Deliberación

La teoría política entiende casi universalmente que la democracia reconoce un lugar para la deliberación, para la discusión (relativamente) pública de las agendas cívicas de una sociedad determinada. La cuestión no es simple porque no hay un único modelo de democracia.

Por: Carlos Almenara

Acotando y siguiendo a Bernard Manin en “Metamorfosis de la representación” (puede consultarse una versión en portugués en http://www.anpocs.org.br/portal/publicacoes/rbcs_00_29/rbcs29_01), y en una simplificación para la caracterización pretendida podríamos, desde fines de siglo XIX, encontrar tres grandes tipologías para los sistemas de partidos (y también de democracia) en occidente.

  1. El parlamentarismo de notables, en que “notables” locales, normalmente personajes acaudalados o reconocidos socialmente y parte de la élite conseguían entrar al parlamento. Sus alianzas eran inestables, tanto como los “partidos” que se hacían o deshacían conforme los imperativos de la agenda pública. El parlamento era el ámbito en que se debatían los problemas públicos. Los legisladores exponían, escuchaban, eventualmente cambiaban de opinión. La centralidad la tenía el parlamento.
  2. La democracia de partidos (de masas). Los partidos estructuran, muchas veces partiendo de un clivaje originario anclado en clases sociales, el voto y la representación de los ciudadanos. La lista sábana lleva la gente del “aparato” al parlamento. Allí, la deliberación cambia su tenor. Los debates se dan dentro de los bloques partidarios, una vez tomada la decisión se unifican las líneas argumentales a presentar en el plenario de la Cámara. En la sesión poco se espera convencer al bloque adversario o a legisladores que fueron con mandato. Igualmente el debate pretende convencer a las bases de cada sector e incrementar la legitimidad de su postura. Aunque estén los mandatos partidarios, se discute para “convencer” al rival.
  3. La democracia de lo público. Para Manin los años finales del S.XX se impone un tipo de democracia que vuelve sobre la personalización. El candidato arma sus equipos, el partido gira en torno a su persona. ¿Dónde se debate? En los sets de la televisión.

En cualquiera de las tres etapas, con sus particularidades, está presente uno de los requisitos imprescindibles para hablar de democracia representativa: la deliberación.

Abandonando a Manin e incluyendo democracias populares o incluso gobiernos que poco cabrían en las concepciones más difundidas de democracia, podemos identificar, en cada caso, que existe algún lugar en que se delibera. Asambleas, reuniones partidarias, comité central, otros.

Siguiendo con nuestras preocupaciones urgentes para la Argentina, esto es, cuál es la especificidad de la hecatombe macrista: ¿dónde y cómo delibera el macrismo?

Hemos dicho en otras ocasiones y es una verdad evidente y visible que Macri miente siempre. Esa afirmación sirve como una primera aproximación pero no es correcta. No es que Macri miente siempre, es que cada aseveración de Macri es un engaño. Sería imposible literalmente “mentir siempre” pero no lo es, y Macri lo demuestra, engañar, estafar, siempre.

Estafar como hace el vendepatria no es sencillo, requiere un conjunto de requisitos:

  • Un desprecio profundo por el interlocutor (el pueblo) que no es merecedor siquiera de la interlocución.
  • Un guión, un programa, una fe, donde está la verdad, la ideología, el camino, la misión, firmemente establecida de lo que se busca, el fin del proyecto. Macri es un fundamentalista, junto con su equipo, no sólo del neoliberalismo, más precisamente de una sociedad de castas. Por ello no es extraña su adhesión a las filosofías y religiones hinduístas.
  • Un código de comunicación que permita vehiculizar el engaño para la gilada al tiempo que la clave interpretativa para la tropa propia.

Un ejemplo: Macri repite que hay que “crear trabajo de calidad”. Decenas de veces mencionó esta frase. ¿Qué entiende cualquier argentino? Trabajo de calidad es trabajo registrado, en que se pagan cargas sociales, etc. Para Macri es “trabajo productivo”, es decir trabajo que crea la máxima plusvalía para el empresario.

Entonces, no sería preciso decir que Macri miente cuando habla de trabajo de calidad, Macri engaña, estafa, cuando lo menciona.

El código, que maneja cualquier ortodoxo de la economía, funda precisamente eso. Es la autorregulación de los mercados la que “nos llevará al óptimo económico”. La intervención estatal entorpecerá el proceso. Toda su tropa entiende esto.

Con Macri no hay deliberación, esto es, no hay democracia. En todo caso, la única deliberación es con Marcos Peña y Jaime Durán Barba, reuniones en las que definen los nuevos embustes. Privilegian el uso de la palabra para el engaño de masas aunque les traiga problemas de comunicación interna. Asimismo, esos problemas los solucionan con su propio código. Todos los que tienen que saber, saben, que el programa de Macri, que sigue de modo fundamentalista, es el que cocina la oligarquía asesina de la Argentina desde hace 200 años. No necesitan más palabras para comprenderse en esta clave.