Una economía al servicio de los pueblos

Un programa económico que considere los derechos humanos como parte de su discurso, entre ellos el de trabajar, no puede sostener la “teoría del derrame” como forma de acceder a ellos, puesto que la realidad marca que es falsa. Son las políticas económicas que defiendan la producción nacional, la distribución de la riqueza y el poder adquisitivo de los salarios las que lograrán alinear los dichos con los hechos.

Lic. Luciano M. Rey

Economista

No es una discusión nueva ni muchos menos, la Conferencia Mundial sobre Derechos Humanos que se realizó en 1993 en la ciudad de Viena reactivo el debate sobre los derechos fundamentales permitiendo retomar la discusión del derecho al desarrollo y fomentando un protocolo sobre los derechos económicos, sociales y culturales de los pueblos.

Haciendo un poco de historia en esta relación, la Carta Internacional de Derechos Humanos incluye la Declaración Universal de Derechos Humanos del año 1948, el Pacto Internacional sobre los Derechos Civiles y Políticos del año 1966 y el Pacto Internacional sobre los Derechos Económicos, sociales y culturales del mismo año. En este último Pacto se destaca el derecho al trabajo en condiciones justas y favorables, el derecho a la protección social, el derecho a un nivel de vida suficiente y el derecho a la educación.

Ahora bien, la brecha entre las declaraciones oficiales y la realidad es grande. Y entonces vale preguntarse ¿cómo hacemos para que se respeten realmente estos derechos?

Aquí se chocaran creo yo las formas de entender la economía y la realidad social, como también los aspectos morales que implican las decisiones políticas y económicas.

En primer lugar debemos decir que quien suscribe entiende a la economía como una ciencia social en donde economía, política y sociedad son aspectos de la misma moneda.

Por otro lado reconocer que hay distintas formas de entender las cosas o mejor dicho, hay intereses en pugna, hay lobistas de los intereses y en el centro de esta marea la gente vive bajo las condiciones de su contexto y generalmente restringida por la cuna donde tocó nacer. En este punto discutiremos en el sentido de la afirmación de algunos quienes sostienen que cada cual puede hacer lo que su habilidad le permite, considerando que naturalmente poseemos destrezas diferenciadas sin importar las condiciones de vida de cada uno o las posibilidades y realidades que generaron que cada cual sea lo que es.

Y tal vez el argumento para discutir a la economía desde los derechos humanos se pueda entender desde sus implicancias sociales de la gente que vive en esa economía. ¿Qué le pasa a los pobres?, ¿y a los desempleados?. ¿Y por qué no reflexionar sobre la existencia de miles de familias viviendo en situaciones alta y extrema precariedad cuando otros pocos no conocen todas las propiedad que poseen? ¿Acaso no son derechos humanos la vivienda digna, el trabajo, la educación, el acceso a la salud de calidad, el agua potable? Y entonces, ¿por qué algunos modelos se pelean más por cuestiones alejadas del vivir diario de la gente y no se centran en empujar para lograr vivir en una sociedad más justa, con dignidad y trabajo para todos, con vivienda, agua, cloaca, atención de la salud y trabajo con salarios justos?

Acá hago un paréntesis para destacar una gran verdad que debe ser tenida en cuenta por cada uno de nosotros, las propuestas políticas o los gobiernos, y yo le agregaría los proyectos económicos también,  no deben ser valorados por los discursos y defensas de sus lobistas, sino más bien por sus acciones y hechos.

Podemos decir que buscamos el bien común y la reducción de la pobreza, pero si las acciones marcan aumento del desempleo, pérdida del poder adquisitivo, timba financiera, y aumento de la concentración de la riqueza e ingresos, entre otros, les puedo asegurar que van por otro camino.

También y a modo de visualizar decisiones podemos pensar en que la obra pública va a generar crecimiento y así el derrame generará bienestar. ¿Pero siempre es así? ¿Es lo mismo hacer una ruta con un solo contratista con participación mayoritaria de maquinaria que viviendas a través de pequeñas empresas? Claro que no. Si bien la inversión monetaria podría ser la misma, la torta se reparte en un caso en unas pocas manos que se quedan con las ganancias y gotean muy poco, y en el otro en ciento de manos de familias trabajadoras. Claramente esta será una política económica de obra pública que genera empleo y se multiplica en la economía a través del consumo.

