La democracia en peligro: la paradoja del vidrio

La construcción del odio: mucho más que una pequeña fracción

 

Nadie le dio importancia al pequeño vidrio que se desprendió del vehículo, ni siquiera notaron en qué lugar había caído.

Luego de saltar y rodar, finalmente se detuvo bajo un árbol como cualquier otro, incluso hasta un poco seco y escuálido. Un árbol más entre varios que componían esa orilla rutera.

Tiempo de otoño. Poco sol y mucho viento que desparrama hojas. Las mismas que se desprenden del incipiente bosque.

El vidrió se acomodó bajo aquel acolchado multiforme y así, oculto a los ojos de cualquier viajero desprevenido, se fue amigando con su entorno y mientras transcurría el invierno, él, que simplemente era un pedazo de vidrio menor, desprendido de alguna pieza, se transformó en la novedad en medio de la sábana de hojas amarillentas. Nadie lo vio. O, mejor dicho, pocos lo vieron, pero no fueron considerados.

Al llegar la primavera, la naturaleza revistió nuevamente todo aquel vergel verde. Y el sol comenzó a iluminar con su usual potencia. Cada vez más. Era otra primavera que presagiaba un verano caliente. Y efectivamente lo fue.

Un día, no muy diferente de cualquier otro, febo se inclinó e insufló sus destellos sagrados, impactando directamente sobre el trozo de vidrio. Tanta fue la temperatura, acompañada por una brisa que venía del norte, que las hojas debajo iniciaron una diminuta fogata. En un breve período de tiempo una hoja rodó, y otra, y otra… contagiando a otras, hasta que aquella chispa inicial se transformó en un incendio como nunca antes se había visto en la zona, favorecido por los árboles que no sabían bien por qué, pero que también se contagiaron las llamas.

Pasado el tiempo, un trabajador del lugar, anduvo re recorrida por sus senderos de la infancia. No pudo menos que soltar un lagrimón. El bosque, su bosque, aquel que tanto había amado no era sino un montón de cenizas donde lo único que brillaba era un descuidado e ignorado trozo de vidrio. Y poniendo su cabeza entre las manos, un poco agachado por el peso de la tristeza y el dolor, exclamó: ¿Por qué? ¿Qué pasó?

El vidrio, simplemente sonrió. Él no se quemó. Era vidrio, no hoja.

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Cuando Mauricio, que es Macri, heredero de una fortuna amasada en medio de la dictadura militar, comenzó su carrera en uno de los clubes más populares de la Argentina, fueron pocos los que visualizaron en él, el futuro de la síntesis de una propuesta política típica del siglo XXI en el marco de culturas atravesadas y formateadas por el neoliberalismo.

En esta lectura histórica es necesario poner en perspectiva que éste acontecimiento se da durante la presidencia de Carlos Saúl Menen, cuya traición a las propuestas electorales rompió el pacto implícito entre partidos y electores. En efecto, el caudillo riojano llegó de la mano del pueblo y gobernó abrazado con el establishment. Este dato no se puede leer rápidamente, pues en términos económicos Menen hizo lo que ni siquiera Martínez de Hoz se animó a hacer. Explícitamente expuesto en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?time_continue=31&v=4zjBab9kzrc&feature=emb_logo

Que florezca en medio de la efervescencia neoliberal menemista un personaje como Macri es absolutamente coherente.

No se abundará aquí en las características propias de esta línea ideológica, pero sí marcar la insensibilidad social y la conceptualización economicista y utilitaria del ser humano, que deja de ser sujeto de derecho para constituirse en una variable de ajuste y objeto del sistema productivo y, especialmente, financiero. ¿O no son estas algunas de las consignas del Consenso de Washington?

Luego de la destrucción de todo el entramado social y político en que resulta la experiencia genocida de la “Convertibilidad”, que engloba hasta el gobierno del incapaz de De la Rúa, la explosión y posterior crisis abrieron con claridad dos posibilidades: el camino para una transformación institucional, pero que efectivamente no ocurrió; la emergencia de un movimiento que canalizara el resentimiento, las consecuencias simbólicas del fracaso y que encontrará de alguna manera una expresión formal, política.

Como el vidrio del relato. Pocos lo vieron venir y menos aún le dieron importancia… hasta que comenzó el incendio.

Aquel Mauricio, que es Macri, ya conocido por amplias franjas etarias, se convierte en el mascaron de proa para ir concretando un plan: el operativo retorno del salvajismo neoliberal. Sería muy ingenuo pretender que esto fuera urdido por un mediocre incapaz de escribir o brindar un discurso propio. El plan es muy superior y tiene varios protagonistas, pero sin lugar a dudas cuatro cobran especial significación: la embajada de Estado Unidos; el sector financiero; el empresariado carterizado; la hegemonía mediática liderada por el grupo Clarín y La Nación.

A este grupo se le unirá un quinto sector eternamente enfrentado con todo lo relativo a lo popular, fruto de una resolución mal elaborada, terriblemente comunicada y estratégicamente no mesurada: la famosa 125.

Pero la historia también hace su aporte, que, de no contar con hojas secas, jamás impactarían. Eso fue Cromagnon. Las traiciones por diversos motivos que llevaron a la destitución de Ibarra y la manipulación de la causa son motivo de otro análisis, pero donde las ineficiencias en la gestión tuvieron un rol importante. Y ese fue el estreno oficial para poner un pie en el distrito más rico y, por lo tanto, con mayor posibilidad de llevar adelante políticas vistosas y seductoras para un electorado de por sí bastante conservador y derechoso.

