ENSEÑANZAS DESDE BRASIL Y ARGENTINA (Parte 1)

A partir de indagaciones y recopilación de datos de diferentes fuentes, incluso entrevistas in situ, se realiza un análisis sobre la situación social y política en Brasil y Argentina, tomando como referencia el triunfo de la extrema derecha representada por Bolsonaro.

Lic.  Sergio F. González

Profesor en Ciencia Política

Mirar, ver, escuchar, aprender…

El marco social

América del Sur y Central poseen una diversidad cultural notable, desde cuestiones idiomáticas hasta las raíces de los Pueblos Aborígenes de cada región, pero también con las marcadas diferencias en el devenir histórico, entre las cuales, y no es un dato menor, los procesos de intervención colonial y de inculturación juegan un papel determinante.

Eduardo Galeano en sus diferentes obras ha dejado de manifiesto estas “heridas” sociales profundas  con sus continuidades. Quizás es paradigmática “Las venas abiertas de América Latina”, pero también “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. Y tantos otros aportes.

Los movimientos migratorios y el origen de esta migración, las dinámicas sociales de mestización (o segmentación), la influencia europea en sus cuatro grandes versiones: hispana, anglosajona, germana y rusa, los procesos independentistas (o la inexistencia de ellos), la religión en sus dos grandes versiones cristianas occidentales: catolicismo romano, protestantismo calvinista y sucedáneos; el condicionante medular del relieve y el clima; la fortaleza identitaria y cultural de los pueblos originarios, sólo como breve síntesis de categorías de análisis para atender la complejidad del abordaje.

¿Por qué citarlos? Porque son constitutivos de tradiciones que atraviesan hasta la actualidad el entramado social, el sistema de relaciones y el status quo en la cuestión social. Más que hablar de “clases”, que de suyo es una categoría interesante desde una perspectiva marxista o neomarxista, es conveniente incorporar una mirada un tanto más compleja que atienda que ciertas escalas, ciertos axiomas morales trascienden la categoría “clases sociales” para contener diferentes segmento o actores.

Estos constructos, por ser culturales y sostenidos en el tiempo, constituyen una base solida (no monolítica pero muy cercana a ello), y son asumidos como “naturales” por la sociedad, tema ya desarrollado por Antonio Gramsci al hablar de la hegemonía cultural, por supuesto que en este caso atendiendo a las disputas de poder. Todo esto es lo que se conoce como tradición.

Así, una tradición contiene preceptos religiosos (el concepto de lo divino, independientemente del credo), mandatos sociales (lo permitido, querido, deseable), criterios morales (lo bueno – lo malo), posturas ideológicas (liberalismo, conservadurismo, etc.), plexos jurídicos derivados de estas ideologías (constitución, leyes, decretos, reglamentos, etc.), como asimismo otras definiciones que nacen de elaboraciones colectivas el conceptos de la belleza, la vida, el amor, la libertar, etc.

Las tradiciones están sometidas a permanentes tensiones lógicas por la propia irrupción de las generaciones, cada cual con su impronta. La flexibilidad para asumir y aceptar modificaciones es la resultante de muchas variables que se conjugan en un espacio y un tiempo definido, concreto, y dentro de un contexto mayor que invariablemente le da andadura.

Las disrupciones, salvo el caso puntual de Cuba, no registran una continuidad, sino que luego de cierto período temporal van cediendo en su impulso y se retorna a la situación anterior al evento. Esto se puede comprender si se considera que los intentos son la resultante de climas de época que tienen como consecuencia el acceso al gobierno de sectores populares, progresistas o de centro izquierda, pero que en sentido estricto y condiciones habituales representan sectores comunitarios minoritarios, cuyo combustible deviene de crisis o contextos insoportables para el conjunto social. Pasada la anomalía, las sociedades reencausan sus preferencias por aquello que efectivamente representa mayorías ajustadas a las construcciones ideológicas culturales profundamente arraigadas.

Estos vaivenes, estas condiciones de dinámica social, y por ende políticas, transitan por la inconsciencia de la ciudadanía, se dan con cierta  “naturalización social” desde una cosmovisión ya expuesta supra.

Brasil, independientemente de su exterior heterogeneidad cultural e histórica, es una elocuente expresión de lo expuesto, pues indagando profundo se pueden percibir líneas, esquemas de análisis que rebelan continuidades insoslayables.

