¿Resistir con aguante o salir de la grieta? Interrogantes estético-políticos para una contienda electoral

Por Pablo Martín Méndez*

En nuestros años jóvenes veneramos y despreciamos careciendo aún de aquel arte de la nuance [matiz] que constituye el mejor beneficio de la vida, y, como es justo, tenemos que expiar duramente el haber asaltado de ese modo con un sí y un no a personas y cosas. 

Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal

 

El título de la presente nota plantea más un interrogante que una simple dicotomía. En vistas a la contienda electoral que atravesaremos este año en Argentina, ¿podemos manejarnos con el mapa de opciones políticas hoy día vigente? Con esta pregunta no sólo me refiero a las alternativas Cambiemos-kirchnerismo, sino además a la idea de que los argentinos debemos salir por fin de la famosa “grieta” y transitar la ancha avenida del medio. A continuación, propongo hacer la prueba, y nada más que la prueba, de pensar un poco más allá de esas opciones. La sospecha que me guía es que no alcanza con mantener la grieta ni tampoco con salir de ella; en todo caso, habría que tomarse el trabajo de agrietar la misma grieta hasta el punto mismo de multiplicarla y reconfigurarla casi completamente.

Lo que voy a decir parte de un fastidio no sólo intelectual, sino también estético-político ante la llamada grieta, palabra tan utilizada como banalizada en estos últimos tiempos. No es que pretenda negar o rehuir al conflicto; todo lo contrario, ¿por qué llamar así a las complejas conflictividades del mundo contemporáneo? Creer que una sociedad, una región o un pueblo se encuentran divididos por una grieta es reducir enormemente la multiplicidad de divisiones que nos constituyen e incluso nos atraviesan por dentro.

 

Estamos atravesamos por divisiones y diferencias que no siempre pueden agruparse o subsumirse entre sí. ¿Quién no ha escuchado discursos marcadamente progresistas, pero a la vez machistas o paternalistas?; ¿quién no ha conversado con gente que por un lado destila ideas reaccionarias o conservadoras y que, por el otro, desarrolla una admirable insubordinación ante los mandatos de la moda, la medicina, la farmacología y otras tantas formas de injerencia de los poderes en nuestros cuerpos? Los puntos de oposición están ahí, dispersos entre la gente, aunque no siempre es sencillo verlos y menos todavía reunirlos en un proyecto común.

Desde hace varios siglos, al menos desde Platón en adelante, se dice que la política es un “arte”. Si así lo fuere, entonces la política de la actualidad tiene la ardua tarea de visibilizar y articular las innumerables disconformidades respecto al orden de cosas imperante. Sin duda una tarea nada sencilla, pues no sólo requiere de la capacidad argumentativa, sino además de una estética y una sensibilidad. Hay que desarrollar el arte de sensibilizar a la población sobre la importancia y la urgencia de determinadas cuestiones sociales, culturales, éticas y ambientales. Para el caso de Argentina, y quizá también para gran parte del mundo, sólo los movimientos feministas han logrado avanzar en tan difícil tarea. Aquí me limitaré a brindar algunas breves reflexiones de cara al escenario electoral que se abrirá en los próximos meses y que, muy posiblemente, se decodifique casi exclusivamente en los términos de la grieta ya conocida y repetida hasta el hastío.

¿No hay un punto en que esa grieta, reducida al binomio “¿Cambiemos-kirchnerismo”, resulta contraproducente para las fuerzas políticas y sociales que se oponen al actual gobierno? ¿Se puede ganar una contienda electoral dicotomizando la disconformidad y el malestar producido por la crisis económica? ¿Existe una sola forma de oponerse a las políticas de ajuste? ¿Dónde estaría entonces la línea de división, o también –y lo que es quizá más importante– los posibles puntos de articulación entre las fuerzas opuestas?

