Lo viejo no se va. Lo nuevo no termina de llegar

La historia, que es el devenir histórico del hombre y las circunstancias aleatorias, cada cierto período de tiempo presenta encrucijadas, rupturas. Pero algunas de esas situaciones requieren estructuralmente de un cuadro que sustente aquello nuevo y tenga suficiente capacidad, potencia, para doblegar las resistencias de lo establecido. Un buen topos para analizar la política en un mundo desmembrado en miles de millones de voluntades y donde lo viejo no termina de irse, pero lo nuevo no logra consolidarse como opción real.

En esas riquísimas y filosóficas charlas de café, Nahuel comentaba con preocupación que él miraba la historia reciente y veía con claridad líderes, dirigentes que en determinados procesos condensaban cierto nivel de consenso y autoridad como para conducir procesos. En la jerga cotidiana, ordenar los patitos.

Eso ocurrió en países, en regiones, en provincias o estados, en ciudades, tal el caso de Ignacio Lula Da Silva en Brasil, Carlos Menen en Argentina, Hugo César Chávez en Venezuela, George Bush en Estados Unidos, Margaret Thatcher en Inglaterra, por citar algunos y sin hacer juicios de valor o análisis ideológicos. No es el punto en cuestión.

Se trata de comprender que todo proceso, en especial si es de ruptura o al menos de reformas significativas, tienen como característica relevante un proyecto político amplio y también actores, actrices que jueguen el juego y lo represente bien en la cancha. Se sabe que el equipo, por excelente que sea, nunca será el equipo “de todos”, pero sí que goza de suficiente legitimidad como para asumir este rol.

Pero, todo equipo necesita un capitán que ordene, mantenga la intensidad, custodie el estilo, los objetivos, las formas. El capitán no es el espíritu del equipo, pero si la llama que enciende la mecha cuando esta tiende a apagarse. Ruge, clama, recuerda. Ese capitán sintetiza la voz, el pensamiento, las características de todo el equipo. No es una voz más, sino “la voz”.

Cuando esta caracterización es aplicada para analizar las dinámicas generacionales, en especial las políticas (pero no únicamente), se descubren algunos detalles que por sus implicancias se deben observar con mayor detenimiento.

Aquellos dirigentes mencionados anteriormente, expresaban simbólica y efectivamente una condensación generacional. Seguramente había muchos otros y otras con aspiraciones legítimas, incluso probablemente con ventajas comparativas, sin embargo, por carisma, manejos de relaciones, construcción de focos de poder, etc., fueron estos y no otros los que irrumpieron y condujeron toda aquella movilización social, ergo, política, por los andariveles subjetivamente definidos pero objetivamente sustentados. En el uno están los miles.

No es determinante la edad, aunque sí un factor interesante según el contexto cultural de las coyunturas, y por eso vemos a un Menen bastante mayor conduciendo mayorías y entre ellos, jóvenes de las más diversas edades. Esta muy claro que en ese particular momento histórico las pertenencias partidarias eran muy contundentes, pero ello por sí solo no explica el fenómeno Menen. Como tampoco podrían explicar, más cercano en el tiempo, el fenómeno de la ola amarilla y devenida en un indefinido “libertarismo” o en un fascismo explícito.

De todos modos, aquello ya no es y la actualidad presenta desafíos que incluso tienen algunas pautas no del todo claras.  Ello no obsta para afirmar sin dudar que este sujeto político, esta construcción de subjetividad nada tiene que ver con aquello de hace dos décadas. El sujeto de hoy está atravesado por años de cultura neoliberal, por una propuesta política asentada en el fracaso de los grandes relatos y proyectos de los últimos cuatrocientos años de humanidad: los postulados de la Modernidad, hechos añicos por la Primera y la Segunda Guerra Mundial y cuya consecuencia es el desasosiego, la búsqueda incesante de respuestas que no están, la perspectiva de un futuro más o menos probable del cual sostenerse, etc., y el fracaso de las revoluciones en búsqueda de una justicia social demasiado largamente esperada. Este último aspecto incluye las propuestas reformistas de la socialdemocracia y del estado de bienestar, incluyendo, por supuesto, las que idealizaron una asociación virtuosa entre capital y trabajo.

Los datos estadísticos pre pandemia sobre desocupación, precarización laboral, pobreza e indigencia, vulneración de los derechos humanos en todas sus expresiones, el escandaloso negociado de la medicina, la exorbitante inversión en armas para destruir, la discriminación y los crecientes índices de criminalidad en las ciudades de todo el mundo, son tan contundentes que no ameritan mayores discusiones.

Juan decía: “pero mira en tal o cual lado…”para argumentar sobre determinadas viabilidades, sin comprender que aquellos logros solo se sostienen sobre la hambruna y la explotación de otros, generalmente invisibilizados.

Estos fracasos también impactan sobre las construcciones políticas, tanto a nivel ideológico y partidario como en la constitución institucional. Así, la democracia representativa es una hermosa expresión, pero un gran cuento de hadas. En general, los representantes, no representan nada, a no ser intereses, acuerdos de palacio, arreglos de unos pocos, contubernios, tal como lo expone de manera magistral en diverso artículos Boaventura de Souza Santos. Democracias sin contenido, diría Atilio Borón.

