ENSEÑANZAS DESDE BRASIL Y ARGENTINA (Parte 2)

Mirar, ver, escuchar, aprender…

La cuestión política

Cuando se recorre la historia del Partido de los Trabajadores, uno de los primeros aspectos relevantes es la característica de esa construcción sostenida en los trabajadores, pero, además, con una sintonía creciente en aquella “tendencia social”.

Desde su fundación formal, en 1980, el desarrollo territorial y la consolidación de la presencia política fue cuasi lineal, llegando a abarcar en general todo el electorado de centroizquierda o progresista de Brasil. Pero esta ideología de ruptura con el sistema capitalista conservador, reforma agraria y otros postulados, tenía (tiene) un techo insuficiente para alcanzar la primera magistratura o la consolidación institucional en los grandes estados.

No obstante, los éxitos fueron notables y con una perseverancia y unidad inédita para las izquierdas Latinoamericanas, siempre en tensiones que derivan en divisiones. El PT, sin dudas, era la expresión genuina de la centroizquierda. Hecha esta afirmación, también es certero indicar que el mismo PT jamás se concibió como un partido revolucionario, cuestión totalmente comprobada en las palabras del propio Luis Ignacio “Lula” Da Silva. ¿Podríamos comparar el proceso del PT con el del peronismo en Argentina? Si bien existen algunos puntos de encuentro en cuanto a las concepciones de los grandes lineamientos de las políticas sociales, las diferencias son enormes desde todo punto de vista, aún cuando el resultado fuera la emergencia de un líder carismático y popular en ambos casos.

Por otra parte, la construcción incluye una “nueva forma de ver y entender la acción política” y también su organización, alejada de las viejas estructuras de los partidos tradicionales manejadas y digitadas por “dirigentes”. El PT poseía una intensa vida política centrada en el debate y representación de bases.

Las conducciones fueron el resultado de estas interacciones, no impuestas, sino conquistadas y democráticamente elegidas. El prestigio iba in crescendo.

Hay otro aspecto que pudiera pasar inadvertido, pero que sutilmente adquiere una enorme relevancia: el sustento de la militancia en la construcción del PT.

¿Por qué? Porque la base política y organizacional puede sustentarse en muchos factores, y en este caso la consolidación de cuadros políticos y militantes accionando a partir de convicciones y objetivos claros dentro de un proyecto de mediano y largo plazo. Esto no quiere decir bajo ningún punto de vista que ese proyecto estuviera delineado en todas sus dimensiones. Al contrario, consiste más que nada en una idea, en una propuesta que pone en discusión la Justicia Social.

Siendo claros: la militancia del PT no se sostenía en el aparato de gobierno estatal, sino en el compromiso vital y la convicción.

Pero el crecimiento genuino y desde las bases de todo el proceso fue mutando al llegar al poder de gobierno, donde todo el sistema “se aburguesó”, con esto queremos decir que atendiendo las cuestiones de la gestión política y administrativa se descuidaron aspectos sustantivos, aquellos que llevaron al PT a ganar las elecciones.

No existen dudas que los gobiernos de Lula marcaron un quiebre estructural importante para Brasil, especialmente en la distribución de la riqueza y el acceso de los sectores más desposeídos a la educación en todas sus instancias. Deseo remarcar que son acciones de gobierno.

Pero el ejercicio del poder gubernamental, además con las proporciones de un país que es potencia mundial, posee riesgos importantes donde, entre otras cuestiones, se pone a prueba la “calidad” de los funcionarios. Y aquí hubo muchas (demasiadas) falencias que llevaron en el devenir a decenas de casos de enriquecimiento ilícitos o bien de olvidos de la esencia de por qué el PT quería el poder.

Y aquella esencia fue en muchos aspectos olvidada también en la construcción del poder de las bases. El PT no se constituyó en un partido fortalecido desde abajo, sino en la figura emblemática de su líder indiscutido. Si algo quedó claro en las últimas elecciones es que los votos no eran del PT ni de una posición político ideológico, sino de Lula. Quitado éste de la contienda, no existía posibilidad alguna de triunfo electoral. El PT se había transformado en un partido de gobierno debilitando su base electoral y la estructura sustantiva de su existencia.