Hoy se habla mucho sobre las eventuales alianzas entre distintos dirigentes y líderes políticos, perdiendo a veces de vista un sustrato más oscuro y profundo como es el régimen de pasiones y sensibilidades que nos gobierna. En lugar de construir la oposición de arriba hacia abajo, habría que hacer la prueba de construirla de abajo hacia arriba, o congeniar de una manera novedosa el abajo con el arriba, la “micropolítica” con la “macropolítica”, articulando las diversas disconformidades existentes con una dirigencia dedicada a hacer algo más que dirigir. En efecto, ¿cómo articular una dimensión y otra sin un proyecto de sociedad no sólo coherente y consistente, sino además lo suficientemente atractivo como para sensibilizar a una parte mayoritaria de la población? Para eso hace falta mucho arte, es decir, hace falta política.

La miseria de las dicotomías

Por lo pronto, no ve las múltiples expresiones de disconformidad, y menos aún los potenciales puntos de oposición, quien evalúa todo en términos de grieta. Esta expresión tan corriente denota una lógica dicotómica de pensamiento; es propia de aquellas mentalidades que dividen las cosas en forma tajante y contundente, como si todo fuese blanco o negro, los buenos y los malos, ellos o nosotros. Pero no hay que negarlo, a veces la grieta tiene efectos políticamente útiles: permite identificar ciertos límites en principio innegociables; sirve para visibilizar las injusticias y las asimetrías de poder; otorga un sentido a la historia. Aunque a veces puede suceder lo contrario, sobre todo allí donde no asoma ningún proyecto político de fondo. Sin el lenguaje y las sensibilidades de un proyecto político, la grieta nos lleva a descifrar la realidad de una manera bastante simplona y apresurada. Decir, por ejemplo, que todos los problemas económicos de este país comienzan a partir del 10 de diciembre del 2015 es dar cuenta de un grado muy bajo de pensamiento político; tanto como creer, por otro lado, que todo lo malo se debe a una “pesada herencia”. Las dicotomías no ven los matices de la realidad, ni las desviaciones, ni las zonas grises por donde transcurre una parte importante de la historia.

Hay una lección que la reflexión política no debería pasar por alto, y es que la realidad no siempre resulta tan lineal o dicotómica como suponemos. Ahora vemos –o volvemos a ver– que los sectores populares pueden votar programas de gobierno que a priori creíamos impopulares. Vemos que “lo popular” es mucho más complejo, heterogéneo y contradictorio de lo que parece. Vemos también que algunos valores económicos –como el emprendedorismo, la autoinnovación, la flexibilización, etcétera–, pueden calar muy hondo en la sociedad, y vemos las trampas de todo eso. Pero de ahí a decir sin más que las masas fueron engañadas y manipuladas por unos oscuros poderes, sean los medios locales, los monopolios comerciales, las finanzas internacionales o todo eso junto, pues bien: ahí no sólo hay un error conceptual, sino también estratégico.

Ese error estratégico está relacionado con un argumento que se repite conforme avanzamos hacia las próximas elecciones y que consiste en decir que, para votar bien, sólo hace falta “mirar la heladera”, como si el votante de hoy día pensase únicamente en términos económicos, sin otras convicciones y valores más elevados que aquellos dictados por el bolsillo. Lo curioso de todo esto es que las “teorías de la elección racional”, difundidas desde ciertas usinas de pensamiento estadounidenses identificadas habitualmente con la derecha, parecen colonizar los argumentos de la izquierda y del progresismo. Hay por supuesto quienes buscan dar una vuelta a esta clase de argumentos, intentando explicar comportamientos percibidos en principio como irracionales. Así de dice que el votante puede ir perfectamente contra de sus propios intereses y optar por un gobierno impopular, aunque tal decisión no obedecería a ninguna convicción ni valor legítimo, sino más bien a un odio apasionado, un instinto reaccionario y, en el límite de todo, a un profundo deseo de fascismo. La conclusión es sencilla: o se está de este lado de la grieta, o se es fascista, repitiendo sin quizá saberlo el mismo mapa de opciones que planteaban los primeros neoliberales tras la Segunda Guerra Mundial. Para economistas como Hayek y otros neoliberales de mediados del siglo XX, o se estaba a favor del libre mercado o se era fascista, sin considerar alternativas tales como el socialismo, el comunismo, el New Deal de Roosevelt o los populismos latinoamericanos. Esto equivale a decir que existe una sola y verdadera opción, oscureciendo cualquier matiz o distinción posible.

