Los nadies… como decía Galeano

En un artículo anterior se hizo un abordaje sobre el contexto y el desarrollo del neoliberalismo. Este artículo pretende poner el foco en lo concreto del ajuste. Pepe, Ramona, María o Lautaro. El rostro real del dolor.

Pepe era trabajador ferroviario en el año 1992. Vivía en una pequeña localidad cuya vida era el ferrocarril. 37 años (desde los 18) laburando en la reparación de vías y demás gajes propios del oficio. Pero Menem, el mascarón de proa del segundo gran proceso neoliberal de la Argentina había decidido que estas empresas estatales generaban pérdidas. No es intención recuperar la historia, pero sí necesario poner un contexto. La definición política del menemismo fue la de privatizar o concesionar todo lo que fuera posible con la famosa teoría de un estado mínimo, o al revés, sosteniendo que el mal del país era un estado demasiado grande, pesado, poco eficiente. La recurrencia del discurso de la dictadura no es mera casualidad, sino simple causalidad.

Desde el inicio la línea Urquiza estaba condenada. Junto con ella una enorme cantidad de pueblitos y por supuesto, un serio obstáculo de competitividad para el traslado de la producción por el medio más económico que hasta la actualidad existe (se estima que una formación equivale a por lo menos un ciento cincuenta equipos de camiones).

Las ofertas para los obreros fueron variadas: desde jubilaciones anticipadas (los menos de los casos); despidos forzados y los ya tristemente célebres retiros voluntarios.

El retiro voluntario era la propuesta anterior al despido. Más que opción era una condena menor.

Pepe, con el importe del retiro voluntario le pareció prudente instalar un comercio. Difícil para alguien que toda la vida anduvo entre fierros. Su kiosco no arrojaba ganancias, y poco a poco el capital acumulado en años de labor se fue esfumando. Gota a gota. Día a día. Pepe, encorvado por el peso de la derrota, sin herramientas ni fuerzas para continuar, se entregó a la tristeza que desde dos años antes trataba de disimular para no alarmar a su compañera. Inútil. Cayó en las garras impiadosas de la depresión. El cáncer de estómago se encargó del capitulo final.

Muchos dicen que Pepe murió de cáncer. Los íntimos saben que no: fue de tristeza. Eso jamás aparecerá en las estadísticas del Excel… ni del INDEC.

Los que diseñaron aquellas políticas andan por el mundo dando conferencias sobre economía… están vivos… ricos.

Pero no es la historia de Pepe, sino de la familia destruida, de su esposa enferma y en la pobreza, compartiendo una vivienda con otra señora en idénticas condiciones y a fuerza de la solidaridad de sus vecinos.

¿El derrame? Dicen que hubo una tormenta y se hundió en el océano, porque llegar nunca llegó.

Ramona, fiel a su estilo, dedicó toda su vida a la empresa. Con esmero cada día, cada hora, relegando incluso a sus hijos y las pequeñas grandes experiencias escolares. Más de treinta años cumpliendo horarios que en el mejor de los casos eran de diez horas desde la salida de su casa hasta el regreso. Pero como el salario siempre fue escaso, las extras hacían habitual jornadas de trece o catorce horas.

Justo ese día de tarde estaba preparándose para su turno nocturno. Ropa blanca impecable y planchada, la matera y alguna cosilla para masticar y hacer menos dura la fría noche que se avecinaba. Etelvina, su hija menor corría de aquí para allá y le recordaba la promesa: si la libreta llegaba con aprobados recibiría su premio, una bici rodado 24 que ya habían escogido.

Un montón de horas extras para lo que Ramona sabia inevitable. Se le ocurrió mirar el reloj. Cinco de la tarde. Suena el timbre. No se sorprendió, sus amigas a veces pasan por esas horas. A paso cansino se dirigió a la entrada y por pura curiosidad abrió la mirilla y se sorprendió; un hombre de gorra esperaba impaciente con algo en su mano…

¿Cartero a la tarde? se preguntó. Giro la llave y dejó la puerta entrecerrada.

– ¿La señora Ramona P?

* Así es, respondió Ramona.

– Tengo un telegrama para usted… firme aquí por favor, extendiéndole una pizarra con un formulario.

* Ramona, atónita, firmó y recibió un telegrama breve pero profundamente perturbador: La empresa MM prescinde de sus servicios desde el día de la fecha. Sus haberes y demás costas legales se encuentran a su disposición en las oficinas de nuestros representantes legales donde podrá hacerlos efectivos desde el día de mañana. Queda Ud., debidamente notificada.

De pronto la luz desapareció y Ramona perdió conciencia del espacio y el tiempo. El telegrama en su mano fue lo último en su retina.

En el hospital se enteró que su hija de 6 años la encontró desmayada junto al cancel. Ella se asustó mucho y corrió donde  la amiga de mamá que prestamente llamó el servicio de emergencia.

Ya nada fue igual. Sin obra social, en medio de una profunda recesión, su pequeña despensa tuvo efímera vigencia y en realidad significó un cúmulo de deudas a pagar demasiado importantes. Es que cuando no hay ingresos, un laburo estable, cada peso equivale a un millón. No hay cuenta pequeña para una desocupada.

