Inclusión y exclusión en la escuela, la sociedad y la cultura

Inclusión y exclusión en la escuela

Hablar de inclusión escolar me lleva inmediatamente a la palabra hospitalidad magistralmente usada por Jacques Derridá haciendo referencia a leyes que se separan de las leyes jurídicas para dejar de lado los condicionamientos, las leyes de la hospitalidad abren las puertas de las instituciones escolares a cualquiera que desee aprender. Lamentablemente la realidad nos muestra que las condiciones se imponen en los ingresos a las escuelas disfrazadas de “mejor atención a los niños”, se acompañan de solicitudes de información a los profesionales psicólogos, psicopedagogos, médicos, fonoaudiólogos que atienden al futuro alumno. Así la requerida hospitalidad se convierte en hostilidad, en indagación, en preguntar sobre el otro, en obsesión por el Otro, y, si fuera el caso de que el niño etiquetado como “diferente” por diferencialismo, fuera detectado dentro ya de la escuela, sería inmediatamente “derivado” a profesionales que determinen un diagnóstico a “su” diferencia. Así se pone en marcha la maquinaria del etiquetamiento y pesquisa fatal que acompañarán al niño o joven durante su estancia en la escuela.

En la actualidad se podría afirmar que hemos vuelto a tiempos que creíamos olvidados luego de tanta lucha, de tanto creer y desear que el sistema escolar, la escuela, deje de ser exclusiva y excluyente, y llegar a la triste conclusión de que un sistema que excluye no puede convertirse en inclusivo.

También es necesario hablar de alteridad, como pronuncia Skliar: “alteridad de vidas y de mundos, alteridad de tiempos e instantes, alteridad de ficción y realidad. Alteridad aquí no es oposición ni rechazo; más bien se trata de un arte de la multiplicidad y de sus pliegues. Perturbar, si, aquello que en cierto momento es considerado como normal y natural, ofrecer un borde que no se ha tocado, una rugosidad que no se ha percibido, una potencia que aún no ha sido definida.”(Skliar, 2017 p.160) Porque no hay vidas únicas sino múltiples vidas, no tiempos únicos sino múltiples tiempos que se ajustan a cada vida, alteridad es dar cuenta de la multiplicidad sin oposición ni rechazo, sino dejarla ser, y si oponerse y poner en cuestión la idea de normalidad inventada que nos han impuesto y que tan presente está en nuestras miradas hacia los otros.

Un mundo desigual produce realidades desiguales, vidas desiguales, sujetos desiguales en nombre de la igualdad. “La existencia del otro puede pensarse en términos de responsabilidad y de justicia” (Skliar, 2017 p.163) La existencia siempre implica alteridad en tanto singularidad y confrontación con la idea de normalidad inscripta en los cuerpos y en los lenguajes. La alteridad plantea la presencia de la singularidad en tanto diferencias que se posiciones en los intersticios de las relaciones entre los sujetos, nunca posicionadas en un sujeto particular, dado que la relación nos iguala y nos impele a preguntarnos por la necesidad de esa diferencia en tanto singularidad, aunque muchas veces tome la apariencia de una amenaza, por su carácter misterioso a develar. El misterio del otro queda en el otro, y es la forma de relación con el otro, dejarlo ser otro. Se trata de sentir el peso del otro en nuestras espaldas, por eso somos inevitablemente responsables del otro en su encuentro en la visión de su rostro, esta responsabilidad por el otro representa la dimensión ética del encuentro con el otro en la educación, no con la esperanza de que se convierta en lo mismo sino siendo otro.

En la experiencia del encuentro con el otro es necesario dejarse afectar por su presencia, no sentirse amenazado sino dejarse sorprender por su presencia, tomar la responsabilidad de su presencia en tanto adultos responsables de su educación.

En un mundo donde lo diferente es rechazado, ocultado, desdeñado, se torna imperioso que pongamos en blanco nuestras miradas, despojándola de todas las ideas sobre como debería ser el otro, y aceptar las diferencias que se producen en los instersticios de las relaciones humanas ya se produzcan en la escuela o fuera de ella.