En política la historia una y otra vez ha demostrado que cuando el poder se estructura a partir del gobierno, cuando las bases no están allí por absoluta convicción y formación, en cuanto se quita este soporte exterior (y casi siempre económico), este poder ficticio o aparente desaparece. En Argentina los ejemplos sobran, con organizaciones gigantescas pero dependientes de los recursos estatales. En cuanto se eliminaron estos recursos esas organizaciones quedaron escuálidas o directamente desaparecieron, cuando no tranzaron con el poder de turno para mantener sus estatus quo.

Ello debería ser una gran enseñanza para muchos espacios políticos y líderes o dirigentes. Al menos si pretenden construir organizaciones políticas superadoras y en su caso verdaderamente revolucionarias: no existe poder verdadero si no se construye desde las bases y con formación de cuadros.

El descuido de las bases, la discontinuidad de la formación política de cuadros, la desviación ideológica producida a partir de necesidades electorales y el sincretismo resultante de ello, la crisis económica mundial que puso en una meseta el crecimiento y el desarrollo, los cada vez más notorios casos de corrupción, la puesta en marcha de un fenomenal aparato mediático de deformación, magnificación de escándalos, desinformación y construcción de sentidos, la alteración de las subjetividades, generaron el marco propicio para que las vetustas estructuras políticas y judiciales (que permanecieron inalterables durante todos los gobiernos del PT) pergeñaran el golpe contra Dilma. Nótese que la destitución escandalosa de Dilma no tuvo una reacción popular contundente, independientemente de las movilizaciones que a vista pudieran parecer importantes, pero que en relación a la apatía generalizada de la población resultaron insuficientes.

Y el otro aspecto importante es que el Golpe fue avalado por el vicepresidente del Brasil. Es la naturaleza del escorpión, pero también de trasfondo de haber realizado un armado con fines meramente electorales y con espacios políticos cuya ideología colisiona fuertemente con las del PT.

El resultado ya es conocido, pero la dimensión que me interesa resaltar es que una vez producido el golpe jurídico político institucional, el poder del PT se derrumbó de una manera estrepitosa. El resultado de las últimas elecciones es contundente al respecto.

Mucho se ha discutido y cuestionado la actitud de la derecha y el conservadurismo para recuperar el poder por la vía de un Golpe. Me da la impresión que no se termina de comprender que, en la política, en las disputas de poder cada sector, cada espacio, jugará las cartas que posee y mediadas solamente por la dimensión ético moral de sus propias cosmovisiones. El golpe es una aberración sólo para una parte de la población y por ende de las construcciones políticas, para otras es solamente una herramienta más… y que muchas veces cuenta con consenso social.

Aún resistida, la postura de Smith al respecto debe ser considerada: la guerra es la continuidad de la política por otros medios. Y para la derecha conservadora todos los medios son lícitos. La incomprensión de esta condición lleva a posiciones y acciones ingenuas. Como dice un viejo militante comunista: si le diste un golpe al león y lo desmayaste, pero lo dejas vivo y le acaricias el hocico, es cuestión de tiempo que despierte y te mate. La derecha conservadora despertó… y mató.

La otra idea que parece interesante recuperar es que ideológicamente el pueblo brasileño no tiene  claridad por dónde ir, sino que responde a los climas de época, a las coyunturas, a las emergencias y los humores sociales, pero atravesado por los condicionantes sociales como la tradición. Citamos Brasil como bien podría ser España, Gran Bretaña u otro país cualquiera. La claridad conceptual e ideológica no es una realidad masiva en casi ningún lugar del planeta, en especial dentro del mundo capitalista.

Más que ideología, como se expusiera supra, se siguen cosmovisiones, tradiciones, constructos morales y de sentido. Observado desde allí se puede comprender la empatía de un explotado con los explotadores. A muchos trabajadores brasileños les cae “simpático” y “afín” Bolsonaro, pues el punto d encuentro está anclado en la tradición y la dimensión religiosa de su discurso y sus posturas. Eso comentaba Adelmar mientras me trasladaba a la universidad. Él se sentía representado porque me decía “es un degeneramiento no querido por Dios que se casen entre hombres”.

La subestimación de la potencia del discurso y la sintonía con las tradiciones es un mal recurrente de los progresismos o las centroizquierdas Latinoamericanas propensas a la barricada y la propaganda disruptiva de sus propuestas. No se juzga aquí el contenido o las intenciones, sino la efectividad en torno a la competencia electoral y la construcción de poder popular real y consensual.