Las excelentes notas no obtuvieron aquella bicicleta. Y la casa que con tanto amor y esfuerzo habían construido con Alberto, su esposo ya fallecido, hubo que venderla y trasladarse a uno más sencillo, sin gas ni agua potable.

Ramona, una especialista en su rubro, culmino sus días de cartonera. Un atardecer su hija que ya había volado, entró y la observó en su vieja y única silla de lo que fue su hogar primero, tranquila, quieta, con los ojos llorosos y la mirada perdida. Estaba navegando nuevos rumbos pues su corazón había dicho basta. 55 años. Demasiado joven para morir. Demasiada injusticia para vivir.

Lautaro tenía un emprendimiento en iniciado en el 98, pero la crisis del 2001 arrasó con todo. Juicio laboral por medio, perdió todo lo que tenía. Miles de proyectos hechos trizas. No es fácil a los 35 años y con hijos comenzar de nuevo. Y ese maldito crédito hipotecario que no se pudo seguir pagando actuando como un juez implacable. El resultado, su casa con sentencia firme de remate por el Banco de la Nación Argentina.

Fueron años muy duros, de hambre, dolores y miseria. El cumple n° 12 de su hija fue el más duro: el regalo consistió en una carta, pues ese día ni para el mate había. En todo caso y aún así, Lautaro y su esposa eran afortunados, pues sus familias les daban una mano y las niñas nunca pasaron hambre, la que sí conocieron ellos.

Luego la historia ya conocida: llegó un presidente que decidió salvar a las familias y la sentencia de remate quedó en suspenso con la refinanciación de la deuda y poco tiempo después el acceso a un puesto laboral estable mejoraron las cosas. ¿Solucionado? Para nada. Perviven las impagables deudas al fisco y otras tantas consecuencias sociales. Los que creen que una crisis como la del 2001 se supera sólo generando trabajo no entienden nada del tema. Las heridas y las secuelas son indelebles, no se borran jamás.

María fue toda su vida empleada doméstica. Muy buena, por cierto. Sus patrones, gente acaudalada, la trataban con respeto… pero  no en el bolsillo y la previsión social. Décadas de servicio sin obra social ni aportes jubilatorios.

Cuando ya entraba en los sesenta y pico, María no pudo seguir de empleada doméstica (¿doméstica tendrá algo que ver con la vieja concepción de persona domesticada para el servicio?). Su artritis y la hernia de disco hicieron que sus días fueran un permanente acceso al reposo. Atendida por el hospital público, la atención era lo que se podía, no lo que se debía. Y ella que durante décadas había sido una fiel empleada, de pronto se encontró con que sus patrones prescindían de sus servicios. Sin ingresos ilegales (es decir, sin aportes), y por lo tanto sin jubilación ni pensión.

Recuerda ya muy poco, pues cerca de los 90 su memoria no es tan certera, pero tiene patente la cara del empleado público y los funcionarios que una tras otra vez la destrataron, o bien la trataron como un número, una cosa, un trámite más. Es que muchos trabajadores en lugar de experimentar el trabajo para beneficiar a sus congéneres de clase lo viven como una mera obligación a cumplir. Y es conocido que no hay peor compañero que el compañero desclasado.

Fueron años duros hasta que por fin una decisión de un gobierno puso un poco de equilibrio y justicia y le concedió, al igual que a millones, el reconocimiento por tantos años de trabajo y esfuerzo: llegó la jubilación, y con ella una obra social, acceso a medicamentos y otros beneficios. ¿Suficientes? Por supuesto que no, pero sin dudas que marcaron una clara diferencia en la calidad de vida de María, que ya no dependía de sus hijos y recibía la atención médica adecuada. María en sus últimos años recuperó un poquitín la sonrisa.

¿Era necesario tanto dolor? ¿Por qué sus patrones permitieron este cuadro de situación? No era por dinero, que les sobraba. ¿Era por simple explotación o discriminación?

Historias. Todas ellas atravesadas por el neoliberalismo como propuesta cultural, política y económica.

Con estos relatos hoy se pueden identificar cientos de miles que están perdiendo sus laburos, como Gastón, o Perla, u otras Marías.

Es que el neoliberalismo es muerte. El neoliberalismo mata. Y esta no vida aún con el corazón latiendo extiende sus garras, destroza, mutila, silencia. Actúa con complicidades, en especial mediáticas que se encargan de invisibilizar la realidad (como Bernardo Neustadt, Mariano Grondona, de los 90 y la propuesta de los programas “de entretenimiento”), y políticas. Con la aquiescencia de una sociedad sumida en lo anodino e inoculada con odio y resentimiento.

Algunos ven en esta actualidad un revival de acontecimientos ya conocidos. Pero lo inédito es que hasta los lacayos en el gobierno (Nicolas Dujovne, por ejemplo), dicen que “…nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga el gobierno…”. Ese es el nivel de cinismo de esta clase social dedicada al saqueo y la explotación… y también una buena medida del real poder de resistencia y oposición.

¿No será conveniente analizar si es necesario “volver” o “revolucionar”?

Lo cíclico de los procesos, al respecto, son harto elocuentes.

“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte;

Pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en llovizna cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los niguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanías.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

(El libro de los abrazos). Eduardo Galeano