Entre esas continuidades se puede citar el carácter profundamente religioso de las mayorías, y dentro de esas mayorías parcialidades con fuerte eclecticismo doctrinario fácilmente comprensible atendiendo la multiculturalidad de su composición antropológica, desde cultos africanos hasta el cristianismo en todas sus manifestaciones, pasando incluso por corrientes orientales y emergentes de la New Age.  La construcción identitaria, la influencia que ello ejerce en las dinámicas sociales son inconmensurables, y constituye una cosmovisión donde el análisis, la percepción es binaria: lo sagrado versus lo profano. [1]

Dentro de esas continuidades, la tradición familiar, ergo, la concepción moral del hombre y la sociedad, es otro pilar fundante de la resistencia a las modificaciones, que, aun siendo toleradas por un lapso, prontamente entran en conflicto y buscan canales de expresión, que suelen ser anárquicos y en un abanico importante de formas y métodos, pero que constituyen un sustrato “psicológico” en ebullición. No transcurre por cuestiones racionales desde una perspectiva individual, sino desde la inteligencia de los procesos políticos de masas que abordaremos más adelante.

Esta tradición familiar es particularmente pujante en Latinoamérica, y potencia los procesos de reproducción de “un estado de cosas”.

“…No sólo el sexo y la reproducción biológica y social, sino también las relaciones económicas y políticas, se encuentran imbricadas con la familia, sea ésta nuclear o extendida. Los funcionalistas, en este sentido, la colocaron en el núcleo de la vida social moderna, la vincularon con el individualismo de una sociedad crecientemente compleja, y le acordaron funciones diferenciadas y roles especializados en la reproducción de la “sociedad” (según una división patriarcal entre machos y hembras) (Parsons, 1955)” [2]

Sin importar las escuelas, todas ellas hacen una referencia a la familia como cuestión nodal para la teoría sociológica, y desde la evidencia empírica esto resulta evidente para cualquier ser humano. Ni la negación más taxativa de un sujeto con respecto a su familia lo inhibe de conformarse como sujeto social y político a partir de la influencia concreta de su grupo de vinculación, independientemente de las características propias de esta conformación.

Tironeada, sometida a presiones increíbles, invadida, vapuleada desde hace décadas, o mejor, desde hace siglos, en estos últimos años un factor ha logrado introducir sus garras impiadosas que reducen al ser humano a objeto acrítico, sumiso, maleable, conservador, útil.

De allí derivan una serie de interrogantes, como, por ejemplo, ¿sumiso a qué o a quién?; ¿maleable para qué y para quién?; ¿Quiénes son maleables?; ¿Conservador de qué esquema moral?; ¿Útil en qué, por qué, para qué?

Cada respuesta admite un análisis complejo, y demandaría un nivel de indagación que aquí no se puede abordar por razones lógicas de metodología.  Se plantea a efectos de poner en consideración el universo infinito de variantes que cada concepto desafía a observar, despejando de esa manera posibles lecturas lineales o simplistas. Cada aspecto aquí desarrollado es solamente una introducción que subsume ideas, teorías, posturas, escuelas que abordan cada cuestión en particular y que invitamos a recorrer.

Retomando el planteo, un factor emergente de estas últimas décadas es sin dudas los mass media, cualquiera sea su formato y generalización, pues es cierto que tal o cual plataforma o propuesta técnica y tecnológica adquiere mayor masividad según el modismo, pero desde nuestra perspectiva todas ellas constituyen un solo universo con diferentes manifestaciones y usuarios. En efecto, no es Instagram, Facebook o Twitter (por citar algunas), sino “las redes sociales” en conjunto.

La mal llamada “caja boba” (TV), más correcto será decir “la estructuradora de cabezas”, la radio, Internet son diferentes exponentes de un mismo proceso que comienza en el siglo XX y continúa su expansión en la actualidad. De una u otra forma el impacto sobre el lenguaje, la forma de codificar y decodificar la realidad aparece mediada por lo medios, valga la redundancia, creando “mundos” virtuales teñidos de vivencias. Estos mundos giran en torno a percepciones, y desde allí dos personas mirando una ventana ven tras el vidrio aquello que ha conformado su “cosmovisión”. Para unos, el asesino. Para otros, el justiciero. Según la óptica. Los medios no replican la realidad, la crean.

