POSVERDAD: EN ENTRE RÍOS, LA DICTADURA NO SE SINTIÓ

Fabián Magnotta

Periodista

-En Entre Ríos no pasó nada durante la dictadura. Se vivió con tranquilidad. Acá no hubo dictadura…

La frase se escuchó durante años.

Como un slogan de la supuesta normalidad, de la difundida  tranquilidad.

Por aquellos años no existía la palabra “posverdad” que en Oxford eligieron en 2016 como “la palabra del año”, tras el triunfo de Donald Trump. En la era de los medios, esa palabra explica muchas cosas. Demasiadas.

Tantas cosas explica, que hoy se podría hablar de dictadura, de posverdad y de posdictadura.

¿Qué significa posverdad? Es algo que se instala como verdad admitida, pero no basada en hechos, sino en repeticiones adecuadas a quienes las escuchan…Ejemplos…los negros son peligrosos, los zurdos quieren destruir la familia, los ateos y los gays están al margen de la sociedad…

En los años de la dictadura no había internet, ni celulares. Pero el manejo de la comunicación fue cuidadosamente estudiado por expertos. La proliferación de slogans no fue casualidad. Tengo en mi poder libros de formación de los oficiales que fueron el brazo de la dictadura. Técnica pura de comunicación.

-Algo habrán hecho.

-Los desaparecidos están en el exterior.

-Las madres que reclaman, no cuidaron a sus hijos.

-A mí nunca me molestaron.

¿Cómo se sembraban los slogans, si no existían las redes sociales?

Una fuente me cuenta que los militares daban cursos para “viajantes”. ¿Qué eran los viajantes? Pues hombres que recorrían el país con mercaderías previamente encargadas. Viajaban en autos grandes y llevaban ropa y alimentos, por ejemplo. Llegaban desde Buenos Aires a diversos lugares del país para entregar los pedidos hechos por los comerciantes de las ciudades, y también se encargaban de levantar los pedidos.

Y como ellos establecían buenas relaciones con los comerciantes, y como llegaban de “la capital” se suponían que estaban mejor informados, eran utilizados para sembrar sutilmente los slogans como quien lanza, al voleo, semillas en la tierra arada: algo habrán hecho, a usted nunca lo molestaron…

Los viajantes, eran los trolls, idiotas útiles antes de que existiera internet.

“Los slogans, lemas o divisas, son denominaciones afines de una modalidad o estilo de la propaganda oral que posee gran penetración y permanente uso en su condición de síntesis o substractum ideológico. En general, resumen propósitos, aspiraciones y designios populares basados en frases de próceres, líderes, comunicadores claves o recogidos del refranero vernáculo. Se logran la mayoría de las veces mediante una adecuada insistencia y los estribillos ayudan mucho a la engramación”,  decía el coronel Jorge Heriberto Poli en su libro Estrategia Psicosocial que editó el Círculo Militar en 1974, un texto que formaba oficiales. El rumor usado como arma, diría después el mayor Guillermo Carlos Monti. Eran poco pulidas las palas, pero no los cerebros.

*DESAPARECIDOS ENTRERRIANOS

Los entrerrianos desaparecidos fueron casi 300.

¿Cuántos de ellos desaparecieron en Entre Ríos?

La mayoría no, aunque el dolor sí era entrerriano.

Las dos desapariciones registradas en Gualeguaychú fueron dos. Noni González y Oscar Dezorzi.

La bella Noni trabajaba en el supermercado El Picaflor, en las oficinas de Rosario casi Urquiza. Desde ahí la llevaron de mañana. Tenía a su novio preso en la Unidad Penal 2. Era militante cristiana y social. Al salir del trabajo se iba caminando al barrio norte, a enseñar a leer a los chicos que no iban a la escuela, y tenía el proyecto de hacer una plaza. Esa era “la violenta”. Sirva su caso para comprender la desaparición de militantes. Era peligrosa: quería la inclusión y la dignidad, enseñaba a leer y enseñaba a pensar.

Al ruso Dezorzi se lo llevaron de su casa, zona norte de la ciudad.

Pero también, en aquel silencio, Gualeguaychú era la bicicleta de Aurora Fraccarolli, que pedaleaba sola. Y en las calles a veces desiertas, alguien que cruzaba la vereda, como que no la había visto. En su inmensa fragilidad, ya sin su único hijo, ella enseñaba a marchar cada día contra la soledad y contra la tristeza. Aurora no lo sabía, pero me enseñó a pedalear en la vida contra el viento y contra la llovizna fría.