Aquella agrupación, el PRO, sostenido por los medios y el establishment del que efectivamente forma parte, conquistarán por primera vez el gobierno de la CABA. Mauricio, que es Macri, ya no es un simple personaje pintoresco, ocupa un lugar impensado sólo unos años atrás. Sin embargo, muchos no lograron ver el vidrio y que llegaba la primavera y el paisaje estaba cambiando. Las medidas, las comparaciones, lentamente dejarán de ser las atrocidades del 2001 para tener como referencia la recuperación económica, en especial durante el gobierno de Néstor Kirchner.

Así como Cromagnon fue el principio del fin de gobiernos progresistas en CABA, la 125 fue le hito, el mojón de partida que permitió a la derecha reagruparse e ir consolidando un bloque cada vez más sólido y que incluso provocó que el propio Kirchner perdiera las elecciones legislativas ante un ignoto candidato extranjero. Pero nuevamente, nadie vio que el vidrio estaba allí. Y llegaba la primavera.

Nuevamente la historia jugará una carta inesperada y que definitivamente modificará el panorama político: la muerte del conductor natural Néstor Carlos Kirchner, dejando así vacío un espacio cuyas consecuencias no serán inmediatas, sino a cinco años después cuando el proyecto no tendrá un candidato propio, y con una constitución social absolutamente diferente.

En todo este tiempo, ya por errores, ya por el quinto poder mediático, ingresa al mundo, y a Argentina en particular, una estrategia que busca corroer la imagen y la credibilidad de todo lo que tenga olor a progresismo, o a gobiernos con inclinaciones hacia las políticas de inclusión y simpatías por el socialismo, pergeñada desde el norte, es decir, desde el poder financiero internacional.

Y ocurrió entonces lo que, para muchos, al instante, se transformó en la espada de batalla para la deconstrucción del poder político constituido y la construcción simbólica del odio y el resentimiento como estrategia electoral. La muerte de Nisman fue el principio del fin del ciclo kirchnerista. Al revés: la carta de triunfo para las próximas elecciones.

Publicaciones diarias, programa de televisión, periodistas comprados, jueces corruptos, un manejo magistral del marketing, la asociación de vincular simbólicamente el odio en una persona y en ella a todo un proyecto político, constituyeron el abc de la crónica de una muerte anunciada.

El problema es que ese vidrio, una vez que se enciende, quema todo y destruye, y deja como resaca puras cenizas. Y ese problema no es una pequeña minoría, representa un conjunto muy heterogéneo en clases sociales y niveles económicos o culturales, atravesadas por la más increíble irracionalidad basada en el odio y el resentimiento. Y el odio focalizado en tres dimensiones diferentes: una hacia la persona de Cristina Fernández; otra sobre el peronismo, especialmente La Campora; y una tercera con respecto a todo lo que sea política.

En este medio ya hemos denunciado el peligro en que se encuentra la democracia cuando socialmente existe un sector importante para el que un golpe de estado es tolerable. No alcanza con ganar elecciones, eso es hoy una simple circunstancia coyuntural pero totalmente lábil. Y en este contexto la comparación ya no es con el desastre macrista, sino que la comparación y cada vez más es con la pandemia.

La genialidad del manejo marketinero armó una movida para licuar el recuerdo del triunfo del Frente de Todos del año 2019, convocando una marcha que refuerce el odio y por otra parte modifique la agenda de debate político. Eso es la marcha del 17 de agosto. Y en este caso la cantidad de concurrencia es relativa con respecto al éxito de la estrategia, que por otra parte, al utilizar vehículos hace imposible la cuantificación.

En ese marco ocurre que la estrategia de comunicación del gobierno nacional atrasa años. Y otro tanto pasa con gobierno provinciales y municipales donde se pone el foco en circunstancias y no en la construcción de sentidos. Entonces la aparición de Alberto Fernández de forma constante provoca un desgaste en su imagen (además de exponerlo a probables errores que luego serán utilizados mediáticamente por la oposición) que ya es posible medir en encuestas serias.

En el manejo de la agenda d 3emedio, la concesión de entrevistas, donde los medios del interior, de medios alternativos, son ninguneados por los funcionarios nacionales pero que sí corren prestos ante la convocatoria de los hegemónicos y opositores. ¿Cuál es la estrategia?

En esta situación, las medidas de gobierno, las formas de proceder abonan incluso a ese odio que se inculca como estrategia, y así se aprueban leyes que atentan contra los derechos de los trabajadores mientras otros sectores son privilegiados e intocables. Y esas leyes unifican el arco opositor y los posiciona como la alternativa a un gobierno que ataca a los laburantes.

El poder se ejerce, no se negocia, pero también se construye en el día a día, en la comunicación y el diálogo, pero no desde la ingenuidad. Mientras tanto, el odio como argumento se cristaliza. Probablemente sea tiempo de releer a John William Cooke.

La pregunta que cualquier gobernante, que cualquier político/a debería hacerse ahora, es si esta situación se puede modificar y como sería ese proceso, pues subestimar el vidrio ya no es viable.

Desde esta columna, se considera que esto trasciende incluso la cuestión política para implicar un problema social y humano tremendamente profundo, de las mismas características que aquel que posibilitó el holocausto, la última dictadura militar, entre tantas otras catástrofes basadas en el odio, la exclusión, el racismo, la xenofobia.

Las expresiones vistas en televisión en la marcha del 17 de agosto en Argentina, son realmente serias y no deberían ser subestimadas o ignoradas. Las consecuencias podrían ser terribles.

¿Lo veremos esta vez?