Neoliberalismo

Por Sergio F. González

 

Es una simple conversación, entre tantas dichas así, al pasar, pero cargada de contenidos implícitos que para quien lee más allá de las líneas, permiten descubrir que las sombras de la caverna son otra cosa muy distinta. El elefante no era más que una mano acomodada tras luz.

“Esos negros corruptos y mafiosos de la CGT”, en un intervalo del curso dictado por UDA (Unión Docentes Argentinos), parte integrante de la CGT.

“Yo no hago paro porque defiendo la educación pública con los chicos más vulnerables en el aula”, mientras busca un lápiz para que Pepe escriba ya que no trajo (no tiene) desde su casa. En tanto acomoda una silla para niños de cuatro años para sentarse y comenzar la clase.

“Soy apolítico” con el pecho inflamado de orgullo, mientras en consonancia con el diario La Nación se horroriza por las evaluaciones “Aprender”. “Algo hay que cambiar”, dice, convencido.

“¿Donde está el gremio, qué hace el sindicato?”, mientras revolea el recibo con los descuentos indiscriminados efectuados ex profeso por el gobierno de turno y completa la frase: “en el sindicato son todos unos corruptos y no hacen nada. ¿Qué hicieron todo este tiempo por mí? Se llenan los bolsillos con lo que aportamos los que estamos afiliados. Yo ya me desafilié porque a mí no me representan.”, con tono solemne.

“¿Pero quiénes son estos que se tapan la cara y cortan calles? ¿Quiénes son para no dejarme ir a trabajar?”, enojada desde su auto con aire acondicionado último modelo en medio del abrazante sol de principios de marzo… o desde la moto que utiliza todos los días para ir a la fábrica de zapatillas que todavía no cerró aunque sí suspendió algunas decenas de operarios (compañeros).

“¿Y qué tiene que ver el sindicato con lo que le pasa a Milagro Sala o a los venezolanos?”, mientras arregla el viejo Renault 12 con sus propias manos para ir al día siguiente a laburar a la obra en la que trabaja como changarín en negro.

Inútil seguir enumerando. Cientos de miles de expresiones que se replican a diario, que sin embargo, tienen una lógica simple y compleja a la vez. De tan evidente muchas veces invisible por lo cotidiana.

Neoliberalismo

Decía Antonio Gramsci: “«El error del intelectual consiste en creer que se puede saber sin comprender y, especialmente, sin sentir y ser apasionado (no solo del saber en sí, sino del objeto del saber), esto es, que el intelectual pueda ser tal (y no un puro pedante) si se halla separado del pueblo-nación, o sea, sin sentir las pasiones elementales del pueblo, comprendiéndolas y, por lo tanto, explicándolas y justificándolas por la situación histórica determinada; vinculándolas dialécticamente a las leyes de la historia, a una superior concepción del mundo, científicamente elaborada: el saber. No se hace política-historia sin esta pasión, sin esta vinculación sentimental entre intelectuales y pueblo-nación».

Estas apreciaciones en algún punto son proféticas, y en especial luego de la segunda guerra mundial, con el auge del marketing se llevó a la humanidad capitalista desde una concepción de consumo hacia otra que genera necesidades inexistentes, transformando a los ciudadanos en consumidores y a los sujetos políticos en masas acríticas, hedonistas y pusilánimes.

Estas políticas comerciales, pero atravesadas por definiciones que buscaron transformar aspectos culturales con fines políticos, tuvieron un significativo éxito, especialmente si se observa que su desarrollo fue tan imperceptible que pocos alcanzaron a vislumbrarlo, a no ser especialistas e intelectuales.

Aquel movimiento globalizador fue y es esencialmente sobre flujos y capitales financieros. Pero no solamente se moviliza en esa dimensión, sino que a partir de sus posibilidades y la dinámica que genera propone postulados culturales que atraviesan profusamente todas las capas sociales vía publicidad, propaganda y medios de comunicación. Es, en efecto, una construcción que impacta en las subjetividades, constituyendo conciencias lábiles e individualistas.

En algunos casos las conformaciones sociales y la politización de las sociedades no permitía el avance del neoliberalismo cultural en la medida de las necesidades del capital financiero internacional, y es allí donde la herramienta dispuesta la constituyeron los golpes de Estado ejecutados por militares pero con amplias complicidades civiles y bendecidas por cúpulas eclesiales lejanas del mensaje evangélico.

Se explica entonces por qué cuando el neoliberalismo en Argentina tuvo su mayor exponente en los 90 no requirió de mayores represiones; el camino había sido preparado por la más cruel y despiadada de las frecuentes dictaduras sufridas por éste país. La sociedad de los 90 no era ni por asomo aquella de los setenta, atravesada aún por la acumulación de las luchas por derechos e inclusión desde fines del siglo XIX.

Los muertos del Proceso se reeditarán a fines de los 90, pero con un rostro invisibilizado de desnutrición, enfermedades sociales y suicidios ante la inexistencia simbólica de futuro alguno. La tragedia repetida aun cuando aquellas heridas siguen al día de hoy abiertas. El fin de todo proceso neoliberal, invariablemente culmina en muerte. A veces, por necesidad dialéctica, incluso comienza a sangre y fuego.

El surgimiento en toda Latinoamérica de expresiones progresistas y revolucionarias, con dirigentes de notable capacidad en diferentes aspectos y una clara visión de Patria Grande como horizonte de comprensión histórica, conformaron una apertura e integración inédita, que en términos reales fue más política que cultural y económica, rescatando a millones de personas de la pobreza extrema y generando una sinergia positiva para el desarrollo de las potencialidades de la región.