Y también Gualeguaychú era el fascismo del club social que reunía a los elegantes genocidas y a los cómplices y aún más favorecidos que ellos, altos comerciantes e industriales. Allí estuvo durante años el cuadro de Videla…porque era un presidente que había visitado el salón.

Un ex uniformado me dijo que los mayores datos sobre los militantes, ellos los obtenían del “entorno” de la iglesia. Pasa que muchos militantes, como la Noni, pasaron de la religión a la política, porque creyeron que esa era la forma de cambiar las cosas.

Pasó en los setenta, además, que casi todos los dirigentes guerrilleros eran sospechosos, pero los militantes eran genuinos y estaban dispuestos a dar la vida. Y la dieron.

Y en Entre Ríos sí pasó. Pasó el silencio. Pasó el miedo. Pasaron las consecuencias del terror callado.

Y Gualeguaychú también era el dolor silencioso en centenares de casas. Y no sólo hablamos sobre las heridas del desaparecido o del preso político. Su gente, su novia, sus amigos, sus compañeros del aula. El cuadro con la foto en blanco y negro en el living de la penumbra. Siempre ausente, siempre presente.

No pasaba nada, en realidad, si uno cree que la verdad sólo descansa en los titulares de los diarios. Nada más lejos.

Y mientras tanto desde Paraná se monitoreaba el exterminio de nuestros muchachos, de nuestras chicas, de nuestros indios de ahora, diría Peteco.

*EN EL DELTA ENTRERRIANO

Y mientras tanto, también, el delta entrerriano era uno de los lugares elegidos para la desaparición masiva.

Lo cuento en el libro “El lugar perfecto”. Los vuelos llegaban allí, donde se mezclan río y verdes, y lanzaban los cuerpos. Al menos, centenares. En Brazo Largo, Villa Paranacito y hasta las islas de Victoria-Rosario.

¿Dónde quedaron esos cuerpos?

Se repartieron en cementerios legales anotados como NN, en enterramientos en cualquier lugar, en campos cuyos dueños nunca lo dijeron por no meterse en problemas, otros quedaron enganchados en muelles y los comieron los pescados, otros se destruyeron, otros quedaron en los lechos de los ríos porque estaban en tambores de cemento o con un peso para no flotar…

Y aquella población isleña se quedó callada. Le dijeron que en Entre Ríos no pasaba nada. Y desde Prefectura de la zona delta y Policía de Entre Ríos, que fueron los cómplices de las desapariciones, amenazaban a los testigos para que se quedaran callados.

-No preguntés, porque te va a pasar lo mismo-, le dijeron a un testigo la primera vez que encontró dos cuerpos que flotaban.

-Si no son parientes suyos, no tiene nada que denunciar- le dijeron a otro testigo que un día encontró cuatro cuerpos en su costa. Era un mensaje, casi un slogan, que se proyectaría en el tiempo, como si los desaparecidos hubieran sido sólo un problema de cada familia, y no del país.

-Empújelos con un palo y que caigan al río- , le manifestaron a una mujer que una mañana despertó y vio dos cuerpos en el techo de su casa en el delta.

-Los sentenciaron y se quedaron callados-, me dice ahora una abuela isleña.

-A mis hijos me los mató Videla-, me dijo Martina en Holt-Ibicuy. Tenía cien años cuando la entrevisté. Tres de sus hijos eran músicos y animaban las fiestas en los barcos de la Marina en los años de gloria. No tenían ni idea de la política. Una noche desaparecieron y nunca más supo. La madre siempre creyó que vieron algo que no debían ver. Nunca hizo la denuncia y salía sola a buscarlos en la costa del río, porque les habían dicho que a los presos políticos los lanzaban allí. Falleció con la esperanza de que un día, uno de ellos le golpeara la puerta mientras ella calentaba sus tardes con un brasero.

*TERROR QUE NO ESTABA EN LOS DIARIOS

Claro. No pasó nada.

Pero, amigo, no busques la dictadura en los titulares. Allí sí que no pasaba nada.

Sí que pasó. Pasó el terrorismo de Estado que se sentía día a día en la calle, en las escuelas, en la vida social, en las iglesias, en los comercios.