Inclusión y exclusión en la sociedad

La inclusión y la exclusión son movimientos opuestos que aluden necesariamente a la presencia de otro con la consabida necesidad de ponerle un rostro al desconocido, dejarlo ser desconocido, “levantar la vista” mostrando la dimensión de la altura del Otro, lo que acentúa el misterio de la alteridad. (Levinas, 2001)

Levinas expresa que cada hombre es la huella del Otro, la relación con el Otro es sociedad entre otros, “ser entre otros”, y afirma que “ser entre dos es lo humano, lo espiritual”. Levantar la vista es la visión de la revelación, aquella que exige un esfuerzo y que acentúa el lado oscuro e inaccesible, el misterio de la alteridad, huella del infinito en el rostro del otro. El hombre a partir de la proximidad al otro, del otro y no a partir del conocimiento de si mismo ni de lo Mismo que oculta la alteridad. El rostro del Otro interpela al ser humano en el instante del encuentro y lo sujeta en una responsabilidad infinita hacia él.

Lévinas plantea la necesidad de pensar la política a partir de la responsabilidad por el Otro humano, en un tiempo de la fecundidad responsable de las nuevas generaciones, y afirma que es necesario “ser para el otro, ser para aquello que está después de mi.” La relación con el Otro me pone en cuestión, me vacía de mi mismo descubriéndome en tal modo con recursos siempre nuevos. (Lévinas, 2001 p.58) El Otro pone en cuestión la conciencia, la puesta en cuestión me hace solidario con el otro de una manera incomparable y única, dice Lévinas (2001). Aquí la solidaridad es responsabilidad, nadie puede responder en mi lugar, la responsabilidad vacía al Yo de su egoísmo y lo confirma en su función de sostén del universo.

La alteridad se nos muestra ante la presencia y el descubrimiento del otro. La atención al otro, la respuesta a su llamada, la responsabilidad es lo que nos permite “humanizar la civilidad”. Es en el otro donde también podemos encontrar una salida para “pensar de otro modo” la noción de ciudadanía y el significado de la civilidad.

Hago propios los interrogantes de F. Bárcena y J.C.Mélich: “¿Cabe pensar en una casa que no sea hospitalaria?” Y agrego:¿Cabe pensar en una ciudad o en un país que no sea hospitalario? Ellos también se preguntan “¿No debe ser acaso la ética de la casa, de la ciudad, de nuestras naciones o comunidades de origen y nacimiento, una ética que en su misma raíz ha de tomar el nombre de la hospitalidad? ¿O más bien solo puede ofrecer hospitalidad el que no tiene casa? ¿La persona desplazada que es a la vez hospes y hostis?

 

Inclusión y exclusión en la cultura

El primer requisito cultural es el de la justicia, el establecimiento de un derecho para todos, afirma Freud, en su libro El Malestar en la cultura (1929), y continúa afirmando que la libertad individual no es un bien de la cultura.

Se hace necesario apelar a “lo común” en la dimensión cultural. Al decir de Zerbino (2012, p.82) “lo común,…, es que habitamos un mundo que se caracteriza por la existencia de una red de imperativos contradictorios y banales en los que los hombres no cesan de encerrarse mutuamente.” Y afirma que “lo que para cada cultura es lo común se define a partir de las decisiones, de los modos de tratamiento, de las políticas que se dan con respecto a lo que se considera fuera de lo común.”

En la actualidad somos todos inmigrantes o posibles inmigrantes, estamos todos “deslocalizados”.(Laurent, 2001) En la globalización aparece la “obsesión” por el repliegue sobre las propias diferencias, sobre identidades étnicas, sociales, culturales que configurarían lo común, lo propio y distintivo de cada comunidad de destino. Nuestro mundo se caracteriza por la existencia de una naturaleza humana universal, que sería la occidental, y un presunto derecho a las diferencias y al desarrollo de políticas multiculturales que encubren las intolerancias y la expulsión activa de millones de humanos.

Hannah Arendt (2002) expresa que “La pluralidad humana, el ellos sin rostro del que el si mismo individual se separa para estar solo, se divide en un gran número de unidades, y únicamente en tanto que miembros de tal unidad, esto es, de una comunidad, los hombres están listos para la acción.”

La responsabilidad como dimensión ética

Candioti (2012, p.265) plantea que se torna necesario pensar la comunidad en estrecha vinculación con el ser-con, partiendo de la idea de hospitalidad, y, en esta reflexión entra en juego la responsabilidad, es decir, responder por las consecuencias de sus actos, el “ser responsable” implica una dimensión ética. Vincular el tiempo del Otro conlleva la responsabilidad para sí y para con los demás en el ámbito de un mundo común.