En estos contextos, las figuras, los carismas, el impacto simbólico adquiere relevancias superlativas: en un discurso “del Carlos” era cuasi imposible que no se erizara la piel. Al escuchar sus intervenciones esa voz de sirena hipnotizaba, convencía, arrastraba. Imposible no seguir al Carlos. Y entonces, en medio de la deconstrucción neoliberal ya en pleno proceso mundial, Menen fue el gran ordenador (el gran elector) de patitos. La síntesis de toda una generación (Se diría de varias atento al lapso de oscuridad de la dictadura) estaba ahí, cuestión absolutamente consolidada en el ejercicio del poder (que se ejerció “sin anestesia”).

En esa disputa, Angeloz no solamente representaba a un radicalismo absolutamente derrotado y fracasado en su gestión económica, sino por sobre todo, representaba lo que no se quería, lo antiguo, lo anacrónico. La sola mención evoca el dolor de las promesas del 83 que, una vez más, no fueron.

La foto con sus anteojos de la década del 50 lo dicen todo.

2021. Atravesados por una pandemia que todo lo deforma, trastoca, modifica con casi dos años de permanencia, ciertos datos se mantienen encolumnes: la progresión de los resultados electorales. Puede que no sean los mismos protagonistas, pero la tendencias se han confirmado, y como dijo un candidato de la más rancia derecha, y mal que pese es una lectura no exenta de realidad, se ha llegado a un fin de ciclo. No se trata de si gusta o el interlocutor provoca adhesiones o desagrado, sino de dejar de esconder la basura bajo la alfombra.

Y aquí aparece la estructura vetusta pero sólida, los intereses sectarios y particulares, las quintitas y sus plantines, y el acompañamiento de las cúpulas de los partidos testimoniales que a cambio de un puesto aportan el sello para “el frente”.

El esquema es repudiado en amplios sectores sociales “peleados” con “la política”, lo que incluye la llegada a cargos de amigos, el nepotismo (abuelo, padre/madre/hijo/a/ sobrino/a, etc.) conjugados con la eterna reconversión de los mismos en distintos cargos (concejal, senador, intendente, gobernador, diputado, senador…). Privilegio mundial, no sólo de la Argentina. Y todo ello sostiene este estatus quo, una forma de ser y estar frente al poder y la política que para los círculos íntimos es muy agradable, pero que ya hace años ha dejado de responder a las demandas emergentes y distancia cada vez más la dirigencia del pueblo en sentido lato.

Esta construcción se sostiene en caudillismos fuertes, cuando no en extorsiones y la complicidad en la formación de sentidos, o sea, los que generan opinión. Se corresponde con aquella idea de síntesis y liderazgo enunciada. Generacionalmente responde al pretérito, pero con una entramado tremendamente corporativo y sólido. Aquí no hay derechas o izquierdas. El problema es mayor y sobrepasa ideologías.

La contrapartida hace demostraciones parciales, apariciones puntuales, pero no termina de consolidar un núcleo duro y estratégico que pueda confrontar con cierta perspectiva de éxito, lo vigente.

Hasta hoy se perfilan algunos nombres, incluso experiencias locales sumamente interesantes (ello no significa perfectas y exentas de algunas contradicciones como todo lo humanamente constituido), pero que no han catalizado en un liderazgo fuerte y sintetizador, por lo que lo nuevo está allí, pero no termina de romper el cascarón y nacer.

La paradoja es evidente: lo viejo sin consenso social subsiste mientras lo nuevo reclamado socialmente no irrumpe con la necesaria impetuosidad. En medio aparecen los ousider o los candidatos marketineros que “son el mejor equipo de los últimos cincuenta años”.

No se puede vivir sin creer. No se trata de un dogma religioso que por supuesto también lo es, sino de un puntal básico ante la trascendencia y conciencia propia del ser humano.
Las personas no pueden vivir en la incredulidad, sin un horizonte, sin un sueño que invite a romper paradigmas y vencer obstáculos. Y ante la incredulidad de lo viejo, cualquier alternativa por más extraña que parezca hace mella en la búsqueda casi desesperada por un mañana posible. Si ese mañana es real o ideal es motivo de otra discusión.

Por eso, este contexto demanda la emergencia de aquel/aquella que posea la capacidad de enamorar, de conducir, de ordenar y de sintetizar. Estas pautas serían inconclusas si no se atendiera la potabilidad del/de la candidato/a en términos electorales. Aquel/aquella debe suscitar adhesiones tanto dentro como fuera, y, por supuesto, con una estrategia comunicacional sumamente profesional y profusa.

Estos tiempos son fértiles para que estas construcciones disruptivas se abran lugar, pero por supuesto, ello depende de diversos factores entre los cuales se destaca la conformación de quién pueda representar una generación con sus sueños y aspiraciones, llevando adelante modalidades políticas que tengan en cuenta la dimensión ética y por supuesto, las convicciones explicitadas en un proyecto.

¿Será que llegó el tiempo de comenzar a recoger las frutas ya maduras?

El 2023 lo dirá