Todo navegante sabe de tormentas
El hombre miró levemente por sobre su hombro y comprobó que a estribor se acercaba una tormenta importante. Sabía que en estas circunstancias las cosas se ponen bravas, el horizonte se acorta y las olas hacen de aquel apacible mar un infierno incierto y tenebroso, en especial porque junto al fenómeno llegó la noche vestida como un león despiadado, sin luna ni estrellas. El mar, una vez más, se transformó (momentáneamente), en el reino de la oscuridad.
Ya desde su mismo nacimiento, el país estuvo sometido a todo tipo de tensiones, enfrentamientos, traiciones (baste recordar lo que pasó luego de los sucesos de Mayo de 1810), y siempre detrás la mano invisible de un imperio. La misma mano que condujo a la Banda Oriental a su independencia, transformando el río Uruguay en internacional, es decir, de libre navegación.
Tensiones y enfrentamientos que luego la historia, a grandes rasgos clasificó como unitarios y federales. En Estados Unidos también tenían sus cuitas, el norte industrial contra el sur agricolo ganadero, pero con una diferencia sustantiva: aquello se resolvió de una vez y para siempre en la guerra de Secesión. Por estos lares la cuestión jamás fue saldada y el remedio que se intentó poner fue una herramienta jurídica, de neto corte liberal y moldeada al gusto de los grandes intereses del momento, he ahí la garantía irrestricta a la propiedad privada.
Pero aquella no fue la única distinción: Rosas y Urquiza; Mitre y los caudillos; criollos y patricios; blancos y negros; originarios o descendientes de europeos, ricos y pobres (esclavos en muchos casos); peones y trabajadores de ciudad; conservadores y revolucionarios. La lista sigue hasta el infinito. El crisol de razas no es tan crisol. En todo caso como la leche y el café que parece que se mezclan, pero en la realidad eso jamás sucede.
Llegados al siglo XX, con la novedad de la democracia restringida y el enfrentamiento entre tilingos y no tanto, la dinámica política derivó hacia donde los conservadores ni se imaginaban: se estableció en el poder (legal no real) el «Peludo» y luego otro hijo de la UCR (porque desde el origen tuvieron más de una cara) llamado Alvear. Luego, efímeramente, voverá Irigoyen para ser derrocado por quienes sabían que por las urnas nunca regresarían. Esos mugrosos que trabajan de sol a sol tienen conciencia histórica. Paradojas de la vida… y de la educación.
El Golpe habilitó la década infame. Otro momento siniestro del país. Tan siniestro como la Patagonia Trágica. Pero, aunque lo intentan, esa señora llamada dignidad, revestida de la búsqueda incesante (aunque sea a tientas) de la justicia social, se subleva, se reformula, renace. Pero no como la leyenda del Ave Fenix, sino en los ojos hastiados de la opresión y la inmoralidad de los acomodados de siempre.
El movimiento popular necesitaba un canal, una síntesis que condujera la explosión inevitable, y nación un Perón en la cuna del obrero. Aquellas primeras y auténticas militancias estaban teñidas de boinas blancas hartas de no ir a ningún lado. Si. El peronismo tuvo en muchos lugares como base de construcción el radicalismo desencantado y el conservadurismo asqueado de tanta maldad de «la sociedad de beneficencia», incluida, por supuesto, la sociedad rural.
De allí nace la profundización de la grieta, con la famosa frase «Viva el cáncer», más o menos lo mismo que los inhumanos actuales que gozan, se regocijan con la destrucción de empresas o de organismos del Estado. No entran en la cara de la felicidad que les produce ver a tantos «kukas» sin trabajo. Es que el odio es así, y la teoría política ya ha explicado que ante la imposibilidad de tomar desquite con los poderosos, el consuelo del pobrerío de clase media es disfrutar el mal de sus pares. Al final, un chivo expiatorio es tan fácil de conseguir. Algunos osados se atreven a caracterizarlos como alienados sin conciencia de clase. Pero son habladurías, nada más.
De una u otra forma, la historia cíclicamente se repite, algunas veces con los mismos Caputos, otras con personajes siniestros, crueles, psicopatas, sádicos. La conjunción de aquellos desclasados amamantados en el odio y la inmanencia del tiempo presente con estos sabandijas de saco y corbata producen esta sociedad irrespirable, tensa, violenta. Una mirada holística permite comprender en toda su extensión de cómo fue posible un Hitler, un Mussolini, un Videla. Esta sociedad no está tan lejos de aquella que persiguió y mato a millones de personas en campos de extermino o fusilamientos impiadosos. Ya lo decía Hanna Arend, no aprendimos nada de lo vivido en la propia carne y Gaza está allí como testimonio de lo que nuestras generaciones, nuestros gobiernos han sido cómplices en cuanto a genocidios.
Pero el sabio, quien otea el horizonte y ve el amanecer antes que salga el sol, observa, calcula, mide, no se deja arrastrar por los vientos de uno y otro punto cardinal. Está más allá de la noche y avisora la luz inminente. Es el navegante que sabe que la tormenta hay que navegarla, enfrentarla, sufrirla y hasta puede significar la entrega total. Pero pasará.
Ya se ve que las olas están en el zenit, en su mayor intensidad, preludio de que el buen tiempo comenzará en breve, mucho antes de lo imaginado. Y entonces sí, con la tranquilidad de un océano diáfano, manso, evaluar rápidamente, obturar los daños urgentes y navegar nuevamente hacia el puerto soñado.
Este re lanzamiento de Voces de Inclusión pretende colaborar en esa tarea de reconstrucción, de pensar el amanecer más allá de la noche. Intenta dar lugar a ideas, propuestas, análisis que sustenten la construcción de una nueva epopeya política… sin tantos personalismos y reformadores. Una era de democratizar la democracia y de revolucionar las instituciones para que en este mar no ocurran más tormentas. El navegante sabio sabe que no se puede volver por la ruta de las tormentas. Se llama aprendizaje.
¡Bienvenidos a esta nueva etapa, estimados lectores!
No es con todos, es con los que de verdad buscan y construyen la Justicia Social, con los que no tranzan ni han tranzado por un puesto o dádivas.
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