Se es responsable por algo y en relación a alguien, responsabilidad de comparecer ante el otro. El reconocimiento del otro en su singularidad es también el reconocimiento de su derecho a proponer modelos y caminos diversos. La responsabilidad por el otro y ante el otro nos pone en permanente estado de tensión cuando de educación se trata.

La educación tiene que proporcionar las condiciones para la decisión libre, y en esto es necesario plantearse nuevamente la importancia de la transmisión de un legado. La realización individual no es posible sino en relación a otros, desde una cultura, un lenguaje y una historia.

Son necesarias políticas de igualdad, en el sentido de políticas de justicia. La “distribución” del conocimiento y la posibilidad de acceso al mundo de la cultura son necesarias para que cada uno pueda diseñar su vida en libertad.

También se trata de ser responsable ante las nuevas generaciones, abrirse a la novedad, a lo inesperado. Se trata de asumir que tenemos que brindarles a las nuevas generaciones las herramientas y potencialidades para continuar con la transformación de lo real de tal modo que el mundo se torne más habitable, más justo, más humano y menos hostil.

Afirma Arendt (1993) que “La educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina, que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable. También mediante la educación decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y librarlos a sus propios recursos, ni quitarles de las manos la oportunidad de emprender algo nuevo, algo que nosotros no imaginamos, lo bastante como para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar un mundo común”.

Una esperanza, una intención, un deseo y un objetivo común

Tomo las palabras de Arendt para expresar las intenciones hacia un futuro: “Solo en un escenario de pluralidad puede concebirse un accionar humano, es decir en igualdad y distinción entre los hombres. Porque podemos entendernos con los demás somos sus iguales, y porque podemos ser capaces de acción y discurso para llegar a entendernos, somos también distintos. Somos distintos porque podemos expresar nuestra distinción, porque podemos comunicar nuestro yo. Es la acción en estrecha relación al discurso, el modo a través del cual nos insertamos en un mundo común, y esta inserción es como un segundo nacimiento cuyo impulso es el comienzo, la capacidad de comenzar, de iniciar, de poner algo en movimiento.” (Arendt, 1993).

La presencia de otros es fundamental para actuar, pues nuestras acciones impactan en ellos y a ellos se dirigen para mostrar quienes somos. La educación es acción.

Pablo Gentili (2012) plantea que “la educación nos ayuda a vivir juntos porque mediante ella se edifican las razones que nos unen y nos constituyen como comunidad.” Asimismo afirma que: “…poner lo común bajo sospecha ha creado las condiciones para la promoción de políticas de desprestigio y debilitamiento de una de las instituciones fundamentales de todo orden democrático que aspira a sustentarse sobre la igualdad y la justicia social: la escuela pública y el derecho a la educación.”

En tiempos de neoliberalismo se atenta contra la posibilidad de dotar a lo público de un significado democrático, proclamando el desprecio por el otro como precondición para el progreso económico y la conquista de la libertad humana. Es necesario, como afirma Gentili (2012) luchar por el derecho que tenemos a vivir en un mundo donde la justicia y la igualdad sean un patrimonio común y donde la solidaridad y el respeto a la dignidad de todos los seres humanos sean el motor que alimenta nuestro aprendizaje incansable por tornarnos una sociedad cada día mejor.-

Bibliografía citada
  • Arendt, H. (2002) La condición humana. Paidós. Buenos Aires.
  • Bárcena, F. y Mèlich, J.C. (2014) La educación como acontecimiento ético. Natalidad, narración y hospitalidad. Miño y Dávila ediciones. Buenos Aires. Argentina
  • Candioti, M. E. (2012) Responsabilidad por el otro y ante el otro. En: Frigerio y Diker (2012) Educar: posiciones acerca de lo común. Fundación La Hendija. Paraná. Entre Ríos.
  • Frigerio, G. y Diker G. (2012) Educar: posiciones acerca de lo común. Fundación La Hendija. Paraná. Entre Ríos.
  • Gentili, P. (2012) Nada en común. Sobre la pedagogía del desprecio por el otro. En: Frigerio y Diker (2012) Educar: posiciones acerca de lo común. Fundación La Hendija. Paraná. Entre Ríos.
  • Skliar, C. (2017) Pedagogías de las diferencias. Noveduc libros. Buenos Aires. Argentina
Zerbino, M. (2012) Fuera de lo común. Subjetividades extemporáneas. En: Frigerio y Diker (2012) Educar: posiciones acerca de lo común. Fundación La Hendija. Paraná. Entre Ríos.

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