Este último punto me permite enfatizar la necesidad de ponerse en los zapatos del otro para pensarnos como sociedad y discutir la economía. Tal vez es fácil mencionar cuestiones ideales de productividad, eficiencia, competitividad parada en los zapatos de un CEO de una multinacional con salarios en dólares, pero más difícil va a ser desde los zapatos de un trabajador textil del cinturón industrial de provincia de Buenos Aires. ¿O acaso aún consideramos que doña Claudia la señora que vive en el barrio Anacleto Medina de la ciudad de Paraná y doña Juliana la señora que vive en una linda casona y viaja seguido a Villa Langostura tendrá las mismas posibilidades de eficiencia, reconversión productiva, productividad y desarrollo en sus emprendimientos? ¿Podrá doña Juliana vivir una semana en los zapatos de doña Claudia?, ¡Claudia seguramente sí!

Como menciona Gustave Massiah en su libro “Nuevas propuestas para enfrentar y superar las crisis capitalista”, la lógica dominante funciona con supuestos que postula como evidencias considerando que la expansión del mercado induce al crecimiento y que esté reducirá las desigualdades y combatirá la discriminación y pobreza. ¡Los hechos muestran otro resultado! En nuestras sociedades no se es pobre por casualidad, tendrá más posibilidades de ser pobre una mujer o un joven de clase popular o un inmigrante, los cuales a su vez serán más vulnerables a las coyunturas de la economía y su caída influirá en varias de sus generaciones.

La brecha de ingresos y la necesidad del reparto de la torta con justicia social

Tomando el título de un libro de Zygmunt Bauman, un gran pensador que recientemente ha partido, me pregunto ¿la riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?

La persistencia de la pobreza cada vez más estructural en un mundo dominado por el fundamentalismo del crecimiento económico debería por sí hacernos reflexionar sobre los daños directos e indirectos de la actual redistribución de la riqueza [1]. El profundo abismo  que separa a los pobres sin futuro de los ricos, optimistas y seguros de sí mismos, es una buena razón para estar preocupados, reflexiona Bauman.

La riqueza acumulada por las clases más ricas no se filtra en absoluto hacia abajo, ni ha hecho más rico al resto de los mortales. En el mundo la desigualdad tiende a multiplicarse ayudado por las creencias y poderes dominantes que aplican recetas neoliberales y teorías del derrame como búsqueda de solución, cuando en realidad solo fomentan la concentración de la riqueza, el aumento de la riqueza de los ricos y la profundización de la marginalidad.

En el libro El Precio de la Desigualdad, Stiglitz menciona que Estados Unidos se está convirtiendo en un país donde los ricos viven en comunidades cerradas, mandan a sus hijos a escuelas caras y tienen atención de salud de primera calidad, mientras que el resto vive en un mundo con alta inseguridad, educación de baja calidad y una atención sanitaria al menos limitada.

Claro que debe decirse que según la ortodoxia económica una alta desigualdad o para ser más claros, suculentos beneficios para los empresarios capitalistas, produce una economía que crece más rápido y de manera eficiente. De ahí las altas retribuciones y bajos impuestos a los ricos, ya que eso incentiva la inversión y luego el derrame le llevará beneficios al resto.

Desde esta visión difícilmente puedan ser cumplidos los derechos económicos, sociales y culturales fundamentales de los pueblos sin tender a esquemas de mayor justicia social y mejor redistribución tanto de los ingresos como de la riqueza.

La historia argentina no da cuenta del resultado exitoso para lograr el cumplimiento de los derechos a través de las recetas ortodoxas o neoliberales. Sobre todo cuando se dice buscar mejorar en la calidad de vida con medidas de achicamiento del mercado interno y del Estado para darle lugar a la confianza de los “mercados”, la inversión y la productividad. Ello atado al enloquecido amor por la inversión extranjera directa, para lo cual a su vez se quitan las “rigideces” para lograr confianza, dejándoles y reduciendo las barreras para la salida de capitales, permitiendo el ingreso de capitales especulativos altamente volátiles y en búsqueda de ganancias extraordinarias.

Para pensar en serio una economía que considere los derechos humanos, y por ende en la gente, debemos dejar de lado la teoría del derrame que mejor dicho a esta altura no llega ni a la del goteo escaso!

El derecho al trabajo como ordenador social

Los que creemos que el trabajo es el gran ordenador social que aglutina a la sociedad, permite el progreso intergeneracionalmente y logra la verdadera felicidad en las personas y familias, ponemos un gran énfasis en la búsqueda de políticas económicas que defiendan el trabajo y los salarios.