Como contrapartida, la sobre estimación de la comprensión popular de los procesos emancipadores per se. Basta un viento en contra para que las mejoras económicas en la calidad de vida pasen rápidamente a un segundo plano. ¿La causa? El no trabajo con las bases y el abandono de la formación de cuadros que organicen y movilicen la sociedad civil. No existe posibilidad alguna de enfrentar el poder real de la derecha económica y financiera sin un trabajo sostenido, permanente, profundo y planificado de formación del sujeto político y la estructuración del poder popular. Esto, obviamente, es mucho más que acuerdo de dirigentes o la tecnoburocracia en la que suelen caer los partidos en uso del poder gubernamental. En su última etapa como presidenta, Cristina Fenández citó recurrentemente la idea de empoderamiento. En la actualidad reincide en la temática, pero los dirigentes parecen más entretenidos en disputar espacios de poder que en el empoderamiento popular. Ese empoderamiento, obviamente, es inalcanzable si se pretende lograr con megaeventos.

En Brasil millones de personas salieron de la pobreza, cientos de miles accedieron a la educación superior, consiguieron vivienda o tierras, pero… no se modificaron las bases fundantes de la sociedad. En la Argentina el proceso fue muy similar. No basta con la mejora económica sin un trabajo de transformación política y cultural, entre las cuales, por supuesto, se encuentra la necesidad de cambiar incluso marcos jurídicos e instituciones.

Dirían los más jóvenes, uno quiere volver a la zona de confort, por eso ante propuestas vanguardistas las respuestas suelen ser de resistencia. Todas las personas buscamos ciertas seguridades. ¿Por qué habría de aceptarse alegremente un cambio de paradigma? El célebre dicho popular “más vale malo conocido que bueno por conocer” adquiere así toda su profundidad conceptual.

En Brasil al igual que en Argentina estos aspectos no fueron considerados en toda su amplitud e importancia, y los gobiernos avanzaron en reformas de lo ya instituido, pero sin modificar las raíces ocultas en la cultura del pueblo. Se subestimó la derecha conservadora y se sobre estimó la lectura política del ciudadano común.

La dirigencia política se olvidó que lo político no es solamente acuerdos de escritorio, la firma de documentos o repartirse cargos en las listas electivas. Y en muchos casos la percepción era que con medidas de gobierno populares se garantizaba el proceso. La realidad ha dado una lección que debería atenderse.

Hay una evidente responsabilidad política del PT y de los sectores progresistas en el triunfo de la extrema derecha, y aceptarlo es el inicio para una reconstrucción verdadera y genuina. La llegada de Bolsonaro al poder no es sólo fruto de la eficacia de una aparato publicitario o de marketing, sino también de las defecciones del PT, entre las cuales se encuentra la selección y designación de funcionarios o haber descuidado la comunicación, el debate, el encuentro con las bases. ¿No será igual en Argentina?

En Brasil ganó un candidato sin base política partidaria. Xenófobo. Conservador. Golpista. Retrógrado. Religioso. Militar. Duro. Antipolítico y antisocialista. Supuestamente defensor de un orden moral tradicional. Opositor a los derechos de los colectivos minoritarios. Fascista. Machista. Homofóbico ¿En qué medida representa eso al ciudadano medio brasileño? Es una buena pregunta que debería ser respondida con estudios serios y completos. Voy a arriesgar una respuesta basado en las entrevistas que hice en mi paso por Brasil y con las limitaciones de analizar desde una sola ciudad (Recife – Pernambuco): la concordancia es importante. Que se comprenda bien: no estoy aseverando que los ciudadanos brasileños adscriben a todas las características mencionadas arriba, sino que acuerdan con alguna de ellas, muchas veces sin su plena conciencia o de forma solapada. Pero están ahí.

En Argentina, previo al proceso eleccionario se visualiza que hay un grupo de dirigentes muy importante preocupado por las alianzas electorales, con cierto convencimiento de que la crisis económica y el aumento de la desocupación como el desmejoramiento general de las condiciones de vida son tan importantes que posibilitan el triunfo de la oposición, centrada básicamente en la figura indiscutible de Cristina Fernández. Atendiendo a lo acontecido en Brasil, esto es un gravísimo error. En principio porque cualquier acto eleccionario está atravesado por múltiples dimensiones y eventualidades, entre las que destacan el marketing político y la sintonía con del discurso con el sentido común construido de las mayorías. Mismo error cometido en las elecciones de 2015.

