EDGARDO GUERRA (Guecho)

Una historia que no se debe callar

Osvaldo Delmonte

La Manhattan Jazz fue una excelente orquesta que a fines de los años ´50 y principio de los ´60 animaba las fiestas y los bailes de Gualeguaychú.

Enrique Fischer (Pipo Pescador), Pelicano Pérez, Quico Apesteguía, Mario Rodríguez, “la negra” López y Jorge Reynoso, fueron sus integrantes. Imposible no relacionar algunos de estos nombres con el recordado grupo “Los Demonios” que poco tiempo después brilló en nuestra ciudad.

Pero volvamos a la Manhattan, esta orquesta además de los buenos músicos mencionados y de tener piano, guitarras, percusión y contrabajo tenía la particularidad de contar con un instrumento de viento, verdadera rareza para el Gualeguaychú de la época. El ejecutante del clarinete era un morocho campechano y de atractiva presencia del barrio de Pueblo Nuevo, que se llamaba EDGARDO DOMINGO GUERRA (Guecho).

Por esas extrañas razones de la desmemoria y tal vez de la incomprensión, en nuestra ciudad, la historia de Guecho fue quedando en los márgenes, un poco en el olvido, lo cual es una omisión que modestamente, pienso, se debe reparar. No hablo de su condición de músico, lo cual seguramente merece ser recuperado, me refiero a su compromiso social y político y a las tristes circunstancias que lo llevaron, estando preso en Rawson (año 1979), a quitarse la vida. La soledad, el frío, las celdas de castigo (buzones o chanchos) y las secuelas de brutales torturas físicas y psíquicas le produjeron un quiebre anímico que lo llevaron a tomar esa fatal decisión. Sin lugar a dudas, el negro Guerra, es una víctima más de la política inhumana y genocida del último gobierno militar.

Un compañero suyo sobreviviente de la cárcel de Trelew expresaba que “el terror que se vivió en las cárceles, la política de aniquilamiento integral de los presos es un tema del que se ha hablado muy poco”, por ello, a mi entender ,resulta muy importante desatar los nudos de la indiferencia ante el dolor de los presos y presas políticas y particularmente de este caso, de Guecho, un vecino nuestro : músico, obrero, peronista, cristiano, militante revolucionario cuyo sufrimiento llegó a los límites de lo insoportable, dejando su vida en las mazmorras de la última dictadura militar.

Edgardo Guerra, (Negri, como también se lo conocía) nació el 23 de octubre de 1941 en la ciudad de Gualeguaychú, hijo de Enrique Guerra y de Paula Micaela Roldán. Su padre trabajó en el Frigorífico y en la Aceitera. Uno de sus hermanos, Lázaro Guerra, tal vez el más conocido, fue dirigente de la UOCRA (Unión Obrera de la Construcción) y de las 62 Organizaciones, también fue concejal por el peronismo en el año 1973. Enrique, Lito y Adriana Margarita eran sus otros hermanos, Edgardo o Guecho era el menor.

La familia Guerra es una de las más tradicionales de Pueblo Nuevo. La Escuela 9, la Iglesia Cristo Rey, el Club de la banda verde, el Frigorífico, el río, la cárcel de Gualeguaychú y en otras épocas el matadero municipal, son parte del paisaje urbano y de un particular tipo de sociabilidad, muy propia del barrio de la rivera. El busto de Eva arrastrado en 1955, su recuperación y cuidado por los vecinos, las huelgas y los cambios de nombre de la Avenida Principal (Pellegrini – Eva Perón), prosperidad y decadencia del barrio al compás de la suerte del Frigorífico fueron y son parte de la tradición política, proletaria y popular de Pueblo Nuevo. Allí se crió Guecho y seguramente, como a todos, ese territorio de la infancia marcó su vida, además de su madre Micaela Roldán, que era muy “evitista”.

Las referencias que nos llegan de su juventud son fragmentadas pero nos sirven para trazar algunas grandes líneas. Por ejemplo, que entre los 15 y 16 años trabajó en la FITIN, una metalúrgica que estaba al lado del Frigorífico, que hacía música con el clarinete, instrumento muy difícil de aprender en forma autodidacta, que su participación en la orquesta Manhattan Jazz lo vinculó al ambiente social del centro de la ciudad, que le gustaba, como a todos los Guerra, lucirse en las pistas de baile, que era católico practicante, que siendo mayor de edad, y para extrañeza de muchos, decidió ingresar a un seminario para ser sacerdote.

Recuerda Alicia Elena Casabonne (Uli) quien fue su esposa y compañera de militancia, que lo conoció a fines de los años ´60 en Corrientes. Negri, así lo llama, participaba de la corriente católica del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y su opción por los pobres; en ese momento, cuando lo conoce, se estaba replanteando su vocación religiosa para orientarse hacia el trabajo político y social. Pronto, junto a otros compañeros integra los primeros grupos de la JP (Juventud Peronista) y de Montoneros en el nordeste del país.