Claro está que no es tarea fácil en un mundo dominado por el capitalismo salvaje, el productivismo, las creencias que la defensa del trabajo digno son rigideces para las inversiones y las recetas conocidas de achique del Estado y apertura comercial irrestricta en búsqueda de converger a lo que uno es “competitivo”.

La búsqueda del pleno empleo implicará un pacto de industria nacional y sustitución de importaciones con un horizonte de mediano y largo plazo, defendiendo la producción nacional y logrando un acuerdo con el capital nacional para el desarrollo interno verdadero.

El pleno empleo es la herramienta de mejora de las condiciones de vida de la sociedad, generar mercado interno, mejora de por sí los ingresos de los trabajadores y creo yo es lo que le da alegría al pueblo, sino veamos cómo se siente un trabajador sin trabajo.

Además debemos destacar que desde el otro lado de la moneda, los que buscan irrestrictamente la productividad, el trabajo es una variable de ajuste. El desempleo es un mecanismo de adiestramiento de la mano de obra que hace más sumisos a los trabajadores y logra hacer caer los salarios reales.

No será lo mismo la negociación de paritarias en un escenario de desempleo del 6% que en uno del 15% con expectativas desfavorables, ¿o ustedes creen que sí?

Las reformas laborales que la ortodoxia nos vende como las herramientas para sacar las rigideces que impiden que las inversiones se realicen solo han generado pérdida de derecho a los trabajadores.

Además deberíamos observar todos los datos para esta última evaluación, ¿o acaso un inversor dejará de invertir por los trabajadores o por la existencia de una economía con tendencias de apertura comercial (importaciones), alta tasa de interés como mecanismo de controlar el tipo de cambio, caída de la demanda para controlar la inflación y desempleo?

Me voy a tomar unas palabras para indicar que en una economía internacional que está en crisis, con abundancia de producción industrial y países asiáticos con salarios en dólares muy bajos, realizar apertura comercial para “que nuestros empresarios compitan en serio y dejen de ser ineficientes” es pegarse un tiro en los pies. Es cierto que la apertura comercial en el mediano y largo plazo dejará solo a las empresas “exitosas” en ruedo, y que también convergirá a una inflación más baja ya que aumentará la oferta de productos y todos podremos comprarnos todo tipo de chucherías importadas sin inconveniente …bueno mientras tengamos trabajo. La apertura comercial irrestricta alimenta el desempleo y el cierre de la industria nacional.

Pensar a la Argentina como un país agroexportador por su verdadera competitividad estática generada por la abundancia de buenos suelos, solo me deja ver a un país donde unos pocos van a vivir muy bien y la gran mayoría muy mal.

Retornado a uno de los derechos económicos fundamentales que en esta vida capitalista es transversal a varios otros, volvamos a la discusión sobre el derecho al trabajo digno. Ahora bien, ¿qué es trabajo digno como derecho sino que todos tengan acceso a un trabajo en condiciones decorosas y con ingresos justos?

Y en este punto lo central pasa por dos puntos. Uno es el nivel general de empleo o de desempleo, ya que no basta con mirarse el ombligo y decir yo tengo un buen trabajo, sino ver cómo están todos los sujetos que intervienen en nuestra sociedad. Y lo segundo es el nivel de salarios reales que le permite tener al trabajador una vida decorosa con posibilidades de progreso y desarrollo.

Esto me recuerda una frase muy poco agradable donde un economista y actual tomador de decisión donde se quejaba y negaba la posibilidad que un trabajador medio con su ingreso medio pueda comparar y cambiar un celular, tener un auto o moto y viajar. No menos que lamentable.

La noción del derecho al trabajo, a la vivienda, a la educación y a una calidad de vida digna nos lleva a pensar la necesidad que en los modelos económicos esté como punto central el trabajo.

Todo modelo económico y político que quiera considerarse dentro de los derechos humanos entonces deberá establecer objetivos que tengan como prioridad la generación de trabajo y salarios justos. Para ello vale la necesidad de rediscutir una nueva etapa de la sustitución de importaciones o modelo industrial argentino, junto a la redistribución de los ingresos y mejoras en los salarios de los trabajadores. Que como mencionamos, el trabajo genera ingresos que se vuelcan al consumo y con ello se produce el multiplicador del consumo. No tengamos miedo a la inflación que esta debe resolverse con más mercado interno y no con menos consumo, apertura de las importaciones, cierre de fábricas e Inflation Targeting, lo cual en nuestra historia termina con una crisis que la pagan solamente los trabajadores y pobres.