Si existe una seguridad para las próximas elecciones, es que nada es seguro y cualquier detalle, por nimio que parezca, puede resultar  determinante, en especial los días o semanas previos. El clima social, la cuestión psicológica del poder no es un dato menor. Así llegó Kirchner al gobierno en 2003, previa demonización de Menem. Salvo que uno se quiera engañar pensando otras opciones más románticas, pero poco realistas.

El segundo gran problema es tratar de analizar la construcción y la situación desde un lugar geopolíticamente concentrado en Buenos Aires y el Gran Buenos Aires, con los micro climas allí generados y uniformando parámetros que nada tienen que ver con otros espacios geográficos del resto del país. Así no es lo mismo Corrientes que Entre Ríos, y dentro de Entre Ríos no es lo mismo un departamento que otro. La situación es muy compleja, diversa y no visualizar esta condición es de un riesgo extremo.

La cuestión política no puede reducirse a recibir directivas desde el centralismo porteño o bonaerense y replicar sin más. Mucho menos detenerse solamente en una figura emblemática, en especial cuando se debe enfrentar un feroz y potente aparato jurídico mediático y una marca ya instalada como lo es Cambiemos.

Puede gustar o no, como se dijo anteriormente, pero en política cada uno utiliza las cartas que tiene para jugar. En este caso la derecha utiliza el marketing político en el que son maestros y la recurrencia a lo más primitivo de las personas, exacerbando los sentimientos y las diferencias, presentando todo en clave binaria: pasado- futuro; decencia – corrupción; etc.

Y ese poder juega también generando enfrentamientos internos en la misma oposición, de manera que llegue fragmentada y con ello dividir votos. Es muy evidente y los dirigentes que no lo entienden no están a la altura, o bien tienen otro tipo de intereses. En muchas actitudes y posturas parece que el enemigo no está del todo claro.

La construcción de la opción no hunde sus raíces en las bases, no construye desde abajo, no se ha puesto en sintonía con el pueblo que dice o quiere representar. Sería una buena estrategia ir por los barrios, escuchar, dialogar con las personas, analizar sus inquietudes y perspectivas, comprenderlos. Aquí no estamos hablando, obviamente, de llegar para proponer una obra o una mejora diseñada “desde arriba”, sino la organización popular desde las bases y con la formación de cuadros del propio barrio, no impuestos desde fuera. Es imprescindible que la propuesta parta del convencimiento y “desde abajo”.

¿Ello implica anarquía? Bajo ningún punto de vista. Cualquier organización, por elemental y simple que sea, necesita conducción. El problema es la forma, las características de la conducción. Y aquí se vislumbran muchos inconvenientes reales, ya que muchos subidos a laureles o creencias pasadas asumen posturas rayanas con la soberbia y el autoritarismo. “Yo fui tal o cual cosa y por eso me tienen que respetar. Y no le debo rendir cuentas a nadie”. Error. Cuanto más arriba mayor rendición de cuentas a los de abajo. Es tan perjudicial esto como el fanatismo que reduce e inhibe el debate intenso y de contenidos, vaciando las organizaciones de densidad democrática. Esto es particularmente grave cuando de instituciones políticas se trata.

Si los espacios y las propuestas políticas están concentradas en dos o tres personas o grupos que desde un lugar deciden y definen todo ignorando las complejidades y el resto solamente debe obedecer, se pueden ganar elecciones, incluso se puede hacer una buena gestión administrativa de gobierno, pero jamás una construcción política sólida y democrática. La debilidad de este tipo de construcciones es sorprendente y se potencia cuando la propuesta política no es un proyecto, sino una persona en torno a la cual se desarrollará una idea, y quedó palmariamente demostrado en Brasil con la prisión de Lula.

La cuestión de la construcción de poder político tiene en Brasil y Argentina muchos datos, antecedentes, experiencias que ponen en perspectiva caminos engañosos, rutas asfaltadas que conducen al mismo resultado cíclico, procesos aparentemente democráticos, intentos supuestamente liberadores, etc., pero en realidad desnudan la falta de una construcción compleja, donde concurre lo de arriba (dirigencia) con lo de abajo (cuadros políticos) en un diá – logo abierto y sin censuras. Estoy hablando de un proceso de democratización del poder empoderando las bases, que sería la respuesta a las transformaciones estructurales necesarias y sostenibles en el tiempo.