Sin embargo, este proceso no fue completo ni suficiente y por las grietas se comenzaron a filtrar, como un veneno mortal que sigilosamente se introduce en el cuerpo, voces de aquel neoliberalismo que en muchos casos se creía derrotado (en especial luego de la victoria sobre la intención de los Estados Unidos de concretar el ALCA en 2005), o cuyos exponentes fueron subestimados.

Y en aquellos países donde no fue posible alcanzar el poder vía electoral, se buscaron estrategias muy elaboradas para destituir, desestabilizar o extorsionar presidentes, tal el caso de Honduras (Zelaya), Paraguay (Lugo), Brasil (Dilma), Venezuela (Chávez y Maduro después), Bolivia (Evo Morales), Argentina (Cristina Fernández), Ecuador (Correa).

Este proceso de integración quedó trunco debido a múltiples factores, algunos externos, pero otros por propia responsabilidad: la no concreción del Banco del Sur, las desigualdades en los beneficios entre Estados, la poca integración social y cultural, la incompleta formación del Parlamento del Sur, etc.

Luego, la historia ya conocida de la muerte de algunos dirigentes sustanciales como Hugo Chávez Frías (se sospecha fundadamente de intervención externa en su enfermedad) y Néstor Carlos Kirchner.

Un aspecto interesante es ver cómo muchos de estos movimientos progresistas o revolucionarios llevaban incorporados en su seno el germen neoliberal que imperceptiblemente comenzaron a carcomer la base de sustentación del poder real de estas propuestas. El caso argentino y brasileño es emblemático.

Muchos de sus dirigentes más encumbrados o con responsabilidades institucionales, en lecturas simplistas y coyunturales defendieron su efímero protagonismo atacando aquello que en realidad debería ser pilares en la construcción de un proyecto político de reformas o de transformación.

Enfrentamiento con las organizaciones de trabajadores desacreditando sus instituciones representativas, penalizaciones por ejercer derechos, tributos desproporcionados de dudosa legitimidad, etc.

Paradigmático es el eslogan utilizado en Argentina por algunos gobernadores de “día no trabajado día no pagado”, extorsionando entonces a los trabajadores entre defender sus derechos o pagar la olla de su familia. Un precepto claramente neoliberal que derivó en el debilitamiento de los sindicatos, herramienta que es fundamental en la lucha contra el neoliberalismo.

Esa rica experiencia de liberación en Latinoamérica tuvo pies de barro en la creación de sujetos políticos conscientes. Y el mayor desafío (no resuelto, obviamente) fue conformar cuadros que fortalecieran las bases, para contrarrestar el arma más poderosa del neoliberalismo actual: los medios de comunicación masivos presentes en cada casa, cada negocio, cada esquina y oficina de cualquier país.

El reciente Congreso del Partido de los Trabajadores del Brasil giró en torno a ello, y los debates en Argentina rescatan una y otra vez esta cuestión como una de las causas fundamentales de las derrotas y la llegada de la derecha al poder. Así, muchos dirigentes elegidos para representar un proyecto, prontamente demostraron convicciones muy diferentes a las propuestas, apoyando abiertamente acciones y medidas contrarias, de inconfundible sentido conservador y neoliberal detrás del eufemismo “gobernabilidad”.

No obstante, los años de proyectos populares incorporaron cientos de miles de jóvenes y personas a la política, conscientes de la trascendencia de las definiciones y las políticas públicas. Ello en un contexto de ampliación de derechos como pocas veces se ha visto en la historia, no sólo Latinoamericana, sino mundial. Esta memoria reciente presenta una grave dificultad para el neoliberalismo que ahora es atendido por sus propios gerentes: una sociedad con un grado de organización importante y compleja por una parte; y la memoria de un hándicap, de un estándar de vida promedio más que respetable en amplios segmentos de la población.

En poco tiempo, la llegada de la derecha neoliberal a algunos países de la Patria Grande ha provocado ya la caída de millones de personas a la pobreza o la indigencia, la desindustrialización y sus consecuencias directas como la pérdida de empleos, o la baja de salarios.

Un párrafo especial para la inseguridad jurídica con un sistema que obedece y viola toda tipo de garantías con el único fin de destruir cualquier tipo de resistencia y de disciplinar la protesta social. El caso de Milagro Sala en Jujuy es ilustrativo, pero no el único. La persecución judicial con causas inventadas, jueces y fiscales que reciben de los medios de comunicación sus órdenes, y detrás la mano invisible del mercado.

La región tiene ante sí un gigantesco desafío que, aunque resulte grandilocuente, de su resultado pende en gran parte la historia futura de la humanidad, y para ello cuenta con un camino de luchas, de conquistas arrancadas sobre la organización y la entrega, sobre el compromiso y la generosidad de cientos de miles de militantes que hoy como ayer marcan un rumbo, demandan una estrategia, exigen una respuesta.

La pelota está en el campo de los partidos y las agrupaciones políticas, sociales, sindicales y culturales. El diseño de la jugada y la claridad conceptual e ideológica de los jugadores es determinante y excluyente.

Y quizás el primer paso esté tanto en considerar las fortalezas del enemigo como en creer en las propias posibilidades para establecer un proyecto, una agenda y una esperanza que vuelva a enamorar a mayorías, pero no de cualquier manera, no a cualquier costo, sino en unidad con absoluta claridad, en un programa de gobierno que represente un nuevo proyecto popular de liberación, de transformación para alcanzar una victoria definitiva.

¿Es posible?

Basta recorrer la historia popular. Ahí, en la militancia, en nuestros pueblos, allí está la respuesta.