Como diría Ferrer,  “no se construye un empresariado nacional y el desarrollo del país, delegando el protagonismo en las filiales de las corporaciones transnacionales. No hay empresarios nacionales sin un Estado desarrollista ni desarrollo sin empresarios nacionales. En ningún lado, a lo largo de la historia, el desarrollo ha tenido lugar sobre otras bases que la soberanía, el impulso privado y las políticas públicas”.

Dos modelos en pugna

A esta altura de los acontecimientos no es difícil vislumbrar que existen dos modelos de país y de política económica en pugna. Uno de capitales concentrados en búsqueda de productividad, eficiencia economicista, capitalismo salvaje, libre mercado, liderado por la idea de que las inversiones y el crecimiento por si solo derramará bienestar al resto y que debemos ser amigables y sacar las todas rigideces a la entrada de capitales que vienen bondadosamente a invertir, con otro nacional y popular que está centrado en toda la gente, con objetivos en el nivel de calidad de vida, ingresos, empleo, soberanía, mercado interno, industria nacional y una gran alianza latinoamericana.

El primero claro está, considera en sus hechos a los trabajadores la variable de ajuste y a los salarios un costo que debe ser el menor posible, donde las empresas solo sobreviven las “exitosas” y las otras deben cerrar  reconvertirse, donde mandan los poderosos y el pueblo se adapta. Toma al desempleo como disciplinador de la mano de obra, que puja a los salarios a la baja y hace que se transforme en un sálvese quien pueda.

La otra mirada piensa en un país para los 42 millones de argentinos, donde los adultos mayores puedan jubilarse y tener una vejez digna, donde los trabajadores puedan negociar sus salarios en paritarias y no sufrir la apertura comercial, capitalismo salvaje y desempleo, donde todos puedan estudiar en escuelas y universidades públicas y gratuitas, donde los más vulnerables tengan derechos, donde se respete la diversidad cultural, donde se profundice la igualdad y respeto al otro, donde el otro importa y donde todos podamos ir a dormir en un techo digno y con un mañana mejor, donde progresar no sea solo un sueño sino una realidad, donde haya un Estado al servicio del pueblo y no el pueblo al servicio de los poderosos.

Esto creo yo es pensar una política y economía para la gente, una economía de rostro humano que centre el protagonismo en el hombre y en la sustentabilidad de la vida con dignidad y justicia social.

La necesidad de lograr un modelo nacional y popular que contenga a los 42 millones de argentinos

Este año seguramente después de un pésimo 2016 tengamos un 3,5% de crecimiento económico. Es decir que el PBI podría lograr aumentar en relación al año pasado ayudado principalmente por el gasto público vinculado con la obra pública, las inversiones y las exportaciones de materias primas. Dudo mucho que pueda explicarse por el consumo en mayor medida.

¿Pero este crecimiento beneficiará a todos? Basta pensar en que a pesar de poder existir crecimiento, los salarios reales tienen altas chances de seguir retrocediendo. Con lo cual nuevamente decimos que el crecimiento de por sí solo no mejora la calidad de vida de la gran mayoría.

Por ello, discutir la economía con una mirada en los derechos humanos nos debe llevar a la necesidad de pensar una economía que contenga a los 42 millones de argentinos. Para ello debemos también achicar la brecha económica, social y cultural que separa a los ricos de los pobres y volver a tener posibilidades de ascenso social y progreso.

Esta mirada solamente será posible en el marco de un modelo nacional y popular, con un Estado presente que articule y potencie al sector privado, que gestione inteligentemente la apertura comercial, que planifique, que mejore en su calidad de gestión y que establezca políticas de redistribución del ingreso que mejoren las posibilidades de desarrollo, acceso a la salud y educación de calidad, la vivienda digna y el trabajo para todos los argentinos con prioridad en los más pobres, junto a un entramado industrial nacional comprometido por el desarrollo de este gran país Argentina.

 

[1]Cabe mencionar la diferencia entre redistribución de la riqueza y redistribución del ingreso. La riqueza puede medirse por el capital acumulado, en tanto que los ingresos son un flujo generado por las ganancias y valor agregado producido en el circuito económico. Claramente se es injusta la redistribución actual del ingreso (reparto de la torta entre el capital y los trabajadores), mucho más es la de la riqueza.