Las evidencias del plan

Aunque muchos, con buena fe y voluntarismo, pretendan minimizar las últimos sucesos ocurridos en  Argentina, siguiendo los trazos de estos meses la lógica no admite interpretaciones.

 

En poco tiempo, la Argentina ha padecido dos grandes pandemias: el macrismo de Cambiemos y el Coronavirus o COVID 19. Las dos con su grado de letalidad e incidencias sociales, económicas y políticas.

Desde que asumió el gobierno frentista de Alberto, el discurso conciliador puesto de manifiesto y ciertas actitudes contemplativas no han dado el resultado esperado, tal como es previsible cuando se comprende que del otro lado, aquello llamado “oposición” tiene muy poco que ver con el espíritu democrático o con el respeto por la institucionalidad. Las derechas en esta parte del mundo nunca se han caracterizado por ello. En este medio múltiples notas dan cuenta de esta situación.

La tragedia social en la que dejó sumido al país, default incluido, el gobierno del actual Juntos por el Cambio, no tuvo oportunidad alguna de ser abordada cuando en marzo llegó la pandemia, y con un gobierno que privilegió (como cualquier poder  que se precie de humano y ético) la salud anteponiéndola a la crisis económica; resulta obvio que las condiciones no eran (no lo son) las mejores.

Desde el principio se pudo percibir un sutil pero estratégico discurso bajado por los medios de comunicación masivos del oligopolio Clarin – La Nación, y su impresionante red de repetidoras de todo el país, que ponía en duda por sistema la palabra presidencial, llegando incluso a cuestionar científicos de renombre internacional. La agenda jamás fue manejada por el gobierno, sino por un conglomerado de grupos y sectores que invariablemente inclinaban la cancha hacia el debate salud versus economía.

Dentro de las sutilizas está la aparición en conferencias del Jefe de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires Rodríguez Larreta, quien por momentos hacía olvidar que era un jugador clave en la estructura de poder de la derecha vernácula. Los desencuentros disimulados hasta el hartazgo entre Axel Kicillof y Larreta fueron incrementándose, porque la naturaleza antes o después muestra todo su color.

El gobierno hizo lo suyo con Vicentin para alimentar y dar entidad a una oposición que contó, entonces, con acciones políticas servidas en bandeja y que el periodismo militante hizo suyo, ante una sociedad que, es bueno recordarlo, hace nada más que tres años votaba por una contundente mayoría a Cambiemos, incluso en la provincia de Buenos Aires.

Los hechos posteriores, la aparición de referentes de la alianza de la derecha restauradora, rompieron definitivamente la calma aparente, y sus manifestaciones fueron anticipadas por los medios afines, tanto el atentado contra la democracia al intentar paralizar el Congreso, como las azonadas policiales acompañadas por profusas notas que previamente hablan de inseguridad, imposibilidad de vivir, un ataque feroz contra todo lo que se refiere a los Derechos Humanos y la declaraciones de Duhalde.

No hace falta ser un analista político demasiado sagaz para percibir las líneas directrices y los vasos comunicantes. Es hasta casi un repertorio calcado de otras situaciones ya vividas en Latinoamérica, quizás haciendo una alquimia diferente, pero con los mismos ingredientes.

Si se observa, en los medios provinciales y locales no faltaron notas de opinión de “objetivos” escribas que deslumbran con su sesgo antiperonista. Nada es casualidad cuando ocurre tan intensa y coordinadamente.

La democracia está en peligro. Creer lo contrario es dejar al enemigo de la misma, la mesa puesta para hacerse un banquete. En este panorama hay una sola variable asegurada y es que precisamente nada es seguro. Al fin de cuentas, a Lula lo acompañaron millones, pero a Dilma la derrocaron igual. Evo fue aclamado por multitudes. A Perón también.

¿No será conveniente repasar un poco la historia y no caer en eternos descuidos?

Imagen extraída de https://politicos.com.ar/democracia-en-peligro/