La forma en que nos relacionamos con lo que nos rodea: ese ejercicio diario que nos va haciendo.

Rubén Moscatelli

Exclusivo para Voces de Inclusión

Pensar los derechos ambientales desde un colectivo, desde una comunidad tiene esa complejidad de lo diverso, de lo sutil, de lo mínimo, y también de lo máximo, es eso múltiple, difícil de explicitar pero que reclama una gama amplia de cuidados, atenciones, respetos y prácticas que es propio de pueblos que tienen un oído en el pasado, para rescatar lo que han hecho nuestros abuelos, su estilo de vida, respetuosa de la diversidad de naturaleza,  de los mensajes que se recibían y atesoraban de generación en generación, y esa mirada hacia el futuro, “nosotros habitamos este casa, en préstamo de parte de nuestros hijos” y debemos responder por ello.

Esta mirada está reflejada de múltiple maneras en los saberes populares y fundamentalmente en el folclore y en el litoral, Albérico Mansilla y Edgar Romero Maciel  en el chamamé “Viejo Paraná” tienen una metáfora muy explícita de esta complejidad, llaman al río “antiguo arriero de peces”, podían haberlo encuadrado de muchas otras maneras, pero el arriero, acompaña, guía, cuida, dirige pero respeta los tiempos, usos y costumbres de ese colectivo, en este caso las diversas especies que habitan las aguas del majestuoso cauce y los habitantes de sus márgenes y orillas, incluidos sus árboles, flores, aves y demás seres vivos.

La visión globalizante y monocorde del liberalismo económico, registra toda la realidad desde la mínima ventana del recaudador, de aquel que solo mira a su alrededor por el registro de lo que recauda, o produce y tiene un beneficio inmediato, y tiene la tendencia a que sólo tiene sentido si y sólo si, está altamente concentrado, en pocas mano, cada vez más poderosas y con una mirada más uniforme y en la mayoría de los casos devastadora. Esta visión construye prácticas, justifica acciones, modela conciencias, organiza sociedades en función de esos intereses y por ello nos parece normal y lógico pagar peajes, o que el productor de soja, arroz, maíz, tomate, tabaco, etc.; en su propiedad, puede esparcir diversos tipos de venenos para lograr una rentabilidad, no importándole, mejor despreciando, los demás sectores o miembros de la naturaleza, incluidos los seres humanos, pero no sólo los humanos, hasta los seres más cercanos de los mismo que toman esas decisiones reciben los resultados de esas visiones plagadas de cortoplacismo y mezquindad acaparadora.

El colectivo de trabajadores (AGMER-CTA), ha tomado, a lo largo de su historia, posturas coherentes con una visión amigable con el entorno que nos toca vivir, supo ser clara voz en el conflicto que se desató con el anuncio de la construcción de la represa del Paraná Medio, sus efectos y perjuicios, constantemente atenta contra la tala de los bosques naturales, ha habido acciones concreta contra el fracking en nuestra provincia que nos tuvo como partícipes y en la década de los noventa y comienzo de los dos mil, trabajos sistemáticos para la formación de pensamiento con esta lógica a muchas compañeras/os, en la licenciatura específica dentro del proyecto de la CTERA, con nuestra organización confederal, construimos el PAS, Programa Argentina Sustentable y contribuimos en igual medida por delinear y darle formato al Entre Ríos Saludable, donde ya percibían mucho de los actuales efectos del modelo Agro-Exportador, a cualquier precio, hoy se notan con mayor nitidez los efectos de este estilo cultural depredador y cortoplacista, sujeto únicamente a la rentabilidad. Estas mismas prácticas las encontramos en otras actividades, que se realizan en nuestro país, como la minería, a cielo abierto, e intensiva que vulnera el respeto elemental de la disponibilidad del agua en el planeta, en pos de mayor lucro y generalmente para capitales concentrados.

En el esfuerzo colectivo encontramos marchas y contramarchas, contradicciones propias de un colectivo amplio, plural o no siempre persistente en el mismo compromiso. Este esfuerzo requiere de constantes revisiones, es necesario trabajar por una forma de vida que tenga una mirada que supere lo inmediato, demanda un horizonte más amplio, de más largo plazo, que mida las responsabilidades de generación en generación, que no se agote en un esfuerzo puntual, aunque intenso, es el caminar de un colectivo que perdure mediante el convencimiento que tenemos que hacernos cargo de ello. Como sector nuestra mirada tendrá que ser capaz de influir en la comunidad de la cual somos parte. Somos miembros activos, porque sufrimos las consecuencias o porque tenemos la responsabilidad de enseñar a nuestros gurises y sus familias sobre la responsabilidad de afrontar culturas de relación con el entorno que nos trasciendan, que nos permitan una vida amigable con el medio en el que vivimos, toda Nuestra Tierra, la casa común- He aquí una responsabilidad que siempre ha estado en nuestro camino, pero, la historia reciente ha exigido una mayor conciencia y compromiso de los trabajadores de la educación.

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