 

Pero más allá de esta notable linealidad argumentativa, convendría reparar en los efectos de una estrategia semejante. ¿Qué ganamos con acusar al otro, al que no piensa ni vota como nosotros, de estar manipulado o ser un fascista medianamente convencido? Esa creencia quizá pueda reconfortarnos a nosotros mismos, quizá también nos permita mantener la conciencia limpia de toda culpa o complicidad, ¿pero cuánto más aporta a la construcción de una alternativa al actual gobierno y sus políticas de ajuste? Hay un punto en que los argumentos pierden muchos de los efectos buscados, no llegando nunca donde tienen que llegar. O todavía peor: en vez de interpelar al otro, mostrándole diferentes alternativas o realidades posibles, esos argumentos terminan generando el resentimiento y el endurecimiento de las posiciones ya dadas. Es precisamente ahí donde la grieta deja de tener utilidad política y se torna contraproducente, y donde también se hace necesario pensar desde los matices, sin que esto implique mover un ápice de las propias convicciones.

Una verdad, muchas verdades

En lugar de creer que del otro lado no hay ninguna verdad, sino manipulación, intereses mezquinos y cosas así, se podría hacer la prueba de pensar en una verdad “no universalizable”, una verdad propia o singular que a su vez puede existir junto a otras verdades igualmente singulares. Esto se relaciona con un fenómeno al cual nos venimos acostumbrando desde hace varios años, y es la idea de que hay varias versiones o interpretaciones de la realidad. “No hay hechos, hay interpretaciones”, decía Friedrich Nietzsche hace casi un siglo y medio. Hoy la Argentina parece experimentar tal idea con toda crudeza y a flor de piel. Donde algunos vemos represión a mansalva, otros ven ejercicio legítimo de la democracia y defensa de las instituciones. Donde muchos ven exclusión y pobreza, otros ven el duro camino hacia la verdad que imponen las leyes económicas. Al menos a mi entender, más que de la famosa “posverdad”, se trata de una batalla irresoluble de verdades e interpretaciones que no terminan de dominarse entre sí.

Existen no obstante ciertas verdades que son o deberían ser completamente innegociables. Hablamos de aquellas verdades relacionadas con la igualdad entre hombres y mujeres, con la lucha contra la explotación de los pueblos históricamente sometidos por imperios y potencias, o con la denuncia y visibilización de la exclusión y la segregación. Para el caso particular de América Latina, hablamos también del juicio y castigo a los participantes y cómplices de las dictaduras cívico-militares, de la necesidad de frenar el saqueo de nuestros recursos naturales, de la lucha contra la opresión sistemática a los pueblos originarios y otras tantas verdades que deberían defenderse sin hacer concesión alguna. No es posible negociar, ni dialogar ni llegar a nada con quienes nieguen esas verdades en forma abierta y con toda convicción. Allí se juegan intereses, posiciones y actitudes que conviene dejar al margen, es decir, al otro lado de la grieta.

Ahora bien, lo interesante es cuando algunos reconocen los “límites” de su propia verdad. Hay quienes reconocen estar peor que antes, quienes sufren las políticas más intolerables en carne propia, pero que aun así apoyan al actual gobierno, porque suponen que esta es la única alternativa posible (¿no es esto una extraña forma de encarnar una verdad?). Hay también quienes soportamos cortes de calle, quienes durante los años kirchneristas toleramos la inflación, el cepo al dólar, etcétera, porque suponíamos que las luchas colectivas y los procesos políticos son más importantes que nuestra situación individual (¿no es esta otra forma de encarnar una verdad?).

 

Para bien y para mal, la actualidad argentina y sudamericana está desarrollando una nueva forma de (in)sensibilidad social y política. En efecto, desde hace varios años, la gente parece adquirir una piel cada vez más dura, casi un caparazón, como si se estuviese preparando para soportar lo peor. Soportamos la violencia, la desigualdad, la explotación; aguantamos al desempleo, el tarifazo, la inflación; nos acostumbramos a la precarización laboral y habitacional, y quién sabe cuántas cosas más seríamos capaces de tolerar con tal de conservar ciertas condiciones de vida de por sí deterioradas. La pregunta, en todo caso, es al servicio de qué está puesta toda esa capacidad de tolerancia.