A fines del año 1972 cae preso junto a su compañera Uli, a él lo destinan a la cárcel de Trelew y a ella a Villa Devoto. Trelew tenía entonces un régimen muy riguroso pues recientemente se había producido la fuga; ambos son liberados en mayo de 1973 con la Amnistía de Cámpora.

Estando en libertad y en representación de su organización Guecho trabaja con los movimientos rurales, principalmente con las Ligas Agrarias del Chaco, que era un movimiento vinculado a la actividad algodonera. Y en marzo de 1974 nace su hija María Eva.

Guecho cada tanto regresaba a Gualeguaychú donde se relacionaba con los jóvenes de la Juventud Peronista de las Regionales, conocida también como la Tendencia Revolucionaria. No es difícil imaginarse en esas visitas las discusiones con algunos miembros de su familia, sobre todo con su hermano Lázaro que era un hombre de la ortodoxia y de la derecha del peronismo.

En abril de 1975 es nuevamente detenido en Sáenz Peña, lo llevan a la Brigada del Chaco donde se lo tortura salvajemente, pasa un tiempo en la cárcel de Resistencia y nuevamente lo trasladan al Sur, a Rawson. Con su esposa también presa es muy poco, por no decir ninguno, el contacto que tiene con su familia. Sólo algunas cartas y encomiendas. El sufrimiento mayor es no ver a su hija María Eva, que al momento de ser detenido tenía un año. Hacia el año 1979 se vive dentro de la cárcel de Rawson una situación de acorralamiento muy fuerte: amenazas de traslados (lo que en buen romance significaba la ejecución del detenido), sanciones, y una fenomenal soledad.
En el caso de Guecho, además agravadas por las noticias de la muerte de un hermano y luego de su padre. Estas circunstancias sumergieron a Guecho en un cuadro depresivo del cual no pudo salir. El 11 de noviembre de 1979 se quitó la vida. Tenía 38 años.

Su cuerpo fue llevado a Goya, y fue el padre de Uli, su esposa, quien se hizo cargo de los sinuosos trámites de traslado. La inhumación se efectuó en el cementerio de Goya con una fuerte presión militar. Los dueños de la vida y de la muerte vigilaron su tumba durante meses.

Debemos entender esta tragedia como parte de la política social genocida de la última dictadura militar. Los límites de la condición humana fueron corridos (torturados y torturador) y experimentados en los cuerpos lacerados de los presos y presas y de los secuestrados en los Centros Clandestinos de Detención Tortura y Exterminio (CCDTE). Los interrogatorios bajo tormento no fueron sólo una manera de obtener información sino la manera de quebrar definitivamente los proyectos colectivos bajo el signo de la sospecha de la delación, lo cual fue trasladado al conjunto de la sociedad.

Finalmente transcribo parte de una carta que escribió Amalia Pérez (compañera de militancia de Guecho) en un periódico mexicano a un año de su fallecimiento:

“Junto con los hábitos, el abandonó los signos mágicos y las distinciones, por delante la incertidumbre de los mil caminos. Cual eligió el Gordo ya no importa, todos llegaron al mismo punto. Fue en ese momento que lo vi por primera vez, trabajaba en una cooperativa de ladrilleros a la orilla del río. Había perdido la blancura que le dieron los claustros, estaba tostado por el sol, aprendía con sus compañeros de trabajo a vivir como se los había propuesto. Eran los tiempos de la esperanza, el futuro parecía estar entre estas manos. Pero, como ya se sabe, las cosas salieron mal y todos saltamos por el aire como verdaderas hojas en la tormenta, al cabo de un tiempo empezaron a aparecer los nombres de los presos y los muertos y el número de desterrados. Él estaba entre los primeros y yo entre los últimos. Así pasaron estos últimos cuatro años, yo caminando y él clavado en su cruz entre las rejas. Para no atormentarme, no quiero pensar en los laberintos de su tortura, no quiero ver su cuerpo fofo en la camilla ni imaginarme sus ojos agrandados por el espanto, pero no puedo callarlo”.

Agradezco a María Teresa Guerra (la negra) por la información brindada y por insistir en la necesidad de recuperar la historia de su Tío Guecho; a los ex-presos políticos de Rawson Juan Arguello (negro Máster) y Carlos González quienes, a pesar de tanto dolor, como Amalia como Teresa, como Uli, y tantos más, no están dispuestos a callar y mucho menos olvidar.
Osvaldo Delmonte
Fuentes:
Compilación de Fernández, Mabel Irene (Memoria, Derechos Humanos y Solidaridad de Goya) Tomo II, Historias Chiquitas que cuentan la Historia Grande.
Testimonios de Familiares.