En Brasil con el PT, como en Argentina con el Peronismo (en su primera versión) hubo mejoras en la calidad y cantidad de derechos sociales y económicos de las personas, en especial de los trabajadores, que luego han sido incorporados como importantes, pero en términos sociológicos, no políticos. Tal desarrollo no tuvo un correlato en la constitución de sujetos políticos empoderados y conscientes de los procesos históricos subyacentes. Esta pata de la construcción es el desafío nunca superado y suplido con líderes carismáticos, llámese Lula en Brasil o Perón en Argentina.

En este sentido, la participación de dirigentes de base y la conformación de espacios plurales donde interactúan organizaciones sociales, culturales, sindicales, económicas y políticas es vital, y la cercanía también. Esto es así por las dinámicas propias de cada territorio, y como consecuencia juegan un rol trascendente figuras como los intendentes y los gobernadores (en ese orden).

La herramienta para poder concretar esta estrategia es la elaboración de un programa de gobierno con la pretensión de transformarse en política de estado con la concurrencia de todos los sectores de la vida estatal. Ese programa se debe basar, además, en una serie de puntos nodales innegociables y que marcarían el sentido y el contenido central de la propuesta.

Brasil dejó en claro que las alianzas electorales diseñadas con el sólo objetivo de ganar elecciones cuando ya se está en el poder del gobierno es de corto alcance y una fragilidad extrema. Maquiavelo lo predijo hace ya siglos.

El contexto actual donde se es oposición cambia en ciertos aspectos las reglas de juego ya que lo primordial es derrotar al enemigo neoliberal, y esto debe ser el meridiano que separa aguas. No hay posibilidad alguna de avanzar en un proyecto político importante con la derecha en el poder. Por lo que se plantea un doble desafío: construir una herramienta y estrategia electoral ganadora a la vez que estratégicamente se van desarrollando las condiciones para la consolidación de una propuesta de transformaciones estructurales de mediano y largo plazo. Y ello no admite ingenuidades: el poder se ejerce o se vuelve en contra.

Aquí ingresamos en otro debate trascendente: el ejercicio del poder: cómo, con qué y con quienes. Si la idea es un poder centralizado, personalizado y monolítico, esa definición implica en si misma el fracaso en el largo plazo.

Si la definición admite lo colectivo, el empoderamiento (real no en el discurso), se consolida y construye desde abajo, hace su muralla en la conciencia popular, entonces se puede soñar con aquello que denominamos revolución y donde habría que mirar muy bien el proceso cubano, pero no idealizándolo, sino como escuela con sus más y sus menos, pero proceso genuino y sostenido en el tiempo.

Brasil ha sido una cachetada para todo el arco progresista Latinoamericano, un llamado de atención y tengo mis dudas que en lo mediato esta situación vaya a cambiar. Dadas las condiciones me parece que hay Bolsonarismo por dos períodos por lo menos. Sería lógico atendiendo los procesos políticos según lo indica la historia.

Pero también lo fue el triunfo de Macri en la Argentina. Independientemente de la estafa electoral y las mentiras, el macrismo neoliberal ha sido ratificado en 2017. Y esto podría repetirse en 2019 si la oposición no logra sintonizar la misma frecuencia que las mayorías. Hoy parece que no se ha logrado y en todo caso ciertos crecimientos tienen más que ver con las consecuencias de las políticas económicas de Cambiemos que como fruto de las propuestas opositoras.

Hace falta más que un discurso o un candidato. Mucho más que vivir marcando y acusando a los electores de Macri. Y mucho más debate sin fanatismos ni personalismos. En especial cuando los debates son apariencias y no de fondo, o bien cuando se presenta como antítesis lo idéntico.

¿Será capaz esta sociedad del siglo XXI de retomar el humanismo y construir alternativas viables, ecológicas, democráticas, superadoras, estables y en síntesis, revolucionarias?

Hay capacidades y condiciones para hacerlo, solo falta la voluntad de poner por delante lo importante y dejar de lado aquello que en el largo plazo es absolutamente superfluo.

Como en una receta de cocina, pueden estar todos los ingredientes, pero es imprescindible saber cómo, en qué medida y cuando mezclarlos, pero tanto en Brasil como en Argentina, cualquier receta debe, invariablemente, contar con el condimento y la sal de las bases. Lo demás, aunque tenga mucha espuma, es apariencia finita e insustancial.

Lic. Sergio F. González

Profesor en Ciencia Política