La educación en tiempos de pandemia

Lic. Verónica Galetto

Sin lugar a dudas estamos ante una crisis de algunos de los componentes duros de nuestro Sistema de escolarización, a saber el componente de la presencialidad. Como lo afirman Benasayag y Schmidt es una crisis dentro de otra crisis social y culturalmente  hablando, en la que nuevamente se apuesta a un futuro mejor, es decir a una idea de evolución hacia un estadio futuro, y justamente no se trata de lograr una evolución sino de dejar de ser y estar de una manera en el mundo para estar de otra a requerimiento de la crisis de nuestro modo de vida.

La idea misma de la instancia de concurrir a clases, la presencialidad y lo que ella representa, el encuentro con el otro, con el rostro del otro que interpela y que nos hace responsables de su sufrimiento, el intercambio, las sensaciones compartidas, los sentires, en definitiva lo que nos hace  humanos, están en cuestión.

Como en toda crisis abarcativa como es la que estamos viviendo, una gran crisis social que nos lleva al aislamiento, a perder los vínculos, a no poder sostenerlos o a transformarlos en otras formas o modos de comunicarnos. Es justo preguntarse, ¿qué perdemos? ¿qué ganamos? O también podríamos pensar sobre la posibilidad de que nuestra idea de educar en la escuela quizás se tenga que modificar y que esa transformación nos aporte otras miradas que nos permitan abrir otros caminos que no necesariamente sean únicos y uniformes. Es cierto que no nos preparamos para estos cambios, que muchos de nosotros hace muy poco que nos amigamos con la virtualidad, que puedo seguir pensando las clases como antes aunque sean remotas o virtuales. No es fácil pensar nuestro trabajo de enseñar de otra manera de cómo lo habíamos construido, de cómo lo aprendimos, pero eso nos lleva a la necesidad de deconstruir el modo en que lo hacíamos para recrearlo y repensarlo en nuevas formas y modos a los que llegaremos a acostumbrarnos. Creíamos que la educación a distancia en todos los niveles de la escolaridad era algo que estaba muy lejos aún, pero resulta que una situación inusual se nos presenta y nos hace ver que como veníamos enseñando ahora ya no es posible.

Educar en la virtualidad nos da y nos quita, nos da la posibilidad de continuar enseñando aunque de otra manera, sin poder vincularnos presencialmente, sin poder acompañar los aprendizajes, sin poder dar apoyo a nuestros alumnos. Se torna muy necesario repensar el para qué de nuestra praxis educativa en esta coyuntura y quizás pensar la emergencia de otros saberes más cercanos a los alumnos, a su vida cotidiana y a la resolución de sus actividades y necesidades cotidianas.

No se trata de un esfuerzo sobre humano para lograr lo que se hubiera logrado en la presencialidad de la escuela, no se trata de obsesionarse en compensar la falta. Se trata de otros tiempos y otras formas de enseñar, necesariamente los niños y adolescentes necesitan que la escuela esté a la altura de los acontecimientos dándole prioridad al acompañamiento, sin desbordar con tareas que quizás no todos los papás estén en condiciones de ayudar a sus hijos a llevarlas a cabo.

Son nuevas temporalidades y espacialidades que nos obligan a repensar nuestra praxis docente y nuestros objetivos en el estar conectados en la virtualidad. Ya no son los tiempos de las aulas las que rigen los tiempos de las tareas, ya no son las aulas separadas del consumo, del trabajo, del mercado, son las aulas virtuales dentro del hogar, lo que nos marca un nuevo tiempo en el que la escuela no se separa del hogar.

Es necesario comprender, ¿cómo algo aparentemente exterior a nuestras vidas, como la pandemia, puede tener incidencias tan importantes en nuestra cotidianeidad? Lo que nos sucede a todos en mayor o menor medida, lo sentimos en el cuerpo y en el espíritu. Estamos siendo protagonistas de cambios muy importantes en nuestra vida cotidiana. Pasamos de la confianza en un futuro mejor a la desconfianza casi igualmente exagerada. Nos damos cuenta que somos frágiles, y la fragilidad es la dimensión fundamental de lo que hace a la esencia de la vida.

En la época que vivimos, llamada posmodernidad la impotencia y la desesperación se incrementa a medida que el mundo se vuelve más virtual y espectacular, esto nos aleja de la realidad y de las relaciones humanas entre sí y con la naturaleza. Es una época de virtualización y desterritorialización, donde el hombre deviene ojo observador de lo que a través de múltiples pantallas damos en llamar “el mundo”, un mundo concreto esculpido por y para esta sociedad.

La crisis también muestra otras crisis como la desigualdad entre los individuos, intentamos probar con formas diferentes de enseñar pero eso no hace más que profundizar la desigualdad de los hogares y de las personas que los habitan y nos vuelve impotentes, la falta de conectividad, de equipos, de celulares por familias con varios chicos cada uno con su nivel de escolaridad.

Enseñar no se trata de dar tareas para compensar lo que ya no se puede sin la presencialidad, no se trata de evaluar, ya habrá tiempo para eso, será necesario repensar también la evaluación ¿qué evaluar? ¿cómo evaluar? ¿cuándo evaluar? Y quizás la propia existencia de la evaluación tal y como la construimos.-

 

Benasayag, Schmidt. (2010) Las pasiones tristes. Siglo XXI editores.

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