indirectos como la devaluación y el aumento de la inflación, sin necesidad de pomposas reformas laborales ni recortes al estilo de los años 90’.

El mito del gradualismo

“No gobierna la política, sino la verdad”. La frase no es literal, pero podría ilustrar perfectamente el lema del actual gobierno, sobre todo cuando se dice que este es un camino doloroso pero correcto, o que no queda otra opción más que aceptar la verdad. La cuestión tiene sus singularidades y matices, aunque no es tan original como parece. Dejando de lado su constado terapéutico –“por más que duela, hay que aprender a aceptar la realidad”–, hunde algunas de sus raíces más profundas en las metáforas e imágenes del pensamiento económico. Durante el siglo XVIII, los fisiócratas franceses [fisiocracia = gobierno de la naturaleza] imaginaban un reino utópico donde la verdad de los procesos económicos venía a imponerse sobre la arbitrariedad de los déspotas. La idea consistía en que las decisiones político-administrativas no tuviesen más que acogerse a la evidencia de la economía, de igual modo en que la naturaleza se acoge a las leyes de la física. En el límite, los economistas del siglo XVIII soñaban con un mundo que no requería de gobierno alguno, puesto que el camino a seguir se imponía con toda evidencia y sin mayor discusión. Algo de eso resuena en la discursividad del actual gobierno, con la salvedad de que todavía nadie sabe bien de qué verdad se trata exactamente ni qué tan cerca estamos de la misma.

Basta detenerse en los usos de la palabra “gradualismo”. Por definición, es imposible hablar de gradualismo en términos absolutos. Todo depende del fin desde donde se mire y evalúe la realidad. Para un trabajador o trabajadora del INTI, del CONICET, de Télam, del Ministerio de Agroindustria y de otros tantos organismos estatales afectados por los recortes presupuestarios o por el desmantelamiento liso y llano, no hay ni puede haber gradualismo. Para quienes no pueden afrontar la suba en las tarifas de los servicios o quienes sólo llegan a fin de mes endeudándose día a día, tampoco hay gradualismo alguno. En cambio, para los economistas ultra-ortodoxos –esos que pululan por los programas televisivos proponiendo políticas económicas tan simples y entendibles como una receta de cocina– toda política que no se ajuste a sus verdades recibirá el nombre de gradualismo e incluso de “populismo elegante”.[5] Lo cual no podría ser de otra manera: si miramos la realidad desde la utopía de una economía altamente flexible, abierta y capaz de regularse por sí misma, al punto de que cualquier desequilibrio en el empleo, la producción o el consumo se acomodan casi espontáneamente, entonces siempre hace falta algo más para alcanzar la meta deseada.

La idea misma de un gradualismo es tramposa en la medida en que justifica un ajuste igualmente gradual o, en todo caso, indefinido. ¿Qué ocurre si esta receta, esta política o esta estrategia no funciona?, ¿qué opción queda si las cosas, en lugar de mejorar, van de mal en peor? Ocurre que el fin no se pone en discusión, sino la velocidad de la nave. Cuando las cosas van mal, la única opción que queda es acelerar la marcha del gradualismo, llevándolo al punto de coincidir con el ajuste pero sin tocarlo nunca. A los desbarajustes provocados por los ajustes se les responde entonces con más ajuste. Así se deja de lado la discusión sobre el porqué de las reformas, sobre su sentido y sus consecuencias al mediano y largo plazo. Instalar la dicotomía gradualismo-ajuste, como hacen hoy varios periodistas y economistas, es hacer de lo drástico una necesidad, antes que una decisión política.

Actos de fe

“Tenemos mucha confianza de que se va a llegar a buen puerto, es el único rumbo, vamos por el buen camino”, anunció el Ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, tras la histórica devaluación del peso ocurrida en agosto de 2018.[6] La confianza ha sido desde el comienzo la principal divisa de este gobierno. Hay que generar confianza para los mercados; para que las inversiones vuelvan al país; para reactivar la economía y generar trabajo. Tanto se machaca sobre la confianza que se hace de ella la causa y la solución de todos nuestros males. De hecho, mientras más se agudiza la crisis, más confianza se le presta al rumbo elegido. La verdad se fuga hacia adelante, transformándose en un dogma antes que en un principio racional.

Cuando el gobierno dice seguir el camino correcto a pesar de los efectos adversos de sus decisiones, a pesar de que no se vislumbre la salida de la tormenta o la luz al final del túnel, no está poniendo en juego una verdad contrastable con la realidad, sino que está solicitando un acto de fe. Es el eternamente prorrogable “segundo semestre”, o los “brotes verdes”, o también la entrada de divisas por las liquidaciones del sector agroexportador, o la recuperación de las pymes como efecto de la devaluación, o el despegue definitivo del país tras una eventual reelección de Macri. En lugar de verdades susceptibles de comprobarse a través de la relación causa-efecto, el gobierno propone realidades constantemente extendidas hacia adelante. Actos de fe.

Pero entendámoslo bien, no se pide tener confianza en la política, sino en el mercado y sus supuestos mecanismos de autorregulación. Lo curioso es que la confianza solicitada no viene de los inversores ni de los financistas; por el contrario, a veces parece venir de la gente más castigada por los mercados mismos. Hay todavía quienes dicen que a este gobierno es necesario darle más tiempo y tenerle más paciencia, dada la “pesada herencia” recibida de la administración anterior, la “fiesta del kirchnerismo” y cosas semejantes. El problema no está en el mercado, sino en el Estado, más precisamente en el famoso “déficit fiscal”. De ahí también que este tipo de diagnósticos suela venir de la mano con las terapias más drásticas, sobre todo aquellas de tipo quirúrgico. Así se dice que la economía argentina es como un enfermo en coma al que se le debe aplicar una “terapia de shock”,[7]o también que estos son “los dolores del parto”.[8] ¿No es extraño que la economía, que siempre se ha jactado de ser un saber de sentido común, deba recurrir constantemente a metáforas de otros campos y disciplinas?