Esa creación es la que ingresa, generando marcos de hiperinformación que, al decir de Ignacio Ramonet, es la nueva forma de censura. La lógica es sencilla… y apabullante. A cualquier noticia, sin importar su jerarquía, dicha por la mañana, se le superponen infinitas veces otras noticias de variado contenido. El resultado: horas después el suceso ha quedado en el olvido. La excepción la constituye el interés empresario (en estos tiempos eso es lo que prima en la línea editorial) por sostener alguna idea, propuesta, idea que resulte sustantiva. O bien sostener una línea temática. En Argentina y Brasil, por ejemplo, el grupo Clarín y la Red Globo respectivamente, incidieron de forma notable en las elecciones presidenciales instalando y potenciando hasta el infinito el tema de la corrupción y sesgando la información.

La familia recibe esta información sesgada y juzga desde allí. Hasta qué punto y de qué forma ello impacta es muy difícil de mesurar, pero los estudios al respecto son categóricos.[3]

Al televisor encendido durante el almuerzo o la cena le ha sucedido la telefonía móvil, y ello redunda en una modificación sustancial entre los sujetos integrantes del grupo familiar, alterando el lenguaje, los códigos, pero también conceptos elementales como el de autoridad. A la familia le ha surgido una competencia formidable.

Esto modifica la “agenda social”, instalando cuestiones incluso ajenas al propio entorno de la persona, y así, un peón rural vive estresado por la “inseguridad” en las grandes capitales, que solo conoce por imágenes.

El contenido simbólico de instituciones ha sufrido inmensas modificaciones, pero es interesante destacar que lo que instalan los medios es una agenda ad hoc, es decir, aquello de lo que se habla, lo vox populi, no así los criterios profundos que llevan a las personas a definir en tal o cual sentido.

Las noticias sobre femicidios, cuyo abordaje suele buscar el impacto, lo sensacional, no modifican sustantivamente la concepción machista y patriarcal vigente en la sociedad sobre la mujer. Esto no quiere decir que la inteligencia sobre el tema, el debate subyacente no sea relevante. Al contrario. Lo que aquí se plantea como teoría es que la construcción cultural realizada durante siglos de acumulación y reproducción no se modifica por un acto o acción, incluso por intentos culturales implementados durante cierto tiempo. La dinámica social es lenta, sinuosa, asimétrica, desigual, con revoluciones e involuciones. Esta cuestión es central para comprender desde dentro las lógicas inmanentes en cualquier proceso en los que el sujeto central es colectivo: la sociedad.

Otro aspecto convergente con la religiosidad y las construcciones culturales es la cuestión ideológica subyacente, por lo general de forma inconsciente, en la población, entendiendo por ideología una forma de analizar, observar y ver el mundo, a partir de lo cual las personas se mueven en uno u otro sentido. En sentido general la ideología es el conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, una colectividad o una época.

Esto conforma un plexo normativo de carácter social implícito, pero, no obstante, con fortísimas raíces e influencia en las identidades culturales y políticas, que luego actúan como facilitadores o inhibidores de relatos, propuestas, planteos, etc., o sea, algunas frases, eslogan, conceptos resultan “dulces” a los oídos del ciudadano medio, en tanto otras hacen “ruido”, generan incomodidades, inducen al rechazo.

En Brasil, en la campaña electoral de 2018, el candidato presidencial Bolsonaro utilizó como estrategia comunicacional poner de relieve la cuestión religiosa, recuperando la empatía con esta faceta de la población, pero, además, poniendo énfasis en un esquema moral basado en esa religiosidad, atacando por ejemplo la homosexualidad, el feminismo, etc., y por otra parte atacando al candidato del PT Haddad por su propuesta de educación sexual. Se percibe con diafanía que un discurso está en sintonía con la tradición social, con lo establecido, con este código no escrito pero construido y reproducido por siglos, con la ideología “popular”, genera empatía; el otro es disruptivo, provoca incomodidad, invita a salir de la zona de confort, busca modificar el status quo ideológico, y, evidentemente es confrontativo con postulados religiosos conservadores.

El discurso de Bolsonaro está en línea con el continuismo social. El de Haddad no. Esta en “otra onda”. Estas divergencias en los discursos con el paso del tiempo, más algún evento puntual que los potencia, concluyen en una sinergia hacia uno y otro vértice, en especial en procesos de polarización. Esta situación debería ser una poderosa escuela para los movimientos populares y revolucionarios de Latinoamérica. El interrogante es hasta qué punto y en qué medida los espacios, las organizaciones políticas dan cuanta de ello.

[1] Cámera Ademe, María y otra. La religión como una dimensión de la Cultura.

[2] Domingues, José Maurício:  Familia, modernización y teoría sociológica

[3] Bermejo Campos, Blas y otros. Familia y medios de comunicación. Medios de comunicación y familia

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