Alegría, amor y libertad

Alegría, amor y libertad

 

“Alegría, amor y libertad”, dice Daniela Mercury mientras el conductor del programa, el hombre de TV Gerardo Rozín; la primera dama de Lomas de Zamora, Jesica Cirio, y el resto del elenco entonan fuera de libreto el “o-oo-o-ooohhh” de Woodstock y también el muy argentino “dale Campeón” con música de la marcha “Los muchachos peronistas”.

Ocurrió el domingo a la hora de los ravioles en el programa “La Peña de Morfi” (un fragmento puede verse aquí). La bahiana hizo una demostración pocas veces vista de profesionalismo, arte y política en televisión abierta y que desde hace 48 horas me tiene pensando.

Primero, el profesionalismo. Mercury viene a promocionar un show en el Teatro Coliseo. Viene a vender entradas. Viene a trabajar. Impecable, sonriente, brillante, espléndida. Profesional, vende. Digna, trabaja.

Luego, el arte. Despliega una energía propia en un estudio de TV con pocos artificios. Sus músicos no están. Sólo el guitarrista estable del programa de Rozín, un joven sesionista que suele tocar folklore. Entre él y la voz de Mercury (“pa-parara-pará, pa-parara-pará”) no hace falta Olodum. Toda la fuerza, el ritmo, la musicalidad necesaria están ahí. Es la tensión propia de tocar en vivo, de improvisar un poco. Aquello que solía ser la música.

Y luego, la política. Todo en Mercury es política. Su cuerpo, su edad, su arte, su canto, su origen, su raíz, su vínculo con lo popular. Pero también su explicación de por qué se manifestó en medio de la campaña “Ele não” (Él no), que inundó las calles brasileñas contra el candidato fascista Jair Bolsonaro. “Es homofóbico, es racista”, explica. Porque la política no siempre es campaña y cálculo. La política también es afirmación. Es poder decir “estos somos nosotros”. Y “no pasarán”.

Aunque esa es sólo una parte de lo política que es la presentación de Mercury. Ni siquiera cuando dice “Alegría, amor y libertad, cada vez más necesitamos más alegría amor y libertad” o cuando más tarde susurra en el programa de Novaresio, con Jorge Macri a sus espaldas, “esperanza Argentina, esperanza” se completa todo lo político que expresa.

Es el hecho que nos recuerda la potencia de los artistas populares. Esa potencia que en la primavera democrática fue patente y clara y que luego tratamos de ir reiterando pero ya como un cliché. Buscando, mecánicamente, reeditar a aquellos artistas populares en otro contexto. Que no se me malentienda: lo importante de los artistas populares no es el repertorio, ni el nombre, ni el género. Es otra cosa. Que escenifican y nos recuerdan lo que somos y lo que tenemos. Lo que nos ha sido dado. Y que lo que somos y lo que tenemos es todo aquello que, por ejemplo, el partido del presidente Mauricio Macri tiene que comprar hecho. Es todo aquello por lo que ellos tienen que pagar. La fuerza, la cercanía, la espontaneidad, la emoción. La alegría. Nuestra alegría. Eso que ellos llaman “entusiasmo” y “optimismo” pero que son como malas copias de nuestra alegría-que-afirma. De nuestra alegría (que no es ninguna “revolución”) que festeja. ¿Y qué era lo que festejaba? Nada menos que recordar quiénes éramos nosotros. Y que festeja recordar, con algo de rebeldía, que esporádica pero recurrentemente les hemos aguado la fiesta a ellos.

Quizás Daniela Mercury al cantar

El color de esa ciudad soy yo

El canto de esa ciudad es mío

El color de esa ciudad soy yo

El canto de esa ciudad es mío

El gueto, la calle, la fe

Voy a caminar por la ciudad hermosa

El toque del afroxé y la fuerza de donde viene

Nadie explica (ella es hermosa)

El gueto, la calle, la fe

Voy a caminar por la ciudad hermosa

 

no nos dice algo liviano. Nos dice algo fuerte, identitario. Algo que nos recuerda por qué debemos estar siempre atentos para que llegue hasta nosotros una vez más esa intuición de que nuestra alegría es mejor.

También quizás nos haga más claros los permanentes sentimientos de temor y tristeza que transmite este gobierno a través de su aparato de medios. Quizás nos recuerde que el menemista Ritmo de la Noche, en el que Daniela Mercury se presentó en el mismo canal hace 25 años, al menos tenía algún nivel de alegría: algo retorcido, eufórico, cocainómano. Pero aquí y ahora nos recuerda por qué el poeta se vio obligado a escribir alguna vez “yo no quiero volverme tan loco” y “yo tan sólo les digo que es un bajón”.

Entonces ahí está Rozín, con su panza. Una panza que está totalmente fuera de todos los parámetros del cuerpo de ricos de la actual oligarquía gobernante. Y ahí está la Señora Cirio, que afirma mucho más sobre nosotros que el intento fallido de querer competirle a Juliana Awada con la muy similar (pero fuera de lugar) Karina Rabolini. Ahí está un humorista vestido de mujer, a quien Mercury hace bailar y pasear por el set. “Los artistas son vagabundos, como Chaplin”, afirma Mercury. Y todos bailan con la guitarra de la “peña”, sintiendo, imaginanando a la percusión de Olodum que no está ahí, mientras en el estudio son muchos los que gritan “dale campeón”, con la música de aquella marcha conocida.

Y Rozín quizás olvide por un segundo el rating y sus responsabilidades, como aquellas que tomó tan a pecho cuando se obligó a entrevistar de manera demasiado dura a algunos políticos en campaña. Y la Sra. Cirio quizás olvide también por un segundo una carrera de la periferia al centro. Para simplemente bailar y recordar quiénes éramos. Con alegría, amor y libertad.

Fuente: Artepolítica

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