Está la foto de Jorge Rafael Videla cuando llegó para inaugurar el puente Zárate-Brazo Largo. El asesino en el lugar del crimen, con su sonrisa cínica. Hay rumores que indican que cuando construían los pilotes de ese puente, lanzaban cuerpos desde camiones. Conseguí un albañil que lo vio, y hasta ahora no se animó a hablar. Sí, hasta ahora.

Sospecho también que el entrerriano Emilio Massera fue clave en la elección del delta para lanzar los cuerpos.

Y está la imagen de Videla cuando pasó por Gualeguaychú en 1977 para inaugurar el puente internacional General San Martín, que desemboca en Fray Bentos. Esa vez, llevaron a los alumnos a saludarlos con una banderita argentina, ja.

Y mientras tanto la colimba. El Servicio Militar era obligatorio para los varones que cumplieran 18 años, salvo unos pocos que se salvaran en el sorteo con el número de DNI.

Y muchos de ellos vieron o escucharon sobre secuestros y desapariciones.

Y algunos de ellos murieron en Malvinas, en 1982, esa guerra inconsciente que inventó la dictadura cuando se caía. Y varios de los pilotos condecorados como héroes de Malvinas, unos pocos años antes habían sido pilotos de los vuelos de la muerte. Hay algunos vivos en Entre Ríos con el doble standard.

Y los jóvenes bailaban música en inglés, y el único lugar de necesario encuentro con otros jóvenes, era la Acción Católica, ya en manos de la derecha de la Iglesia.

Recuerdo que salíamos con grupos de jóvenes. En mi adolescencia, fin de la dictadura, pensaba que con algunas chicas no podía hablar nunca de temas políticos, que no entenderían nada. Años después supe que una de ellas no hablaba, pero era la sobrina de una desaparecida. Acaso tarde entendí su silencio, su pena y mi boludez.

Y mientras tanto había muchos desaparecidos de Nogoyá (llamativamente, ciudad de base rural de desapariciones alta), y de Concepción del Uruguay, Concordia y otras.

En Paraná hay una base de la Fuerza Aérea. Me contó un conscripto de aquella época que él era encargado de cargar combustible a los aviones. Un día subió con sus bidones, y cuando miró por la ventanilla vio el horror de jóvenes atados de pies y manos en el piso del avión. Nunca se animó a ir a la Justicia.

Pero claro, en Entre Ríos no pasaba nada.

También hay, en Entre Ríos, hombres y mujeres que son hijos de desaparecidos. Algunos fueron localizados, otros y otras no. Allí pasaron más de la mitad de su vida con la duda que cada día le come la cabeza. Por ahí alguno hoy está al lado tuyo.

El propio ministro del Interior de Videla, el General Albano Harguindeguy, terminó de administrador de un campo en Costa Uruguay Sur y allí lo conocí, cuando yo iba a hacer una entrevista por otro tema menos fuerte. El hombre, grandote, desconfiado y parco, había manejado todas las desapariciones. Dicen que en los atardeceres del sur entrerriano, ya en los noventa, jugaba a voltear a balazos los tarros que ponía en los palos de los alambrados. Se murió. En mi caso, se me quedó atragantada como la nota que no hice. Es la gran nota que no hice. En ese mismo campo, me contó un trabajador que enterraron un cuerpo. Y allí está, desaparecido. ¿Será uno solo?

En realidad, la dictadura se sentía con mayor presencia en Buenos Aires, La Plata, Rosario, Córdoba y las capitales. Pero en el resto, el miedo se imponía de otro modo. La complicidad civil era diaria, cotidiana. Aquella sociedad creía que los golpes militares eran la solución cuando los gobiernos no funcionaban, y así nos fue. Pero nunca hicieron autocrítica, como casi nadie la ha hecho.

Todo este silencio pasaba en Entre Ríos, de la mano del terrorismo de Estado.

Todo ese terror macabro ocurría cada día en Entre Ríos.

La posverdad fabricó ese slogan: en Entre Ríos no pasó nada.

Demasiadas complicidades, demasiadas comodidades sociales, demasiado silencio entre sauces, cuchillas, arroyos, siestas y chamarritas.

A varios les ha venido bien la desaparición de la historia. Y la posdictadura es un camino que todavía estamos recorriendo.