A las metáforas de cuño médico-clínico se les suman aquellas otras de lenguaje familiar-doméstico. Hemos escuchado hasta el hartazgo que habitamos una casa endeudada y al borde del embargo. ¿De dónde proviene la deuda? Muy posiblemente de la fiesta que estuvimos celebrando durante los últimos años ¿Y con quién hay que saldarla? Aquí las explicaciones varían en imágenes, aunque no en sus efectos y consecuencias. A veces la deuda es con el banco, otras con el almacenero de la esquina, o bien con el prestamista del barrio. Lo cierto es que, como la casa gasta más de los ingresos que recibe, entonces todos y todas debemos hacer sacrificios para achicar la deuda. Todos tenemos que hacer sacrificios, vale decir, todos somos culpables de lo que está pasando. O quizá no todos sean enteramente culpables, pero dado que la casa no sólo está endeudada, sino también “incendiada”, aun así hay que hacer sacrificios para salir de la emergencia. Todavía hoy, en un mundo extremadamente desigualitario y polarizado, donde unos se enriquecen enormemente a costa de otros, se nos quiere hacer creer que los momentos de crisis deben encararse como una “familia unida”. Al igual que la metáfora de la nave y la tormenta, la metáfora de la casa tiene sus puntos de invisibilización y neutralización de la conflictividad política y social; tiene sus trampas.

El gobierno de los opuestos

“Estamos mal, pero vamos bien”, aseguraba el ex-presidente Carlos Menem a principios de los años 90’, preludiando una de las reformas económicas más drásticas que recuerde la historia argentina. Sin presuponer una completa analogía histórica, la famosa frase resuena hoy más que nunca. ¿Hay que buscar su trasfondo en lo que Joseph Schumpeter, economista austríaco de principios del siglo XX, denominaba como el proceso de “destrucción creativa” intrínseco al capitalismo moderno? Hoy parece que este oxímoron se ha convertido en todo un lema de gobierno. Así, por ejemplo, el presidente Macri habló recientemente sobre la necesidad de “despedir para crear empleo”.[9] Más allá del cinismo de una afirmación semejante, la pregunta es si el ajuste infinito no lleva al actual gobierno hasta el punto de estrangularse a sí mismo, como si estuviese guiado por un fuerte impuso tanático.

Siguiendo un antiguo proverbio chino, los más optimistas dirán que “en toda crisis puede haber una oportunidad”. Quizá esto valga para las trayectorias personales y los manuales de autoayuda, aunque otra cosa es gobernar un país donde gran parte de la población no puede encontrar provecho alguno en la crisis, puesto que ya ha perdido todas las oportunidades. Nuevamente ha llegado la hora de que la política reinvente sus discursos, sus metáforas e incluso sus relatos, más allá de las metáforas que –a la manera de la nave y la tormenta, el cuerpo enfermo, la casa endeudada y otras similares– hacen aparecer al ajuste como algo necesario e inevitable. Tal vez así la racionalidad de lo común logre imponerse de una vez por sobre la racionalidad de lo económico. Porque, al fin y al cabo, ¿no es eso lo que siempre ha estado en el fondo de todas nuestras discusiones?

 

[1] Platón (1988). “República”. En Diálogos IV (pp. 301-302 [488a-e]). Madrid: Gredos.

[2] De la Perrière, G. (1597). Le miroir politique : contenant diverses manières de gouverner et policer les républiques. París: Vincent Norment & Ienne Bruneau.

[3] Macri, M. (2018). Conferencia de prensa del Presidente de la Nación  desde la Residencia Presidencial de Olivos. Recuperado de https://www.casarosada.gob.ar/informacion/discursos/43187-conferencia-de-prensa-del-presidente-de-la-nacion-mauricio-macri-desde-la-residencia-presidencial-de-olivos

[4] Periodismo para todos (09/06/2018). Jorge Lanata mano a mano con Mauricio Macri. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=3HXXL0SXd84

[5] Infobae (09/03/2018). “‘El modelito de morondanga de Macri es el de Cristina Kirchner mejorado’ y otras 17 definiciones de José Luis Espert”. Recuperado de https://www.infobae.com/economia/2018/03/09/el-modelito-de-morondanga-de-macri-es-el-de-cristina-kirchner-mejorado-y-otras-17-definiciones-de-jose-luis-espert/

[6] Infobae (30/08/2018). “Nicolás Dujovne: ‘Este es el único rumbo, vamos por el buen camino’”. Recuperado de https://www.infobae.com/economia/2018/08/30/nicolas-dujovne-este-es-el-unico-rumbo-vamos-por-el-buen-camino/

[7] La Nación (05/04/2018). “Javier Milei: ‘Se puede hacer un ajuste fiscal de shock sin costos sociales’”.  Recuperado de http://www.lanacion.com.ar/2122851-javier-milei-se-puede-hacer-un-ajuste-fiscal-de-shock-sin-costos-sociales

[8] Página/12 (30/08/2018). “Para Vidal son ‘dolores del parto’”. Recuperado de https://www.pagina12.com.ar/138868-para-vidal-son-dolores-del-parto

[9] El Destape (27/02/2016). “Macri explicó los despidos en el Estado: ‘Son para generar trabajo’”. Recuperado de https://www.eldestapeweb.com/macri-explico-los-despidos-el-estado-son-generar-trabajo-n15184

 

Fuente: Revista Bordes

Universidad Nacional de José C. Paz