Interpelar la verdad del otro     

En un escenario electoral tan complejo como el que se avecina, hay que evitar tanto como sea posible la tentación de simplificar y dicotomizar las cosas. No basta con argumentar en base a los datos duros de la realidad, mostrando por ejemplo cómo las políticas de este gobierno han aumentado la pobreza, el desempleo y el endeudamiento externo, a la par que se reduce el poder adquisitivo de los salarios y la calidad de vida de una parte mayoritaria de la población. Todo esto puede ser muy cierto, pero su visibilización tiene pocos efectos mientras no se desplieguen y pongan en discusión las verdades que legitiman esos hechos y que incluso los tornan tolerables. ¿Cómo es posible que algunos toleren lo que a nosotros nos resulta intolerable? ¿Qué clase de verdades encarnadas no sólo en la mente, sino además en la propia piel, hace que una gran parte de la población soporte un ajuste aparentemente descarnado?

Pero aquí tampoco alcanza con hacer notar el inmenso poder que tienen los medios sobre nuestras conciencias. La gente no es un molde vacío sobre el cual los medios de comunicación vienen a volcar ciertos contenidos. Entre los medios y la población se teje una sensibilidad común, un modo de decodificar e interpretar la realidad cuyo origen no es unidireccional, sino que precede desde innumerables puntos, incluyendo las condiciones materiales de vida, la alta conflictividad generada por el capitalismo contemporáneo, además de la historia particular que arrastra nuestro país. Esa sensibilidad no es necesariamente fascista, aunque podría terminar siéndolo en el trascurso de una simple discusión. Cuando discutimos con familiares, amigos o compañeros de trabajo que a nuestro parecer están ubicados al otro lado de la grieta –ya sea por tener un discurso punitivista al estilo Bolsonaro o por priorizar la seguridad individual frente a otros valores–, ¿qué respuesta obtenemos al acusarlos de fascistas si no la contra-acusación de “zurdito de m…”? En ese preciso momento, queriéndolo o no, estamos convirtiendo al otro en fascista, o sacando al menos su peor parte. No sólo es cuestión de tener la razón, también es cuestión de tacto…

Dejando de lado la mayor parte de la dirigencia política argentina, que raramente propone algo nuevo en estos tiempos, cabría pensar en la posibilidad de ejercer una “micromilitancia” capaz de sensibilizar al otro sobre las contradicciones internas de las políticas pro-mercado y la necesidad de alcanzar una sociedad más justa e igualitaria. Obviamente, no existe manual que contenga las acciones a seguir, puesto que las estrategias son diversas y se van trazando sobre la marcha, aunque sí hay más de una experiencia histórica que puede servir de enseñanza. Basta mirar el modo en que el feminismo ha sensibilizado a una gran parte de la población sobre las diferencias de género, y no sólo con argumentos bien concisos, sino además con toda una estética y puesta en escena. Basta mirar también cómo años atrás, durante la década kirchnerista, se supo sensibilizar a las nuevas generaciones sobre el horror de la última dictadura cívico-miliar. Y las experiencias siguen… ¿O acaso el primer peronismo no logró sensibilizar a los trabajadores sobre su dignidad y sus derechos?, ¿y no han sido los economistas neoliberales quienes nos vienen sensibilizando desde hace años y años sobre las virtudes de la desregulación económica, la privatización de las empresas estatales y la flexibilización laboral entre otras tantas políticas antaño impensables?

Como dije al comienzo de esta nota, los puntos de oposición y de cambio están ahí, dispersos entre la gente, aunque para articularlos en un proyecto común hace falta mucho tacto y arte político.

* Doctor en Filosofía por la Universidad Nacional de Lanús (UNLa). Licenciado y Profesor en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Becario Postdoctoral CONICET. Investigador del Centro de Investigaciones en Teorías y Prácticas Científicas de la UNLa. Profesor titular del Área Ética (trasversal a varias carreras) y de Fundamentos de Ciencia Política en la Licenciatura en Ciencia Política y Gobierno y la Tecnicatura Universitaria en Gestión del Gobierno Local de la UNLa. Profesor de la Maestría en Metodología de la Investigación Científica de la UNLa.