El legado

 

No se podría precisar con exactitud el inicio de la explotación, la clasificación y discriminación humana de personas sobre personas; pero es indudable que toda la historia de la humanidad, en sentido lato, está atravesada por la búsqueda incesante de Justicia, entendiendo por ella el reconocimiento efectivo de la dignidad que cada sujeto posee, independientemente de accidentes biológicos, culturales o sociales.

Una lucha milenaria donde el grito desesperado de esclavos, en su multiplicidad de manifestaciones, hace estremecer el silencio omnipresente de la soledad, el abandono y la desesperanza. Pero aún insiste en gritar.

Un clamor que se manifiesta en las grietas de cuerpos sometidos a las más crueles torturas, de ojos anhelantes de sosiego; de manos curtidas por el dolor de no ser, cuando el espíritu subleva exigiendo el reconocimiento y la identidad.

Silencios y dolores sumergidos en la tierra fértil regada por la entrega, el sacrificio, la vida, que pretenden ser sepultados pero insisten en regresar como flores cada vez más diversas y coloridas.

Pétalos que se hacen resistentes y encuentran formas para sostenerse e ir, constantemente, un pasito más allá. Cada flor es particular y trae su novedad. Triste y angustiosa tarea la de aquellos que la quieren esconder. Esfuerzo inútil. Los pétalos, invariablemente, renacen con más fuerza, color y amor.

Una histórica batalla que no se agota en las coyunturas, sino que las atraviesa, dejando a su paso la fragancia insensata (como toda utopía) del jazmín eterno de la mística militante.

Es un devenir contradictorio y a la vez lógico, entendiendo que la lógica de ciertos individuos es de dudosa racionalidad, e incluso de incomprensible soberbia, vanidad y codicia. Pero un devenir inexorable, a pesar y considerando la contradicción.

Esta petulancia de superioridad ilusoria recorre todas las dimensiones de la humanidad, desde lo político hasta lo intelectual. Va navegando entre expresiones culturales y construcciones sociales. Colmada de intentos vanos de imponer lo que la Justicia reclama para sí, aunque sea “una Justicia demasiado esperada”.

Así, desenredando la madeja de hilos invisibles de tragedia, posando manos sanadoras, abundantes de misericordia y plenas de ternura, estos pequeños grandes humanos se reconstruyen, sueñan, inventan y vuelan hacia nuevos horizontes donde la utopía es realidad.

Los cosquilleos en el vientre de la vida hacen trizas la morbosa oscuridad, y vuelve a nacer en cada ronda, en cada nieto, en cada expresión de solidaridad, una conciencia creadora de paz. Clama, como entonces, el grito de los que aún no lograron llegar (nunca el arribo es definitivo), pero ahora tienen madres envueltas en pañuelos blancos que los esperan.

Más aún, no es necesario que lleguen, ellas mismas salen a buscarlos.

Y un párrafo más para incluir a los varones y mujeres que conjugan claridad conceptual, voluntad y el don de la acción distintivo, como las mejores flores, y que los hombres tenebrosos siempre intentan arrancar para marchitarlas en un vacuo y sesgado mirar.

Aunque lo intenten mil veces y busquen siempre otros caminos para triunfar, no pasarán. Porque cuando lo oscuro y ominoso crea que lo ha logrado, otra vez un pañuelo blanco los detendrá.

Los testimonios de este número, las reflexiones, los documentos, videos y aportes, son una muestra diáfana, contundente, que la lucha por los Derechos Humanos sigue más vigente que nunca.

Y afirmamos sin dudas ni cavilaciones:

30000 compañeros detenidos desaparecidos

¡PRESENTES… AHORA Y SIEMPRE!